9.3.09

El sentido común

A Araceli Pombo Rodríguez (*), que sabe y no por vieja o por diabla, con mi afecto y mi admiración.



Ayer el Día de la Mujer Trabajadora o de las Mujeres Trabajadoras y se habló mucho de la única revolución en la que tal vez no ha habido derramamiento de sangre y otros horrores, que es la de la emancipación de las mujeres.

Yo ya tenía “uso de razón” –frase tan habitual a mis nueve años como lo es ahora “efecto bifidus” o “presunto asesino”-, y también era de lo más normal que una mujer no podía comprar una motocicleta. Por poner un ejemplo. Y no porque no la pudiera conducir o no fuera capaz de juntar o ganar el dinero para comprarla. Simplemente, una mujer en España en los años 60-70 no podía ser propietaria de una moto a no ser que estuviera “más sola que la una” (otra frase habitual acuñada en género femenino) y no hubiera un padre, un marido, un hermano o un hijo que la representaran. Esto recuerda un poco el Derecho romano y aquella ley por la cual un hombre podía convertirse en el pater familias de un hijo póstumo (aunque el niño naciera diez meses después de su muerte) mientras que una madre no lo era hasta que se demostraba lo contrario. Las mujeres fuimos consideradas mucho tiempo como algo inferior a una persona pero algo un poco superior a un animal doméstico.

Ahora se podría abortar sin permiso paterno a los 16 años, cuando sin embargo el derecho al voto o la mayoría de edad empieza legalmente a los 18 años. Si las sufragistas más moderadas levantaran la cabeza no sé cual sería su conclusión, su parecer ni su análisis. Es algo a lo que mi imaginación se resiste dentro de sus limitaciones.

El futuro, ya lo hemos dicho en alguna entradita de *ALFB recientemente, es algo que no tiene gran interés para mí. Y eso que, recientemente también, le he aconsejado a mi venerable anciana madre que en vez de apuntarse al Casal en un Cursillo de Memoria, que más le valía apuntarse a uno de Imaginación, a ver si nos íbamos poniendo un poquitín al día. Y es que su tatarabuela estaba más à la page que ella. Y sin embargo afirmo o sostengo que la imaginación tiene tan poco que ver con el futuro como la memoria con el pasado.

A servidora lo que más le importa o interesa (y eso esforzándome mucho) es el presente, aunque no sea en su forma pluscuamperfecta. Eso no significa que me deje seducir o vencer por la perentoriedad y que le conceda más valor a una llamada telefónica inoportuna que a una carta que recibí hace un año. Intervienen otros factores, como el sentido común.

El sentido común creo que se le llama común por estar asexuado a diferencia de la intuición, que a veces parece que se le va acabando por llamar la “intuiciona” a fuerza de ser un don o una potencia que es todo lo más que se le reconocía a una mujer cuando era capaz de hacer algo difícil y no se quería admitir sencillamente que lo que le pasaba era que era inteligente, hábil, o que lo tenía todo “controlado”.

Tanto el principio de Gertrud (C.T. Dreyer, 1964), como el principio de Eyes wide shut (Stanley Kubrick, 1999) nos muestran la típica escena del atardecer, de una pareja que se arregla para salir a una cena formal. El
motivo común es el espejo y Bendt Rothe y Tom Cruise pidiendo respectivamente a Nina Pens Rode y a Nicole Kidman la billetera o una cartera. Un señor que está a punto de ser ministro y otro señor que siempre se está referiendo a sí mismo como al Dr. William Harford (un médico), incluso al presentarse enmascarado a una ceremonia secreta masónica, son incapaces de saber donde tienen ¡sus propias carteras! En las dos obras maestras las antagonistas femeninas, sin apartar la vista de sendos espejos, les dirán distraídamente, con exactitud, el lugar donde la habían dejado. Esta habilidad suele como mucho reconocerse como “intuición”. Intuiciona.

Se me preguntará ¿y qué tienen que ver el pasado, el futuro, la intuición, el sentido común? Muy sencillo: con un poco de sentido común es fácil adivinar con bastantes probabilidades de acierto el propio futuro. A poco que uno piense con un poco de calma, ya ve lo que le puede ocurrir y qué es lo que puede esperar especialmente de una situación que ya se ha originado. Por lo demás, a servidora, no le haría ninguna gracia saber cómo va a acabar algo. Perdería gran parte de su gracia. Si es que alguna vez la tiene.

Ahora hay mucha gente que se dedica a la adivinación, de la misma manera que hay gente que se dedica a la prospección y a la modelización de evidencias. Las páginas publicitarias de tonos para móviles se han visto suplantadas por la oferta de lecturas infalibles de Tarot. Yo no me estoy refiriendo ahora a las evidencias, sino a la videncia al estilo de Casandra. Hay que ver lo que yo me llegué a reír con la Casandra de Jean Giraudoux, en La guerre de Troie n’aura pas lieu, en su papel de gafe inveterada y patética. No me he reído tanto hasta que Terenci Moix explicó su historia de cuando siendo niño se tragó una peseta.

A finales de los años 80 quise conocer la bruixa de la comarca del pueblo de mis abuelos maternos. Por entonces, tradicionalmente había una bruja por comarca, de la misma manera que hay un juzgado por demarcación o una farmacia o un estanco por no sé qué regla de tres, una parroquia, una diputación o un buzón. Se entiende bien: una bruja por comarca iba que chutaba y además se evitaban conflictos de competencias, de intereses, etc. Eso además explica porque la existencia de una bruja no era incompatible con la de una curandera o un componedor de huesos. La bruja de nuestra comarca vivía en Baíñas, en las afueras, por lo que me tuvo que acercar en coche particular una amiga. Me presenté ante María Domínguez sin previo aviso y me recibió en una habitación del primer piso en la que había infinidad de paquetes envueltos con papel de regalo. Era agosto de 1988 si mal no recuerdo. Me hizo sentar ante ella en torno a una mesa camilla en la que había un teléfono, un libro encuadernado en pergamino que sería del siglo XVII o XVIII, y desde donde se podía ver un establo y como el sol se iba poniendo en las tierras de la Soneira.

Una amiga de la familia me había advertido de que no la mintiera. Hice el deje de darme levemente por ofendida y ella me explicó que María de Baíñas en cuanto te veía entrar ya sabía lo que te pasaba. Yo le expliqué a la amiga de mi familia lo mismo que le dije a María cuando me encontré ante ella, “sólo quisiera conocerla”. Yo tenía la intuiciona de que sería la última meiguiña de la comarca (bisbarra). La madre de la de Baíñas había curado a un bisabuelo mío. En realidad o en verdad, debo rectificarme, lo que le dijo es que no tenía curación.

Mientras pasé con María cosa de dos horas fue atendiendo llamadas de Madrid, de Buenos Aires, de Ciudad Real, de Valencia, etc. Tomó su libro, me preguntó mi nombre y a través de un cálculo cabalístico somero sobre la fecha de mi nacimiento, me leyó per sortes virgiliniae un párrafo que para mí no tenía sentido alguno. Mejor dicho: gramaticalmente era correcto, pero no conseguía fraguar ni una sola idea. Era como el discurso de un político escurridizo o una evasiva de Isabel Preysler. Entonces la bruixa se puso a “leer entre líneas” (no en el sentido comercial, sino en el recto sentido). Siguió con su dedo índice cada renglón y me fue descifrando mi pasado. Mi pasado. ¡Eso sí que es videncia, adivinar el pasado!

Como advertí que anochecía, me acordé de mi amiga en el coche, y me despedí de María Domínguez. Lo que me dijo de mi pasado no lo sabe nadie más que yo. Conversamos de varios temas sin ninguna profundidad esotérica y hasta me enseñó las piernas e hizo unas pocas flexiones para demostrarme lo bien que le habían ido para el reuma unos días en el balneario de A Toxa. El caso es que murió a los 20 días, más o menos, o en otoño. No mucho más. Eso y que unos años antes también se había muerto
Manuel López Garabal a los pocos días de yo conocerlo, me han valido un cierto respeto entre mis conocidos y mis desconocidos. Esas dos coincidencias o reincidencias y que María no me cobró ni un duro. Mi amiga, la conductora, me aseguró que nunca nunca había dejado de cobrar sus servicios, aunque fuera arbitrariamente. Interpreto que vio que le decía yo la verdad, que “sólo quería conocerla”. O eso o que yo, como Alicia después de ir al País de las Maravillas, pasé a través del espejo.
Con los años también he sabido qué eran aquellos misteriosos paquetes envueltos con papel de regalo, cosa de ochenta o más. Eran los regalos para el ajuar de unos novios que adivino que se casarían en septiembre, cuando las vírgenes encontradas. Pero esa es otra tradición comarcal, la de los paquetes que no se abren hasta que se acerca el día de la boda o himeneo, y creo que no se ha perdido aún. Lo que no sé bien es a quien trasmitió María Domínguez, la bruixa de Baíñas, sus poderes. Le pregunté por el futuro una sola vez, por el futuro de su “negocio”, y me contestó por toda respuesta que el nieto iba para médico.
(*) "Rodríguez" se deletrea Romeo Óscar Delta Romeo India Golf Uniform Echo Zulú.

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