26.9.10

Los constantinopolitanos


“Consternababuntur Constantinopolitani innumirabilibus vicissitudinibus”

 sta broma archisilábica del latín escolástico tuvo una secuela  zafia en una broma de unos condones que llevaban inscrita la frase “Recuerdo de Constantinopla” que seguramente estará recogida por Almudena Grandes en cualquiera de sus novelas.

Ayer estuve en Madrid, en una Residencia Geriátrica donde vive o muere una de las hermanas mayores de mi padre. Mi tía hará en diciembre 88 años. Quitando que a mí me tomaba por mi madre y a mi padre no lo daba por muerto, está aún bastante en sus cabales y especialmente en aquellos valores que siempre le han acompañado o sostenido: evitar el comadreo, regirse por las reglas de la buena educación clásica (respeto, discreción, cortesía y nada más, porque con eso se va a todas partes) y la fe cristiana. Cuando mi abuelo volvió de Nueva York a Betanzos se llevaba a mi tía Fina a las “leiras” a limpiar las vides, a cavar patatas, a recoger cebollas. Tenía cinco hijas más pero está claro que ya de bien niña estaba dotada para trabajar duro sin quejarse ni dar queja. Emigró a Madrid, se casó, tuvo dos hijos y enviudó a los 40 años. Hasta su jubilación tuvo un comercio en Chueca y vivía en La Latina. Paga su estancia en “Los Nogales” del Paseo de las Acacias en parte con su exigua pensión, en parte con el alquiler de su piso y en gran parte con sus ahorros. Dice que está la mar de bien.

Los pilares de su forma de ser, y habría que decir también de su forma de estar, creo que son tan válidos cuando estaba fuera de “Los Nogales” como cuando estaba dentro. Y es que lo que no se suele suponer ni decir es que en estas instituciones se reproducen las mismísimas innumerables vicisitudes que consternaban a los estambulinos. Me acordé ayer de un caso extremo que vi aquí en Barcelona. Cuando mi amigo Pepe estuvo ingresado en la Clínica F., donde tardó dos años en morirse tras un aneurisma del tronco cerebral que lo dejó como un pajarito, uno de los compañeros de habitación que le tocó en suerte era un tirano. Un día al llegar oí que le decía a la mujer de mi amigo: “Nena, la almohada” (es decir, quería que le pusiera bien la almohada). Mi amiga se la recompuso y ahuecó. Les evito un lujo de explicaciones o una sarta de detalles para simplemente dejar dicho que el tipo era un caso diáfano de cabrón amamonado. Como en este blog no recuerdo haber introducido nunca más que otra vez un registro del estilo -que lo dejo para el disfrute de Almudenas Grandes y sus seguidores- lo acompaño con mis más sentidas disculpas y lo justifico en que difícilmente podemos referirnos a un viejo egoísta y brutal de otra manera. La otra acotación lingüística que habría que hacer es que el tono del tipo no dejaba lugar a dudas, era exigente. Yo había visto a mi amiga dar incluso de comer a los compañeros de habitación que había tenido Pepe, o sonarles las narices. Es mujer que allí donde está además de no dar problemas hace que las cosas vayan un poco mejor. Le dije: “¿Ésto qué es? ¿Cómo te dejas tratar así?”. Me dijo escuetamente: “Huy, si vieras como trata a su mujer… Es que tengo miedo de que le pegue a Pepe”. Siguiendo con las acotaciones lingüísticas y con los constantinopolitanos les debo decir que el desnivel entre mis palabras de indignación y el de todo cuanto estaba obviando elípticamente mi amiga, me dejaron no ya sin palabras sino sin aliento.  Un día nos dejó solos a los tres y se fue a por suero o gasas. En el ínterin el cabrón me gritó “Nena”. Hice como si nada (regla de educación de la discreción). Insistió. A la cuarta -superadas con creces las reglas de respeto y cortesía y ya no digamos mi propia fe cristiana-  me dirigí hacia la cabecera del señor como un portaaviones o torpedero, lenta, pesada e implacable. Me acerqué manos en jarra poniendo mi cabeza a dos palmos de la suya amenazadoramente. Le dije entre dientes y silabeando: “YO no soy una NENA”. La frase siguiente acababa poco más o menos “y acabarás enganchado en el techo”. Les ahorro, siguiendo el estilo elíptico del post de hoy, toda la explicación que medió entre la primera frase y la última. El viejo inmundo se quedó aplastado contra su cama como una tortilla desinflada y lo que es a mí no me volvió a llamar en lo que le quedó de vida que fueron unos días.

 
“Día” de Antonio López durante su creación (*)

Todo esto es para explicarles que lo peor de cualquier internamiento no es la falta de libertad que ya es nociva y que en situaciones críticas se encarniza sobre todo entre malos profesionales. No, lo peor es que hay lo mismo que afuera pero que uno no se puede ir. Más que el confinamiento, el internamiento, el dinero gastado a espuertas, la exacerbación de la familia orientada a los niños y a los adolescentes, lo que me atormenta es la falta de libertad. Por lo demás hoy, a la vista de lo que me esperaba en el Facebook, hubiera querido tener una de esas deliciosas lagunas en las que mi tía se  demora de tanto en vez.


La estatua “Día” en el vestíbulo de la estación Puerta de Atocha

(*) La señora sentada es la esposa de Antonio López. El modelo es un nieto.

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