20.5.12

Cuerpo de jota

Un hombre con el nombre idéntico a Harry F. Griffin está enterrado en un cementerio de Los Ángeles desde 1924 y bien pudiera ser él mismo, cuya foto de 1914 lo representa en una de sus demostraciones de fuerza. En su tiempo fue considerado metonímicamente "la más fuerte mandíbula del mundo" y bien pudiera haberlo sido. Como hay gente para todo, es posible que la proeza se haya superado, pero nadie le quita su mérito.
Aunque se suele asociar la fuerza con las pesas y demás, hay fortachones y esforzados hasta en el wushu y el yoga. No me refiero a la gente que se gana la vida haciendo demostraciones de su potencia o flexibilidad, como se la ganaba  el forzudo del circo. Me refiero a los vigoréxicos, chulos de gimnasio, maquineros, vigilantes de playa y demás seres musculados. No deja de ser interesante la tradición en el cómic y el cine del abusica con el grandullón tonto. Pero no nos desviemos.
Aunque cualquier etólogo nos hablaría durante horas de que en los animales la demostración de fuerza es vital para la cohesión del grupito y su multiplicación, hay cosas que no son tan antiguas como se diría. Por ejemplo, se ve que los aizkolaris o cargadores de piedra vascos no proceden de la noche de los tiempos. Aunque siempre se cargaran piedras, la exhibición es muy reciente, de finales del siglo XIX. Pienso paralelamente en la moda del deporte en las clases sociales altas, antes de las guerras mundiales. En oposición al trabajo, por supuesto. 
A veces cuando voy a caminar a la sierra de Collserola -nunca en sábado porque es un peligro a causa de los mountain-bikers- me cruzo con amoratados corredores, con ciclistas que sudan la gota gorda y como hace muchos años que voy sé de sus lesiones y espolones calcáneos y bravuconadas varias. Y es que a veces se hace deporte con un empeño que se diría que es penitencial de no ser que estuviéramos seguros de que más bien conlleva un afán de superación. Les azuza la competitividad, la marca, el récord, sea en relación a otros deportistas, sea contra ellos mismos. Y aunque se  diría que la competitividad es propia de los deportes que son un juego o en los que intervienen equipos, o se hace una carrera, también está en el yoga. He estado en sesiones de yoga (y digo yoga, no Pilates) en los que no falta quien hace ostentación de su flexibilidad, su equilibrio, su fuerza o todo a la vez. Y sin embargo para quien practica yoga nada habría más alejado del panorama de su práctica que las nociones de competición, ostentación, rivalidad, etcétera.
También me parece muy llamativa la obsesión con determinados extremos de la biomecánica, con el diseño y la ergonomía de las zapatillas o de las camisetas, la alimentación. Y, siguiendo con el paralelismo, esto también se da en el yoga, aunque el yoga  (y digo yoga) no es propiamente un deporte. Yo suelo practicar algo de yoga, menos taichi, camino, corro algo, nado poco (me da asco la piscina). Me preocupo por ir vestida de manera que no pase frío ni calor, y voy calzada de manera que no me pueda lesionar, pero no me preocupa llegar 2 minutos antes o haber estirado las vértebras 2 centímetros menos. Solo busco, inspirándome en los gatos, los pájaros y los perros, y hasta en los cocodrílidos, mi placer. Y si tuviera que decirlo todo, que no tiene el menor interés, diría que esto de las zapatillas me recuerda a la alternancia de la moda de pantalón acampanado, estrecho, ancho, no tan estrecho, no tan ancho, y así siempre. Lo hacen para vender. El último grito en Nueva York es correr descalzos.
Por todo lo dicho y por lo que callo también, ante tantas demostraciones de fuerza y de bobadas, suelo decir que más que deporte lo que yo hago es algo de ejercicio. Saber que puedo echar una carrerita al trote de unos 7 minutos me llega porque si la puedo hacer es que voy tirando y que si me apetece puedo correr más o menos. 

El bombero Harry F. Griffin (1914)

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