7.6.12

El tiempo es oro

os mossos d'esquadra detuvieron el otro día a un matrimonio de Cervelló (Barcelona) por presuntamente cobrar durante trece años la pensión de un hombre que había fallecido en el geriátrico que regentaba la mujer. "Los detenidos, Maria Elena T.P., de 67 años, y José Patricio Avelino R.L., de 69, ambos de nacionalidad chilena, habrían percibido 137.000 euros, que la mujer cobraba cada mes en un banco de Sant Feliu de Llobregat". Y sin embargo cada dos por tres (6) mi madre tiene que dar fe de vida en La Caixa. Ayer le recordaron que tenía que renovarse el carnet y esta mañana, a pesar de que está con una lumbalgia del copón, la veo toda peripuesta, como si hubiera estado en la peluquería (que no) para hacerse las fotos. Las últimas fotos, claro, porque después de los 70 años te dispensan de renovar el DNI, y ella hizo el día 20 78. ¿O sería el día 78 20? Vaya, no sé, en cualquier caso la fotógrafa, yo y mi madre sabíamos que esa sonrisa que muestra en la fotografía es la de su último carnet. Está feo que yo lo diga.
Tal vez ahora, dicho sea de paso, de su brazo a torcer y acceda a cambiar la fotografía del otro carnet que usa, el de la piscina, donde hay una foto de cuando tenía unos 55 años. La recepcionista de la piscina protesta casi que a diario, pero en realidad como mi madre hasta hace bien poco no se sentía tan mayor, ha defendido a ultranza conservar una imagen que claramente no la representaba hace... tiempo. Ya se sabe que los nacidos bajo el signo de Tauro son bastante testarudos y todo el mundo acaba haciendo algo que yo he hecho prácticamente toda mi vida, decirle que amén. Otra cosa es una pérdida de... tiempo.
Y eso, el tiempo, es lo que me ocupa hoy en AdT. El tiempo que se nos acaba, el tiempo que tenemos o creemos tener, el coraje que hay que tener para que no se lo hagan a uno perder, el tesón que hay que tener para no perderlo. Tal vez no tengamos otra cosa que tiempo, y si acaso ni siquiera eso.
No soy de colas, claro. Las he visto no solo para ver la Capilla Sixtina, que yo la pude disfrutar ad libitum porque la acababan de restaurar y los turistas aún no sabían que volvía a estar abierta al público. Las he visto en La Habana, para comprar un helado con más agua que leche, en Coppelia, cosa que me permite decir que la cola no es una cosa exclusiva de las rebajas y el capitalismo, puesto que también son propias del cooperativismo y el racionamiento. No soy de colas. No haría cola ni para ver, qué se yo, a Dostoievski.
En la cola se sopesa y se equilibra lo que estamos dispuestos a hacer para entregar nuestro tiempo. Aunque bien se puede emplear en leer. Por ejemplo. Conocí una mujer cultísima, la mujer más culta que he conocido, que cuando hacía cola en el mercado se llevaba su libro de cocina mesopotámica (de 3000 años a. C. para arriba) y allí, mientras recordaba las costumbres de Nínive, se aglomeraban las otras señoras para comprar ajos, puerros, cebollas, patatas. Nadie hubiera podido sospechar el enorme caudal de erudición de Reme, puesto que su aspecto -como le pasó al astrónomo de Le pétit prince- no adhiere las simpatías y los parabienes de los taimados prejueces. Reme, digo, aprovechaba su tiempo en toda ocasión. Le perdí la pista.
Las personas con un problema identitario (por decirlo de una manera à la page y no dejarnos llevar a derroteros moralinos ni modalinos) tendemos a luchar denodadamente con el tiempo. Los que se creen por encima de los demás (como Rafael Ribó, Ricard Gutiérrez, el matrimonio chileno y otros corruptos y granujas) en el fondo tienen además de un problema identitario de bulto, poquísima vergüenza. Consideran su tiempo mucho más importante que el de los demás y tal vez todo cuanto hacen es por no hacer cola y demás. Así que si Rafael Ribó se fue a las Bahamas como Síndic de Greuges senyera en ristre, esto es como Defensor del Pueblo, es bien seguro que no viajó en clase turista. Los que nos creemos por debajo incluso de nuestras posibilidades, estamos siempre luchando a viento y marea por tener un poquito más de tiempo, y hasta dormimos rápido. Pero todos, si no cambian las cosas, nos vamos a morir. Sí, a lo mejor Ricard Gutiérrez, en la fantasmagórica nómina del Hospital de Sant Pau 7 años sin pegar sello mientras tenía en ciernes un cese de 158.000 euros de indemnización, no crea que se va a morir como los trabajadores sometidos al E.R.E. Él se morirá menos cuando se muera. O tendrá una contorneada caja de caoba más bonita que ninguna.

Reloj alemán. Franz Hermie, ca. 1890

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