21.6.12

Mis diez tías

"Una mujer de trasquilado pelo blanco se encuentra de pie junto a la ventana de la cocina. Lleva zapatillas de tenis y un amorfo jersey gris sobre un vestido veraniego de calicó. Es pequeña y vivaz, como una gallina bantam; pero, debido a una prolongada enfermedad juvenil, tiene los hombros horriblemente encorvados. Su rostro es notable, algo parecido al de Lincoln, igual de escarpado, y teñido por el sol y el viento; pero también es delicado, de huesos finos, y con unos ojos de color jerez y expresión tímida."
Truman Capote, Un recuerdo de Navidad 

al vez son los Tres cuentos de Truman Capote tres buenos ejemplos de lo que se puede hacer desde un relato breve y lo que no acierto a decir es si se debe a su fundamento autobiográfico aunque, total, como no voy a perder nada, me atrevería a sugerirlo. Ahí derivaríamos al viejo y abusado tema de si la literatura se hace desde la vivencia o de si por muchas experiencias que se tengan la literatura va por otro lado y más el talento. Si yo dispusiera de tiempo seguramente lo perdería leyendo relatos breves y releyendo Poe, Chéjov, Mansfield y muchos narradores norteamericanos que me interesan grandemente. Como hace muchos años tuve grandes atracones de toda la cuentística y la novela sudamericana y centroamericana, que por otro lado me habían aliviado en parte de mi indigestión de realismo europeo, ahora solo me tienta repasar alguna gran obra y, como género, ya solo me interesan el cuento y la poesía. 
He oído hablar a algunos autores de la germinación de una novela y de como les surgen los personajes y hasta se adueñan de ese espacio que va recreándose en una especie de espacio en donde se van levantando las escenas y todo como en una película. Y sin embargo esa vivencia no la conozco o por alguna razón no la he necesitado. Por no decir nada de esas novelas en que los escritores condenan o se mofan de sus congéneres rencorosamente, a quienes se molestan en darles nombres de ficción y hacerles pasar por situaciones ridículas con tal de purificar sus sinsabores y frustraciones o lo que sea. En pocas palabras: la ficción me resulta cada vez más algo inconcebible y hasta poco honorable. Y en cuanto hago tal afirmación me precipito a corregirla porque pienso en lo mucho que he llegado a disfrutar con algunas novelas y  en lo apto que es el género para adaptarse a todo tipo de registros y de temas. Por lo tanto dejo aquí, como en un esbozo la certeza de que una novela viene siendo como una catedral, pero que cualquier definición le sirve porque sirve para todo.
Aunque la prima de sesenta años del Truman Capote de siete es bien particular no es ajena a la tía Polly de Tom Sawyer (si hasta hacen un ensalmo contra las verrugas) y al sur que han recreado tantas joyas de la literatura estadounidense. Yo he pensado mucho en las tías porque he llegado a tener diez y eso si no contamos la mujer de mi único tío. No estoy segura de si alguna vez llegué a ver juntas a las seis hermanas de mi padre, puesto que una de ellas vivió en São Paulo y otra en Madrid, y que yo recuerde cuando nos venía a ver la del Brasil recalaba en la villa y corte. Con todo y con eso, aunque solo se me agolparan cinco de ellas, con sus labios pintados de carmín y perfumadas, ya era todo un acontecimiento que yo intentaba amortiguar lo máximo posible evitando el introito de los arrumacos y las lisonjas con que nos recibían a mi hermano y a mí. El hecho de que a mi hermano le gustaran los besos y demás y yo me hubiera ganado a pulso fama de ser algo huraña, ya hacían, pero aún y así era un momento que yo temía. Claro está que ahora daría cualquier cosa por un solo beso de mis tías, puesto que por parte de mi padre solo me viven dos y a trancas y barrancas. Como se suele decir, "institucionalizadas", a causa de su provecta edad y una situación familiar que impide otra alternativa.
Otro motivo que podría desarrollar si hablara de mis diez tías sería indudablemente lo emocionante que era ir a recoger a una de las hermanas de mi madre a la estación de Sants, con todo el andén lleno de gallegos y gallegas, con sus inconfundibles y anchas caderas, y un ambientazo que creo que no admite ninguna comparación. Y de lo que no tengo ninguna duda es de que si alguna vez yo escribiera una novela o un cuento no dejaría de explicar aquello de que cuando llegaba a mi casa del colegio de pequeña mi tía también pequeña (tiene 11 años más que yo) me hacía surcar la casa calzada con dos trapos que me señalaba solo entrar. Me hacía pasar por el espacio que había entre el recibidor y nuestra habitación con las dos gamuzas al objeto de no estropearle el encerado y de dar más brillo a su trabajo. Todas mis tías excepto una han sido unas maníacas de la limpieza cosa que no es que me haya incapacitado para vivir en la suciedad y el desorden que -desengañémonos- son irreductibles, pero digamos que me han hecho apreciar la diferencia que hay entre un buen barrido y un mal fregado. Aunque la mitad de mis tías eran maníacas totales, la otra mitad eran selectivas. De esta manera, a mi tía Dolores le da por bruñir los metales y sus fogones y ollas, como los de mi madre, lucen como patenas. Las Domínguez no eran tan maníacas con la colada como las Senra, pero la vuelta de la playa era un horror y a pesar de  compartir un apartamento en Castelldefels con todas ellas nunca (y cuando digo "nunca" es nunca) consiguió llegar ni una sola mota de arena a nuestro segundo piso. Nunca.


"Chillidiana" | Mero collage registrado en SafeCreative *1206201837592


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