16.6.12

Post 821: La fiambrera

"Amb una simple entrevista passava a convertir-se en amic de l'entrevistat, i, a còpia d'escriure articles elogiosos sobre l'obra dels altres, aconseguí que els altres el recompensessin escrivint articles sobre ell. Si observeu un per un els articles de Lo Sputnik veureu com no va deixar passar una sola setmana que no hi sortís retratat, en actitud amistosa, al costat de totes les patums que anava entrevistant"
Terenci Moix, El sexe dels àngels

eo, a través de una cita de un poeta, Neorrabioso, un fragmento (*) sobre Cela de Antonio Martínez Sarrión, poeta y se ve que gestor cultural que no conozco. En una planeo somero por internet veo que si Alfaguara que si Complutense, cosa que me acaba de situar lo que ya de por sí deja bien claro la parrafada, en la que también carga contra Francisco Umbral, otro escritor difunto, prolífico, genial y francotirador. Por cierto, qué poca gente va quedando que recuerde que antes de escribir para "El mundo", Umbral escribió para "El País".
Leo también en una página del Cervantes un poema de Martínez y advierto que peca de aquel recurso que encuentro en algunos poetas, la búsqueda del efecto final y el temblor de un verso como rasgo más elevado de lirismo, como si alguien se hubiera de conmover por las falsas notas, los gallos y el gemido de tornillo. A lo mejor gran parte de lo que Martínez dice sobre Cela es verdad, incluso la tacha de delator que siempre acompañará a Cela como a Lope, otro sicofante y escritor odiado visceralmente por los estudiosos universitarios. Lo que casi nunca se dice es como intercedió por ejemplo por Rafael Alberti. En general concluyo que el texto de Martínez es rabioso más que bilioso (contra Cela también hay textos biliosos, incluso en vida suya) y que aunque Cela hubiera escrito de 50 libros, o de 60, 10 menos buenos, los que si lo son y mucho no se los puede quitar nadie. O sí, porque tuvo un caso de plagio y creo que lo perdió. 
El hecho de que alguien dedique una parte de su tiempo a poner a caer de un burro, es un decir, a un escritor difunto, me parece indigno hasta de lástima. Es deleznable. Y lo digo porque Martínez vive o, como se dice en aquel montuno cubano, se cree que vive. El duelo verbal, en la prensa debería decir, que tuvieron Cela y Moix en vida, estuvo más que bien. Ambos tenían un gran sentido del humor, cada cual a su manera, y yo admiré a los dos también a la mía. Moix en El sexe dels àngels hizo una especie de farsa sobre el mundillo cultural de mi región absolutamente delicioso, donde no faltaba ninguno de los especímenes  de la flora y la fauna literaria. Este verano quisiera releerlo solo por el gusto de constatar su vigencia y ver si hay alguna premonición de esos grupitos literarios que se han ido cuajando al amparo de las subvenciones y que no tienen nada que envidiarle a las asociaciones de boletaires, baile country o filatelia.
Cuando en el otro mundo, me refiero al científico, se habla de revistas "nacionales" se suele afirmar que son necesarias -entre otras cosas- para formar el tejido social donde pueden ir fraguándose los nuevos investigadores mientras no alcanzan a publicar en las publicaciones internacionales. Otros lo ven como una pérdida de tiempo. Yo no sé si se puede ser escritor sin contar con un tejido social que le haga de colchón, con toda la gama de escritorzuelos, escritorcillos y escritorazos. No lo sé de veras. Sí sé que hay un continuum, un hilo o tradición que no tiene por qué ser declarada. Pero, ¿es necesario que el escritor pertenezca a un grupo? Me pregunto si más allá de la necesidad de los reconocimientos y del patronazgo se puede escribir, que sí, y además ser considerado un escritor o escritora. Tal vez los escritorcillos necesitan de los escritorazos, pero los escritorazos no necesitan de escritorcillos. 
Apelo ahora a aquel sentimiento que seguramente les debe surgir a los padres de los niños que en días como estos hacen sus festivales de final de curso. Los familiares ven a los niños propios y ajenos y saben que lo que ven lo ven más o menos los otros y se tiende a la comprensión mútua. O tal vez habrá alguien que verá su niña como la más guapa, la más talentosa y la que tiene más gracia. Podría ser. Como Anna Magnani veía a su niña en "Bellissima" (Luchino Visconti, 1951). Lo malo no está tanto en esas debilidades o consideraciones como en el hecho, también real, de que haya gente que para obtener el éxito es capaz hasta de hacer trampa.



(*)

"Un curioso efecto de simetría, causado por la muerte de Cela: el 95 por ciento de lo publicado en diarios nacionales sobre el finado, como el mismo porcentaje de su obra, es pura inanidad, pura pérdida de tiempo. De la obra, lo único que de verdad me gustó fue su primera época: el Pascual Duarte y los primeros viajes; menos, La colmena; algo los carpetovinismos, San Camilo 36 no es más que la visita a una colección de burdeles madrileños, al filo de la tragedia. Cuando trató de hacer lo que él entendía por “vanguardia” se vio que resultaba forzado, ilegible, trivial en su pretenciosidad. Madera de boj, el tan anunciado texto que haría justicia a la Galicia marítima, al bravo mar de los Ártabros, no es más que una prolija colección de chistes y ocurrencias de gusto dudoso. Sobre el muerto, han estado bien Ignacio Echeverría, Haro Tecglen y sobre todo Gimferrer, meditado y justo. Lo mejor, que escuché a ráfagas, se debió a Carlos Casares: “Era un hábil imitador de Dalí para promocionarse” y lo opinado por un estudiante de doce o trece años: “Era un tipo duro, un tipo algo borde”. Su hijo, que lo conoció de sobra, le afeaba su absoluta falta de piedad, como rasgo central de su persona. Anécdotas por él contadas: asustar a las pobres mujeres que volvían a sus casas cargadas con la compra; en casa de su patrona durante la guerra, limpiarse el culo con un canario, tras defecar en el teclado del piano, ¡qué hombrada! ¡Qué tipo ocurrente y original! Otro gesto nobilísimo fue ofrecerse a Franco, a su entrada en Madrid, para delatar a “rojos”, ejercer como censor de libros y publicaciones, escribir por una montonera de dólares una novela venezolana, llena de indigenismos, a la mayor gloria del sanguinario dictador Pérez Jiménez. Su manipulación y prepotencia a la hora de cubrir vacantes en la Academia o de discernir el ganador del Premio Cervantes, el cual se hizo otorgar obscenamente, tras el injusto Premio Nobel, como su creciente y ya no disimulado reaccionarismo ideológico, fueron notorios. Un gacetillero de periódico a pie de capilla ardiente se quejaba o fingía quejarse del escaso, casi nulo, número de escritores que fueron a rendirle el último homenaje. Un gesto a su favor que pocos conocen: en un almuerzo, cuando su miserable lacayo Umbral –que le escupió nada más morir en un libro– se desató contra Juan Benet, le dijo: “¡Cállate, Paco, que Benet fue un gran escritor!”. Muere, en fin, un autor enormemente sobrevalorado en vida –Italo Calvino o Juan Marsé, grandes de verdad, así lo escribieron– y un ser humano despreciable. La historia de la literatura lo pondrá, sin duda, en su lugar" (A. Martínez Sarrión, Escaramuzas)

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