1.8.12

Dolce fare niente

ste mes tenemos dos plenilunios, el de hoy será en plena canícula y este año está siendo de mucho bochorno, cosa que nos excusa de hacer cualquier otra cosa que no sea lo preciso para seguir... viviendo. Sea porque yo nací en la canícula de 1961 sea porque soy de natural perezoso, me resulta notablemente fácil no hacer nada o hacer muy poco, en especial cuando -como predijimos hace cosa de un año y un mes- el fin del mundo se acerca, ya que se espera para el solsticio de este diciembre. 
El domingo me acerqué por donde supuse que descansaba en paz Trini, mi canario asesinado brutalmente el pasado mayo por una garza o una gaviota. Ya me temía que precisamente el lugar que había elegido para su eterno reposo fuera el que se incendió recientemente, cerca del Turó de les Roquetes, en Collserola. Para más inri distinguí claramente la mortajilla con la que lo había envuelto, un pañuelo que había pertenecido a mi padre, en el desmonte que acabaron de remover las mangueras para sofocar el fuego. Para acceder al fardo tuve que bajar por un camino menos escarpado y subir no sin dificultad porque el suelo estaba muy resbaladizo porque había perdido relieve y piedras que lo jalonasen. Las hojas de pino chamuscadas formaban una pista donde no era fácil hacer otra cosa que no fuera caerse o patinar. Y sin embargo, no podía hacer menos que rescatar lo que quedaba de mi pajarito e intentar darle no sé si por fin su merecido descanso. En cuanto agarré el pañuelo, operación que me llevó algún tiempo, me fue fácil apreciar a pulso que seguía adentro, que una parte del ribete estaba calcinada, pero que el contenido seguía intacto. Hay que decir que no es nuestro mejor año. Especialmente para Trini está siendo un año nefasto y cruel. Por lealtad y porque lo considero mi obligación rescaté sus restos aunque después bajé un trozo de la cuesta sobre mis posaderas levantando a mi paso una generosa e ignominiosa nube de polvo. Ahora está enterrado en la maceta más grande de mi casa, donde no puedo garantizar con total seguridad que pueda estar en su gloria, pero otra cosa mejor no se me ocurre.
Las concesiones del Ayuntamiento para nuestros nichos ordinarios es todo lo más de 50 años, de 99 para algunos mausoleos, pero ni siquiera un cementerio municipal puede garantizar más allá de esos plazos, por lo que nunca acabé de entender los desvelos que tienen muchas personas por tener depositados sus restos al lado de sus padres o de quien sea, mirando al mar, etcétera. Como a muy temprana edad asistí a la exhumación de mi tía Nieves porque tenían que enterrar a su madre, que era mi abuela, vi y -lo que es mucho peor- oí como cayó su fémur a nuestros pies. No quedaba mucho más de su cuerpo. Desde ese mismo momento yo supe que nunca desearía para mí nada que no fuese la incineración. La última vez que miré el catálogo de nuestra funeraria vi que de todos los cinerarios que ofrecen solo me gustaban el biodegradable y el de porcelana como de Sèvres pero solo porque me recordaba a aquellos tinteros sobredorados con escenas de pacientes ovejas y acederillas y robles. Pero les digo que a la hora de la verdad no les queda ni uno y te colocan aquellos que parecen como cajas de guardar tabaco de pipa o peones de ajedrez, con molduras que no hace falta decir que no están talladas ni pulidas a mano. Así que he dispuesto que después de incinerada que lo tiren todo donde permitan las ordenanzas consistoriales y tan contenta. De todas las posibilidades ya tengo dicho que la que menos gracia me hace es la del arcón congelador.
En la primavera estuve en el Cementerio de Poble Nou, donde hay algunas tumbas de principios del siglo XIX con un marcado carácter romántico y gotizante. Me extrañaría que no se rodara alguna película o serie en ese entorno, donde una cámara supiera posarse sobre cualquiera de las enormes telarañas que precintan los sepulcros de los panteones abovedados podridos por el tiempo y el abandono. En los jardines y en los cementerios se encuentra mucha paz. Por eso no dejó de producirme un cierto desconcierto la publicidad que sorprendí la semana pasada en el de Collserola, al que me tuve que acercar por el funeral de un difunto, el padre de una amiga. Es de una campaña de nuestro Ayuntamiento y se encuentra en muchas paradas de autobús. Se lee: Shhh (que els veïns dormen).
He colgado en mi Picasa la misma foto pero en otro enclave, donde tampoco que se sepa duerme nadie en un perímetro enorme a la redonda, enfrente del Estadi Olímpic. Tal vez los difuntos del Cementiri del Nord duerman, el sueño eterno, aunque me cuesta creer que alguien lo pueda alterar. Pero no hay nadie durmiendo ni viviendo en lo alto de Montjuïc. Como no duerman la mona...

Primer plenilunio de agosto

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