10.9.12

Cui prodest?

"¿Por qué sólo se es partidario de la autodeterminación
 de los pueblos allí donde se espera obtener provecho de ello?"
Hermann Hesse

Ayer noche cuando me iba a retirar ya medio atontolinada, vi en la casa de los vecinos de enfrente lo que en un primer momento me pareció el Capitán América. Pero, no, luego, después de conseguir enfocar estos pobres ojos, me di cuenta de que era un niño con la bandera estelada sobre el hombro como una capita. Me acordé de un texto de la escritora Luisa Cuerda sobre el modo de empleo de las banderas. Bueno, me dirán, es que la estelada no es una bandera, es algo más o algo menos. Sí, todo puede ser.
Nuestro patrimonio intelectual y sentimental está tan embebido por estas imágenes, que a su vez se remontan a las justas medievales de serie B, que no sé si un completo ayuno de todo este arsenal de símbolos durante tal vez 5 años me permitiría disfrutar de un libro de Historia medieval o de un libro histórico sin evocarme toda ese imaginario.
Naturalmente me guardo mucho de hablar sobre los nacionalismos, sobre lo que apenas sé lo justo para eso, para no hablar. Si acaso siempre he defendido que aunque se consideran exclusivamente legítimos los nacionalismos que son "históricos" para mi también deberían serlo los que simplemente aducen la voluntad. Es decir, el hecho de que se anclen las razones en el futuro es tan defendible como la de que se anclen en el pasado. Pero ni eso defendería a ultranza.
La criatura de la capa se estaba preparando para la Diada Nacional de Catalunya, en que se conmemora un acontecimiento histórico del que una buena parte de la historiografía tiene serias dudas y otra prefiere mantener por su poder de convocatoria. Se comenta que precisamente el nacionalismo independentista catalán está muy nutrido por estas nuevas generaciones del niño, las que han vivido la completa inmersión lingüística, expresión con la que los políticos se refieren a la recreación de un ambiente sin la otra lengua cooficial, el castellano. Esas nuevas generaciones no han conocido la Cataluña industrial o industriosa que atrajo la emigración de territorios deprimidos de España durante el Franquismo, más bien han conocido la Cataluña terciarista -turismo, especulación inmobiliaria, tecnomanías- y la arribada de emigrantes extracomunitarios que han llenado las calles de color y también del español de América, el urdu, el chino y el árabe. Como es normal estas gentes no llegan con la cabeza en blanco, sino que tienen a su vez sus propias ideas. 
No veo con ninguna preocupación que la gente tenga sus ideas y anhelos, pero sí veo con el mayor temor un cierto fanatismo o exacerbación, la visceralización de la vida civil, la inculturación casi total, el fragor de algunos... ¿debates? Hay situaciones que me recuerdan el estado de las cosas que describía Stefan Zweig en su autobiografía, donde relata como la irracionalidad se fue comiendo literalmente la Austria de entreguerras hasta llegar al desatino y la folie à plusiers que fue la locura que hundió Europa en la Segunda Guerra Mundial, cosa que por otra parte tal vez resultó lucrativa para los EEUU. Cui prodest?  habrá que preguntarse, como hizo Séneca, "¿A quién aprovecha?".
Obviamente el "Financial Times" y "El Periódico" han elevado a las piras sus siempre incendiarios y amarillos titulares.



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2 comentarios:

  1. No tengo ningún respeto por las multitudes, es más, a más multitud menos respeto. La pregunta es siempre la misma y tiene la misma respuesta. ¿Qué defiende tanta gente junta? La respuesta es, intereses muy, muy particulares. Parecemos bobos.

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  2. Hay dos cuestiones que me interesa señalar: una la presencia notable de niños y adolescentes en la masa (cosa que me parece propia de los regímenes totalitarios); dos, la ambigüedad de CIU. Con la ambigüedad se obtienen muchas ventajas, sí. Y hay una cosa que me molesta: que se manifiestan como si no hubieran urnas, como si no hubiera Derecho ni nada. Cualquiera de las tres cosas me parece gravísima.

    Las multitudes salvaron a Barrabás.

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