19.9.12

El olmo de Grüneburgpark


n mi único viaje a Alemania solo pasé una tarde en Fráncfort del Meno, Frankfurt, así que la dediqué enteramente al Grüneburgpark, que está en el lado opuesto al casco histórico y lo que se espera que conozcan sus visitantes. Y no lo lamento porque había hermosos ejemplares como el de la foto, un olmo que pudo haber visto Goethe, no solo porque Goethe frecuentó este parque, sino porque hay árboles bien longevos. El parque sigue el estilo inglés, sin simetrías palladianas y con una rebuscada naturalidad, incluye un jardín coreano y está pegado al Jardín Botánico de la ciudad. Fráncfort no tiene el ambientazo de Hamburgo ni la animación de Múnich, es una ciudad donde la gente principalmente parece que trabaje. Como mi entrada por Alemania fue por el aeropuerto de Fráncfort, pude apreciar más -viniendo de Barcelona- el silencio de la ciudad. Yo hubiera esperado que al ser un centro financiero y de comunicaciones encontrara más ruido. Si ustedes vienen al Parque de la Ciudadela, que es más ecléctico y pequeño (frente a las 29 hectáreas del Grüneburgpark, el de la Ciudadela tiene apenas 18), no encontrarán el silencio que tanto enaltece la vegetación recíprocamente. 
Tal vez para las personas que buscan la concurrencia y el bullicio, el Parque de la Ciudadela les parecerá un buen lugar donde pasear y ver artistas callejeros, jóvenes tocando sus tambores, grupos de yoga y taichi, grupos escolares, de todo. En algunas ocasiones esto se esfuma, porque hace frío o (menos) porque hace calor, y en otras ocasiones se multiplica por mucho cuando el Ayuntamiento permite una celebración como el Día de la Tierra o cosas por el estilo. Uno de mis objetivos fotográficos desde hace años es el paseo de los tilos de la Ciudadela, cuando por este tiempo y más entrado el otoño empiezan a desprenderse poco a poco de sus hojas. Si el día es soleado, el contraluz de esas hojas y de las partículas que se desprenden, es como una lluvia dorada, onírica, casi inmaterial. Si algún día consigo capturar esas imágenes no dejaré de mostrarlas aquí.
Seguramente Barcelona es una de las ciudades más ruidosas del mundo. Aunque el pavimento de muchas calles está insonorizado, no hay mucha paz. Hay que jugar con las "pinzas horarias" y buscar la burbuja matinal sobre todo o bien la noche cerrada. 
Me comentó un día un médico venezolano que había vivido en Alemania que allí no se permite poner la lavadora en fin de semana o después de una cierta hora del día, que es precisamente que la pone todo el mundo aquí. Otro médico que había vivido hace años en Montréal me comentó que en su bloque no permitían niños. Me imagino que los confinan a bloques especiales o a viviendas unifamiliares. Como en todo, creo que un término medio es suficiente, pero Barcelona es por lo general horrísona. 
Ya les expliqué una vez que en la piscina, con tapones en los oídos, el gorro, y la cabeza debajo del agua, pude oír perfectamente el desembarco de un colegio a los vestuarios. Excuso decirles lo que se oía con la cabeza al aire y sin tapones. Estruendoso. Estos días que tendremos las Fiestas de la Merced, el invitado de honor será casi siempre la barahúnda, el fragor, el estrépito, la estridencia, el fragor de los decibelios y todo la corte de bulla, zumbidos y griterío. Y no me refiero a la matiné de dulzaineros (grallers) o de trabucaires, sino a todo en general. Dirán los antropólogos que en efecto la fiesta siempre es una emulación de la guerra, un evento donde se purifican o emulsionan la represión y las desavenencias. Hasta el éxito de las manifestaciones se mide por el sonido. El caso es que la quietud necesaria para el descanso y para tantas cosas se va convirtiendo no ya en un lujo sino en la excepción, en eso que queda cuando los que hacen más jaleo se van de fin de semana a Londres, a esquiar o a freír espárragos.
Por eso suelo ir a primera hora de la mañana a los parques que me son queridos, o me acerco a la playa. En los cementerios también se está bien, o Collserola adentro, si se evitan las rutas de pelotones de mountain-bikers o vamos entre semana. En mi parroquia la voz cantante de la misa de 10 es correcta, aunque alguna vez tiene algún gallo que otro, pero la de la misa de 12 me pone enferma. Y lo digo no por exagerar o como recurso de expresividad. Me pone enferma de verdad. No sé si es que canta en una tonalidad menor, pero a todo el mundo se le acopla su voz en los oídos, nos ponemos tristes, y la organista se desentona y hasta se pierde al intentar alargar un compás para seguirla. Les digo que no voy ya a mi parroquia, no puedo. Si cantáramos solo una vez... pero entre el canto de apertura, el Gloria, los del salmo, el de las ofrendas, la comunión y el de homenaje a la Virgen, son muchos. No lo puedo resistir. El sonido no es ninguna tontería.

Grüneburgpark, Fráncfort
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"Muchas veces he visto como una sala llena de hombres, una ciudad llena de hombres, un país lleno de hombres caían en ese éxtasis y vértigo que convierten a una multitud de individuos en una sola unidad, una masa homogénea, he visto cómo todo lo individual se apaga y cómo el entusiasmo que provoca la conformidad de pareceres, la confluencia de todos los instintos en un instinto de masas, llena a cien, mil o millones de un sentimiento de superioridad, de un deseo de entrega, de un desprendimiento de la propia personalidad y de un heroísmo que en un principio se manifiesta en llamadas, gritos, escenas de confraternidad con emoción y lágrimas y finalmente acaba en guerra, locura y ríos de sangre. Mi instinto de individualista y de artista me ha prevenido continuamente contra esta capacidad del hombre de embriagarse con el sufrimiento común, el orgullo común, el odio común, el honor común. Cuando en una sala, un pueblo, una ciudad o un país se hace patente este sofocante sentimiento de entusiasmo, me vuelvo frío y desconfiado, entonces me recorre un temblor y veo ya la sangre fluir, las ciudades en llamas, mientras la mayoría de mis conciudadanos, con lágrimas de entusiasmo y profunda emoción en los ojos están ocupados en aclamar y confraternizar (Hermann Hesse, Lecturas para minutos)
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1 comentario:

  1. En mi parroquia no hay música en directo, se limita a varias pantallas de plasma de tamaño importante -que permite ver al fondo- distribuidas a ambos lados de los bancos y que se usa al tiempo como "karaoke" de la homilía.

    La música es muy importante, qué te voy a contar además de que nunca he estado en Alemania.

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