24.10.12

Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de Herminia, en Madrid

ardiel Poncela que yo sepa no ha sido lectura obligatoria ni voluntaria en ningún plan de enseñanza de los últimos años. El otro día lo trajimos a cuento de Psicoquílez porque nos pareció que esta novela y su autor, Oligofrenio Tremebúndez, están emparentados con la generación de autores humoristas injustamente olvidados que fueron a dar a la mar que fue "La codorniz". Tiene mucho que ver en mi modesta opinión el hecho de que Jardiel como Mihura como Álvaro de la Iglesia se podrían considerar "de derechas", etiqueta que en nuestro país no es un mero cartoncito como el que le cuelgan a los difuntos en las morgues del dedo pulgar de un pie o a los regalos de Navidad, sino que es como una losa de iridio con incrustraciones de plomo y cemento armado. 
La disociación con la que vivimos todo yo la percibí por primera vez en toda su absurdidad cuando aún vivían y estaban más que bien Tip y Coll, porque le oí a alguien decir que Tip era de derechas y Coll de izquierdas. Y sin embargo una de las tres veces que yo me he reído más en mi vida fue cuando estrenaron en televisión un programa que se abría con "Dame la manita Pepe Lui" (CBS, 1974). Me acuerdo que cenábamos en la casa familiar mis padres y mi hermano y yo, todos hijos de su padre y de su madre y que aunque en el caso de mi hermano son coincidentes los suyos con los míos eso no ha garantizado ninguna afinidad. Como no tengo ninguna duda sobre nuestra filiación tengo que pensar que el Señor en su perfecta sabiduría quiere que exista la variedad. Pues nos reímos como no recuerdo que nos hubiéramos reído nunca, todos juntos y de lo mismo. Incomprensiblemente nos repiten y nos vuelven a repetir muchas series humorísticas de la BBC ("Sí, ministro", "Benny Hill", "Mr. Bean", "Los Ropper", etc) pero hace años que no vemos los programas de Luis Sánchez Polack y José Luis Coll.
Con lo poco que sé de humor no tengo ni para hacer un tuit, pero pienso que algún día habrá que tomarse el humor como algo verdaderamente serio y ver si hay un humor diferente según la latitud, según la clase social, según el nivel de colesterol HDL y según la edad o la cosa generacional. Seguramente también encontraríamos un humor universal, que puede ser comprendido en cualquier lugar porque no está basado en el juego verbal o en situaciones de aprieto que no lo son para todo el mundo igual. La clasificación por colores no alcanza toda la gama; es decir, no hay un chiste verde tiffany's ni un chiste azul, cosa que tendría que retar a los que hacen monólogos, que en la pura teoría improvisan mucho y badean tanto como surfean los litorales de la risa y la sonrisa. Qué diferentes, Casto Sendra Barrufet "Cassen"  y Joan Camprubí "Capri", siempre tan serio -especialmente cuando hacia de Dr. Caparrós- cuando ambos cada uno en su estilo hablaban sin parar, de Eugeni Jofra i Bafalluy "Eugenio" o Miguel Gila, cuyos mutis de telefonía, calada, sorbo de copa larga o estupor eran tan elocuentes y agudos como la mejor gracia.
Jardiel como Mihura tiene un estilo muy económico, sin cháchara, donde ni siquiera hay rastro de aquella leyenda por la cual los comediógrafos y los novelistas de la postguerra cobraban por línea publicada. Los diálogos que hojeo en mi ejemplar de Jardiel Poncela descargado de internet, con Los ladrones somos gente honradason todo texto, apenas hay espacios blancos. La gran mayoría de las líneas van de una punta a la opuesta cargadas de letras, cuando Poncela tal vez -siempre de acuerdo con la leyenda- hubiera cobrado más con diálogos donde al saludo -"Hola" le siguiera la pregunta-"¿Hola?" y, tercera línea, otra vez -"Hola, sí". Y a pesar de todo, como dije en un post anterior, Jardiel como Mihura resultan ligeros. No como otras.
Me ha impresionado mucho en el ejemplar que menciono todo un preámbulo donde se explica la gestación de la comedia, que luego fue llevada al cine, el año 1956. Cuenta Jardiel que el 16 de agosto de 1936 fue llevado a declarar a una checa en Madrid por la falsa delación o si quieren mera delación de un odiador. Fue sometido a un interrogatorio que reproduce y parece que gracias a que ni los nervios ni el miedo le traicionaron pudo salirse con bien del trance. Pero su interlocutor le avisó: "Mañana irán otra vez a buscarle para nuevos interrogatorios". A lo que Jardiel Poncela repuso: "Pues le agradecería, para evitar un nuevo susto allí, que no fueran a mi casa. Que vayan al café "Europeo", donde estaré trabajando".
Explica E.J.P. que en cuanto lo dejaron libre sintió miedo, sintió todo el miedo que estando en la checa no había sentido. Y que al día siguiente, cuando estaba en la cafetería era incapaz de escribir una línea: "Pero, naturalmente, no trabajé absolutamente nada, ni creo que nadie hubiera sido capaz de trabajar en mi caso: sentado en un café, en el verano de 1936, en Madrid, y aguardando la llegada de unos milicianos para ser llevado por segunda vez a la "checa" de Medinaceli...". En cuanto Jardiel vio aparecer a los milicianos en un coche, probablemente de los duques o bien de una marquesa que también se menciona, se puso a escribir como un poseso grafómano. Después de deliberar un algo los milicianos se fueron por donde habían llegado y Jardiel pudo dejar de escribir lo que estaba escribiendo que no era otra cosa que "Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de Herminia, en Madrid", tantas veces como le permitió el rato que fue observado desde afuera. Esa frase, típica de una acotación teatral, años después, el año 1941, cuando se puso a escribir por fin nuestra comedia, está encabezando el acto primero.
No sé si la anécdota es para reír o para llorar, pero tras conocerla vuelvo a contraatacar la desacertada frase de Theodor Adorno: "Tras Auschwitz no se puede hacer poesía" y pienso que aunque el bombardeo de las estupideces de políticos como Maria Badia o Alejo Vidal-Quadras o Raül Romeva, no nos dejen oír la quinta sinfonía de Mahler, eso no quita para que reconozcamos su melodía como un contrapeso y la resistencia a la folie à plusiers (locura colectiva). Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de Herminia, en Madrid.

Fotografía extraída del blog de sus nietos Enrique Jardiel Poncela, maestro del humor

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