19.10.12

El espacio (1)

-«Tienes razón, yo no confío mucho en esos que presumen de ser felices y lo van pregonando a los cuatro vientos.
Al parecer, su explicación había funcionado. Lucas se felicitó por haber salido del atolladero sin un solo rasguño.
-La felicidad, cuando se tiene, hay que guardarla bajo siete llaves, de lo contrario, te expones a que te la robe la envidia y la maledicencia.
Robar la felicidad, pensó Pilar Fino. Qué cuadro tan sugerente. La conversación estaba siendo más interesante de lo que ella hubiera imaginado.
-¿Cómo puede robarse la felicidad, Lucas?
-No sé, no me hagas mucho caso, estoy filosofando. Yo concibo la felicidad como un reducto privado en el que podemos cobijarnos para reinar sobre nosotros mismos. La felicidad no consiste en compartir sino en disfrutar de lo que se tiene en silencio, dejando espacio suficiente para que los demás hagan lo mismo. Esto es, la felicidad consiste en la distribución del espacio. Parcelas acotadas en donde morar sin la presencia de nadie. Uno no puede ser feliz en compañía de alguien que aspira a alcanzar lo mismo lo que tú y que además está dispuesto a joderte para conseguirlo. La felicidad de uno siempre compite con la felicidad del otro.
Un discurso denso pero fascinante. Sí, la felicidad vista desde un prisma realmente innovador.
-Entonces, un matrimonio, por ejemplo, ¿no puede ser feliz?
-Claro que puede, pero siempre que no traten de serlo al mismo tiempo.»
Oligofrenio Tremebúndez,  Psicoquílez.

o sé si hará falta aclarar que Oligofrenio Tremebúndez no es un psychokiller ni un psicoquílez. Lo digo por lo de ayer, Arabatik, ese ejemplo (que no modelo) de que todo el aparato humanista de Europa se está desintegrando y se usan las comillas como si fueran banderillas o mangas reposteras. Las comillas indican una cita literal y luego cito el autor y el título del libro. Creo que estoy contribuyendo desde este blog a ensanchar las posibilidades de que todo el mundo pueda disfrutar de un libro como éste, y eso a riesgo de que el tamaño y la profusión de las citas pueda representarme un problema legal no contra la propiedad intelectual pero sí contra la explotación. Pues claro que estoy contra la explotación. Ah, ustedes dicen los derechos de explotación del editor. No, esos no ¿O sí? No importa.
No estoy segura de poder adherirme completamente del todo y hasta globalmente al texto, ahora que están saliendo unas cuantas hornadas de manifiestos, pero por lo menos lo que de él se desprende no me irrita como esas flipadas que habían en el water del instituto o las postales de Hallmark y demás, y ya no digamos los retazos de filosofía oriental y cuántica con que se nos bombardea desde los sitios más inopinados. Un día, igual que se habló de las "lágrimas socialdemócratas" se tendrá que hablar del daño que han hecho el Romanticismo (especialmente el cursi, no tanto el macabro) y el orientalismo de juguete.
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Yo lo entiendo casi todo. Ayer Tomás Gómez cuando espetó al PP “Sus abuelos robaron la infancia a los españoles y ahora ustedes la jubilación", fue criticado entre otras cosas porque lo decía acompañado de Maru González, la portavoz del PSOE en la Asamblea madrileña, hija de uno de los golpistas del 23F de mayor graduación, y de quien corre por internet una foto vestida de falangista en su adolescencia. Eso me recuerda que tal vez tendría que destruir mis fotos con el foulard de scout, de la época en que mis padres tuvieron a bien integrarme en una agrupación escolta, donde fui adoctrinada sin éxito alguno como es más que notable. Pobre Maru, se salió de las juventudes falangistas y se fue al PSOE. Por otra parte, ni los padres o los abuelos tienen la culpa de lo que hacen los hijos ni los hijos de lo que han hecho sus padres, otra cosa es que se tengan que hacer responsables.
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Aprecio en el libro que he estado citando los últimos días algo que no voy a ser demasiado capaz de explicar. Más allá de lo que de anécdotico o filosófico o carpetovetónico tenga discurrir sobre la felicidad y sobre la pareja, aprecio un espacio que Tremebúndez aclara o abre y donde se puede respirar y donde hay a la vez inteligencia y comprensión. Así como unos días distinguí en el estilo algo entre el freekismo y la sátira, hoy me retracto sin negar algún elemento de todo ello, afirmo que prevalece otro tipo de humor. Esa sensación de ligereza que da la claridad solo la he tenido con nuestros olvidados humoristas, así llamados, de los que casi no se habla y que yo apenas he leído, a mi pesar: Álvaro de la Iglesia, Enrique Jardiel Poncela, tal vez con Mihura, y con todo el núcleo de "La codorniz", de donde por cierto procede también El Roto. Demasiadas veces sin embargo la mala leche se disfraza de humorismo. "Es broma", nos dicen. También se advierte en O. T. una deficiencia intelectual o afectiva, la incapacidad de reír con todo el cuerpo que ya solo tienen los niños.
Solo el buen humor o el humor bueno nos pueden salvar del fanatismo, prevenirnos de las falsedades y las chapuzas, los caminos trillados; solo el humor puede vacunarnos de toda idea desatinada de conquistar la felicidad en El Corte Inglés o en el Inserso o en Windows. Por lo demás, como dijo Bob Hope cuando le preguntaron dónde quería ser enterrado, "Sorpréndanme". Quiero pensar que se puede llegar al mismo sitio desde cualquier lugar, poco más o menos. De otra manera admitiría que hay cosas imposibles, admitiría que si no he superado la prueba 345, consecutiva a la 344, y no he llevado el pelo del diablo de la tercera colina a la exigente princesita no me será permitido llevarme la muñeca pepona o el jarrón en forma de perro pachón. Sorpréndanme, hombre.


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