28.12.12

Inocencia y experiencia

l bonito grabado de hoy, de mediados del siglo XIX representa el Cementerio de los Inocentes de París. Su autor hizo otro (1850) con el cementerio ya transformado en un mercado, al lado de donde estuvieron Les Halles. El grabado es muy bonito y en Wikipedia Commons se puede apreciar la imagen notablemente ampliada, de manera que lo que parecen piedrecitas aquí y allá se distinguen nítidamente como calaveras. También es un detalle bonito, en el ángulo inferior derecho, un perro panza arriba que parece procurarse alivio al picor o una limpieza en seco. La primera vez que yo supe del Cimitière fue en El otoño de la Edad Media, uno de los libros de Historia con los que más he disfrutado. El libro de Johan Huizinga y el de Eileen Power, titulado Gente de la Edad Media, tienen el poder de levantar en sus páginas, como si fuera uno de aquellos libros desplegables, toda suerte de escenas y hasta personajes. Para hoy bien podría servir la que está en el de Huizinga en la página 210:
"En ninguna parte estaba reunido todo lo que ponía a la muerte delante de los ojos tan patéticamente como en el Cementerio de los Inocentes, de París. En él apuraba el espíritu hasta el fondo el horror de lo macabro. Todo cooperaba a prestar a aquel lugar lúgubre el carácter sagrado y el estremecimiento pintoresco de que tanto gustaba la última Edad Media. Ya los santos a quienes estaban consagrados la iglesia y el cementerio, los Santos Inocentes sacrificados en lugar de Jesús, provocaban con su lastimoso martirio la intensa excitación y la emoción sangrienta que paladeaba aquella época. Justamente en aquel siglo estuvo muy en primer término la veneración de los Santos Inocentes y se poseía más de una reliquia de los niños de Belén. Luis XI regaló a la iglesia de París consagrada a ellos un Innocent entier, encerrado en una gran urna de cristal. Aquel cementerio era el lugar donde se prefería reposar, mejor que en ninguna otra parte. Un obispo de París hizo poner en su sepulcro un poco de tierra del Cementerio de los Inocentes, porque no podía ser sepultado allí. Pobres y ricos descansaban en él unos junto a otros, aunque no por mucho tiempo, pues el espacio para enterramientos, en el cual tenían derecho de sepultura veinte parroquias, estaba tan solicitado que al cabo de algún tiempo desenterraban de nuevo las osamentas y se vendían las lápidas sepulcrales".
Si los cronistas e historiadores coinciden todos en el trajín de muertos y vivos que había en el cementerio medieval parisino, mucho habrá de verdadero. El hecho de que tuviera reliquias de los niños betlemitas ejecutados por orden de Herodes, lo hacía particularmente santo y milagrero. Pero ni siquiera está demostrado que hubiera habido tal matanza, con lo cual lo de las reliquias ya sería más que filfa. La idea de que los difuntos pasaran allí apenas diez días porque había otros que querían aspirar al efecto purificador de la necrópolis, teniendo en cuenta que estaba al lado del mercado principal de París (Les Halles), nos permite recrear la animación del recinto. La fiesta navideña de los locos del principio de Nôtre Dame de Paris, ambientada en 1482, no es menos pintoresca.
Que la celebración de los Inocentes y la de la fiesta de los locos coincida con las romanas saturnales no es casualidad, claro. Pero yendo a lo que iba, la noticia atroz del asesinato atroz de la bebé secuestrada por Jonathan Moya González, no es una broma. Y no sé si es una sensación, pero últimamente hay ya demasiados casos de hombres escarnecidos que matan a los inocentes, sean propios o ajenos. La pequeña Miriam era inocente y su madre es en el mejor de los casos ingenua. Y es curioso como lo que tendría que ser la fiesta de los inocentes se ha ido transformando en la fiesta de la ingenuidad, de manera que se persigue engañar al incauto con bromas y chacotas y hasta colgarle una llufa que señala su candor.

Lo mismo que se confunde la inocencia y la ingenuidad, se confunde la eutrapelia y el cinismo. Se considera la ironía como el no va más de la guasa inteligente, culta y verbígena, cuando suele estar mal traída la mayoría de las veces y solo muestra un empobrecimiento y resecamiento de las costumbres, electrocardiogramas planos. Pero, como en otras faenas, no queremos dejarnos llevar por la dicotomía entre humor y fake, y simplemente, como de alguna manera hizo el poeta William Blake, opondríamos la inocencia a la experiencia. Y no como dos condiciones excluyentes, porque un exceso de inocencia sería embobecedor y un exceso de experiencia sería algo mucho peor. Creo que lo que me disgusta hace tiempo de la ironía es casi siempre cuando se falta a la verdad. También la que se jacta de prescindir de la pasión. La ironía sea chusca o destiladísima a veces es una forma que tiene el amargado de amargarle la vida a los demás, de "abrirle los ojos".
No sé cómo estará ahora, por cierto, la cosa de la ley de la atracción aquella por la que, mal explicado, conseguimos aquello en lo que creemos. Aunque no deja de tener su aprovechamiento, los que la defienden sin más pueden caer en graves insensateces. Porque de hecho lo difícil no es creer o desear, sino desear lo conveniente. 

Cimitière des Innocents 1550 (Theodor Hoffbauer, ¿1850?)

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