9.1.13

Galardones, gallardetes, gallifantes

ay por ahí un almanaque de hace dos años con una orquídea de Robert Mappelthorpe con la corola iluminada como una pantalla de lámpara Tiffany. Hubo una época que se veían muchos pósters con fotos de Mappelthorpe, de señores negros que por así decirlo estaban en la flor de la vida y a punto de caramelo. También las hay con calas, esos lirios que simbolizan la pureza, y orquídeas, pero Mappelthorpe consigue que las flores nos parezcan aparatos reproductores (como en verdad lo son) y que los aparatos reproductores de los señores negros parezcan flores. Así explicado parece que le quite mérito, cosa que no es mi intención ni mucho menos, al contrario.
De un tiempo a esta parte La Caixa obsequia a sus clientes, no a todos, con unos almanaques en los que ha perdido terreno el paisajismo y las moderneces arquitectónicas para dejarlo prácticamente todo a su acción social.  El papel es libre de ácido. Por acción social no entendemos la financiación de partidos. En enero tendríamos un anciano, en febrero un niño con Síndrome de Down, en marzo un huérfano con su logopeda o un emigrante con gafas de pasta, y así hasta diciembre. Hay que decir que ponen todos los santos, que es lo único que yo miro –aparte del día que me toca ir a por mi medicación para la tiroides- y que el calendario lunar está clavado. Lo digo porque hay almanaques que tienen el calendario lunar desfasado. El calendario que dan en la farmacia o en algún que otro establecimiento suele ser la imagen de algún cachorro doméstico que no sé a ustedes pero a mí me hace sentir mal, como si hubiera hecho algo malo o como si su mirada me implorara un afecto del que soy capaz pero nunca en la medida de sus posibilidades. Como me pasa igual con los peluches de Opencor, intento evitarlos a toda costa y doy un rodeo para conseguir mis zanahorias y mi batido de soja transgénica que nadie que desconozca el motivo podrá siquiera imaginar.
Otro tipo de calendario que solía verse en los garajes de reparación mecánica y en las cabinas de los camiones era el de las pin-up.  Contra lo que se podría predecir, la chica de enero y la de agosto llevan más o menos el mismo vestuario, es decir bien poco.  Los calendarios de chicos, igual. Sin querer agotar el tema, puesto que hay almanaques con frutas, coches y hasta cuadros célebres, me voy derecha a los almanaques de tema religioso.  Hace poco estuve en la Casa del Tibet y pude ver alguno, en el que por cierto si no recuerdo mal el año nuevo comienza en febrero y será el año 4711. Muy práctico no es. Si se consiguen un calendario chino verán que este año es año de Serpiente y agua.
Los almanaques católicos suelen mostrar el Sagrado Corazón de Jesús o el de María, un Niño Dios, etc. Será por imágenes. Ayer descubrí que las voluntarias habían puesto en el tablón de anuncios del office que compartimos un almanaque con la imagen de María Auxiliadora.  Yo les prometo por la gloria de mi padre que mi devoción por la Virgen es inquebrantable y nada tibia, pero precisamente por eso veo más que mal que se la ponga ahí en un tablón de anuncios. Eso por un lado, por otro también veo mal que se pongan imágenes con una cierta carga ideológica o religiosa o emblemática en un lugar que es común y público.  Parecen okupas. Todo lo más que estoy dispuesta a dar por aceptable es que alguien coloque un pequeño retrato de su familia en una mesa que no utilice nadie más. O, si prefieren, que alguien coloque un hipopotamito de cerámica recuerdo de yo que sé, algún talismán que deje mucho espacio a la imaginación, poco más. De hecho, tengo entendido que al menos hace unos 20 años en el Departament de Salut se prohibió que se colgaran pósters que no fueran los que producía la propia Generalitat, y eso con el visto bueno del mando oportuno.
La proliferación de banderas catalanas y de sus variantes después de la Diada última se retuvo en muchos balcones y ventanas y aún hoy se mantienen. Algunas sobresalen de la fachada, enhiestas en palos permanente izados. Otras cuelgan como gallardetes. La práctica ya viene de la celebración de las victorias del Barça, que también ha perpetuado en muchas calles todo género de banderas. Hay en la Avenida Meridiana cerca de El Corte Inglés de Can Dragó un ático con 17 banderas del FCB perennemente apostadas alrededor del perímetro de la terraza del forofo. Todos los sábados que yo como con mi madre me paso horas recibiendo el impacto visual independiscente de una bandera almidonada que tiene la vecina del bloque de delante. La retiró el día después de las elecciones al Parlament, que si no recuerdo mal fueron el 25 de noviembre. Fue como un respiro, pero al cabo de dos días la vecina la volvió a colgar planchadísima, cargada de apresto y con una varilla en la parte donde pudiera haberla sofaldeado –con perdón- el viento.
Lo que tiene la profusión de símbolos y alardes y demostraciones es que se puede crear una respuesta diferente a la del silencio o la ausencia de símbolos, cosa para la cual no se si están las calles preparadas.  El hecho de prescindir de un símbolo no quiere decir que no se apoye una determinada postura, por supuesto. Como les acabo de decir, a mí me resulta en cierto modo ignominioso ver a Nuestra Señora, que es la modestia en su máximo grado, colgada en un conglomerado de corcho y en un cromo de colores abigarrados que me dan hasta picor.
Las cabezas en las que no pueden convivir demasiadas ideas a la vez se asientan muy bien los símbolos y las chapas con consignas claramente identificables. Parece que en ellos descansa bien todo cuanto en los demás nos inspira dudas, prevención y hasta razonamientos. Lo más parecido a la idolatría es la iconoclastia. Hay mucho iconoclasta requeteintegrado.
Estoy pensando que si mi encuentro a mi mando oportuno un día de estos le diré que si las voluntarias ponen un almanaque de la santísima María Auxiliadora yo pondré uno de Mappelthorpe y a lo mejor no les gustará. No sería uno de lirios, por supuesto.

Almanaque de 2011 con fotografía de R. Mappelthorpe

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