22.1.13

Post 924: En defensa del soldadito de plomo (vr. aumentada)



n mi niñez tuve todos los libros que podía desear. Por una parte nos habían traspasado a mi hermano a mí los de un tío hijo único que tenía una buena biblioteca de libros llamados "juveniles" (Robinson Crusoe, La cabaña del tío Tom, La isla del tesoro, La vuelta al mundo en 80 días, etc.) Por otra parte, tanto mi hermano como yo gustábamos mucho de la lectura y en toda ocasión en la que se nos permitía pedir algo pedíamos libros. Y por último, a los nueve años tuve un accidente de tráfico y pasaron por casa a verme todos los compañeros de clase, los de la calle y los de los scouts, todos cargados con libros. Es decir, que a esa edad yo tenía todos los libros que se podían desear, como dije. Teníamos los clásicos de la Editorial Bruguera, los TBOs, los del Capitán Trueno y Hazañas bélicas, los de Sissí, Francisco de Asís y Juana de Arco, todos los de Jules Verne, varias versiones del Gulliver de Jonathan Swift, varias de Alicia, todos los cuentos de Andersen y Grimm, las fábulas de Esopo, Samaniego y Lafontaine, cuentos de hadas, los de Walt Disney, incluída Mary Poppins, los del Capitán Trinquete, Enyd  Blyton, Los Hollister, Guillermo el Travieso y todos los libros que se publicaron con los personajes de Hanna Barbera, además de los italianos (Corazón, Pinocho y demás), que no eran pocos. 
Seguramente, de acuerdo con una buena parte de la Pedagogía y de  la moderna Psicología -aunque no olvidemos que toda la Psicología es bien moderna- mis lecturas a tan tierna edad tuvieron que convertirme en un monstruo irrecuperable, sin posibilidad alguna de ser rehabilitada ni para acomodadora del tunel del terror. La moda y la industria de la pedagogía cargada con cuentos edificantes actualizados e instructivos no me pilló, apenas un libro en catalán sobre la vida de los niños esquimales y los del urbano Ramón con las señales de tráfico y poco más. No se me ocurre de ningún libro que no encierre alguna pretensión, declarada o no, de convencer de las bondades moralíneas madrepóricas de alguna idea. Como me leí las vidas de Santa Genoveva de Bravante y San Martín de Porres, además de las de Santa Juana de Arco y San Francisco de Asís, puedo asegurar que tenían su lección hagiográfica, como la podrían tener el Oso Yogi y Scooby Doo. Ni más ni menos. A pesar de todo, nada pudieron contra mi natural atolondrado y ni la historia de Blancanieves y los siete enanitos ni la del lobo y Caperucita hicieron mella en mí de tal manera que me quedara más traumatizada de lo que me podía haber quedado con Heidi o Simbad el Marino.
Ayer por la mañana en el metro había gente leyendo dos diarios que les habían proporcionado gratuitamente: "20 minutos" y "La Vanguardia". Una mujer leía "El País", que en algunos puntos también se distribuye gratis, pero el gran número de ejemplares de "La Vanguardia" había adquirido las dimensiones de un flashmob. Imagen goebblesiana donde las haya, por cierto. Yo leía el 20 minutos, la hoja 16 con el titular "Cómo cambian los cuentos".  El reportaje no trataba sobre el procedimiento para intercambiarse libros y tebeos en los escasos mercados que quedan para la literatura usada, si acaso se hablaría del bookcrossing, que es otro uso de origen estadounidense, como tantos otros que se van incorporando a nuestra cultura, cada día más globalizada. Yo no sé como andan los bouquinistes de París, pero yo me pasé muchas mañanas de domingo de mi juventud en el mercado de San Antonio buscando libros y encontrando libros, que no es lo mismo. En Enrique Granados, detrás del edificio histórico de la Universidad de Barcelona, ya apenas quedan dos o tres puestos que no sé si abren, porque la última vez que vi uno abierto fue hace 5 años (*). Reconocí entre los ejemplares expuestos los tres volúmenes de la Historia de la literatura y el arte de Arnold Hauser, un libro que todo el mundo iba leyendo en el metro hace unos 30 años. También se leía El Capital, y hasta la Fenomenología del espíritu. 
No, "Cómo cambian los cuentos" trataba de esos libros que los "nuevos modelos de familia" han justificado. Son relatos creados o rehechos de viejos modelos para explicar a los niños que son fruto de una inseminación o que pertenecen a una familia monoparental, homosexual o adoptiva. También los hay titulados Érase una reina que luchaba contra el cáncer o Mi abuela tiene Alzheimer, y así por el estilo, ofreciendo toda una gama de respuestas guiadas ante las dificultades habituales de las familias modernas.  Es decir, tenemos todo el imaginario de monstruos y aventureros substituido programáticamente por el imaginario de la alianza de las civilizaciones, la secta de la programación neurolingüística, el ecologismo scuppie, la moralina y unos constructos fariseístas que harían ruborizarse a la bruja de Hansel y Gretel por la brutal defensa de unos valores que son tan cuestionables como tantos.
Yo no sé si ese imaginario de la ingeniería genética tiene la fuerza de personajes como el soldadito de plomo, un ogro o la cerillera, personajes atormentados donde los haya pero con una cierta gracia poética. Prometo que no lo sé. Lo que sí sé es que los mejores cuentos para mí eran aquellos que me evadían de la realidad. He leído las aventuras de Gulliver decenas de veces. Y no porque no me gustara la realidad, que sí que me gustaba, o que ni siquiera me cuestionaba bajo el palio de la luz crepuscular de "me gusta, no me gusta".  Es que no hay nada como tener un mundo propio donde el tiempo tiene otro paso y el espacio no tiene límites.



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