17.2.13

El valor de las palabras (1)

Hamlet
Ser o no ser, ésa es la pregunta. ¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darlas fin con atrevida resistencia? Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número, patrimonio de nuestra débil naturaleza?... Este es un término que deberíamos solicitar con ansia. Morir es dormir... y tal vez soñar. Sí, y ved aquí el grande obstáculo, porque el considerar que sueños podrán ocurrir en el silencio del sepulcro, cuando hayamos abandonado este despojo mortal, es razón harto poderosa para detenernos. Esta es la consideración que hace nuestra infelicidad tan larga. ¿Quién, si esto no fuese, aguantaría la lentitud de los tribunales, la insolencia de los empleados, las tropelías que recibe pacífico el mérito de los hombres más indignos, las angustias de un mal pagado amor, las injurias y quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios? Cuando el que esto sufre, pudiera procurar su quietud con sólo un puñal. ¿Quién podría tolerar tanta opresión, sudando, gimiendo bajo el peso de una vida molesta si no fuese que el temor de que existe alguna cosa más allá de la Muerte (aquel país desconocido de cuyos límites ningún caminante torna) nos embaraza en dudas y nos hace sufrir los males que nos cercan; antes que ir a buscar otros de que no tenemos seguro conocimiento? Esta previsión nos hace a todos cobardes, así la natural tintura del valor se debilita con los barnices pálidos de la prudencia, las empresas de mayor importancia por esta sola consideración mudan camino, no se ejecutan y se reducen a designios vanos. Pero... ¡la hermosa Ofelia! Graciosa niña, espero que mis defectos no serán olvidados en tus oraciones.

Ofelia
¿Cómo os habéis sentido, señor, en todos estos días?
(W. Shakespeare, Hamlet, II acto, esc. IV. Traducción de Leandro Fernández de Moratín)



e llega por uno de esos resquicios por donde rezuma a veces la porquería en Twitter un retuit del retuit de un llamésmole post de un tal B. Bimbi titulado "El Papa que huyó por amor (y se fue a vivir con su secretario)". Primero pensé que se trataba de homofobia pero resulta que el autor se presenta en su bio como gay, esto es, homosexual. Dirán ustedes que se puede ser homosexual y homófobo. Y habrá incluso quien diga, y tendrá razón, que todos los homófobos son en cierto modo homosexuales. A nadie le sorprenderá que haya homosexuales machistas o con las fantasías orquestadas en la oscuridad que se reflejan en el mencionado post, manido con las usuales bufonadas del género amarillista, cuyas gracias ríe un coro de memos, cobardes y gente que en general se refocila en su propia ignorancia. Pero cada día más le concedo menos valor a este género, el del infundio onanista y a la maledicencia en general.
Precisamente ayer releía Hamlet, que es sobre todo una obra sobre el eje en el que se moverían lo que se dice y lo que se hace. No es éste el lugar para fundamentar mi punto de vista, que podría ilustrar con la propia frase de Hamlet, "Palabras, palabras, solo palabras", pero que ya arranca desde las primeras apariciones del príncipe en escena, cuando reconoce que solo reza, o cuando el padre de Ofelia la advierte de que las promesas y las galanterías de Hamlet pueden ser simplemente engañosas: "Sopesa lo que puede sufrir tu honor, si prestas oído a sus palabras". No hace falta y no aporta nada a lo que es en sí el drama. Nótese en todo caso que después de uno de los más célebres "monólogos", la frase de Ofelia tiene un candor que no puede más que resonar como una de las perlas del humor shakespeariano. Es, mal comparado, como cuando estás contándole algo a mi madre bla bla bla, bla bla bla, y de repente te pregunta, "oye, ¿tú a como compras los melocotones?". En las tablas la frase adquiere otro tono, pero en cualquier caso siempre Ofelia está como en otro mundo. La versión para el cine de Laurence Olivier (1948) deja ver más claramente la posibilidad del suicidio.
Cuántas veces no pensamos en la vida qué hacer o incluso si no hacer y dejar que nos hagan o hacer como Rajoy, tan pusilánime, esperar una ocasión propicia y no desgastarnos inútilmente ante un enemigo abrumador o veleidoso.  Nuestra sociedad le concede mucho valor a la palabra, pero no tanto a la palabra dada, que esa para mí lo ha perdido en gran parte, sino a la publicidad y la chismología. Nos horrorizábamos en el paraíso catalán del dinero público que gastaba el Tripartit en propaganda, en autobombo bien temperado, en campañas basadas en la imagen y la semiología, en embajadas de buena voluntad o no. Y resulta que la oposición ocupa el poder y lo vacía y usa el dinero también público en el espionaje, una actividad que, además de ser delictiva, socava los cimientos de la democracia. Es darle un uso diferente a los micrófonos, si bien lo pensamos. Ahora altavoz, ahora florero. Y el caso es que mientras tanto no gobiernan. Los demás, los opinionólogos, ya es mucho que podamos atribuírles una cierta robustez mental, que tampoco, como para además exigirles que sean personas de acción, ni siquiera héroes ni audaces ni mucho menos temerarios.
No hace mucho noté un pseudoperiodista opinionólogo alterado e incluso excitado y sofocado como una ama de casa entrada en carnes a la que le acabaran de robar la cartera en el mercado, simplemente porque un bravucón meado de las lides comentaristas le había dejado una rabiosa amenaza en su blog, quiebro que más bien parecía una eyaculación. Un camorrista anónimo de esos que tiran la piedra y esconden la mano ¿puede temerse como sí es de temer una de aquellas cartas que enviaban los terroristas de ETA para sufragar sus fechorías y aberraciones? ¿Quedan hombres y mujeres con valor en España? Pienso que sí, pero no éstos, ni el que se ahoga en sus propias palabras y fosas retronasales cargadas de moco, ni el gallito de red social enmascarado, ni los insultadores telecínquicos, ni por supuesto el terrorista armado.
Las palabras del médico son casi más que un diagnóstico, como la sentencia de un juez, o tal vez la sentencia de un juez suena a diagnóstico, ya nadie sabe. ¿Qué se puede esperar de una sociedad terciarista y cuya máxima aspiración es viajar o, en su defecto, pasar el rato navegando en Youtube? Las hordas retuitean frases cuyo alcance tiene el efecto que le da el marco de una audiencia no menos amilanada.
Las cifras de suicidios del Instituto Nacional de Estadística se detienen en su web el año 2010 no sé si porque es preceptivo publicarlas demoradamente. Pero a diario sabemos de gente que por causas relacionadas con la crisis y los desahucios deciden acabar con su vida y que tal vez la cifra de víctimas ha aumentado. El chófer del autobus que a veces me lleva a casa me dijo el viernes: "En vez de suicidarse no entiendo porqué no pasan a la acción". Uf, "aquí se encarcó mi canto", "como dijera Violeta". Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Verdaderamente si una persona está en su sano juicio en vez de llorar por las esquinas o esconderse en un rincón, autoinculparse, tendría que revolverse, especialmente cuando lo peor que le puede pasar es que le encierren. Y sin embargo, no es así.


"Hamlet" (John Gielgud, 1964) por Richard Burton


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