7.2.13

Ser menos

 "La corrupción tiene cosas buenas y tiene cosas malas"
(Oído en Herrera en la Onda a las 10:25)



stos días en que se expone la obra de Alberto García Alix en La Virreina tendremos una buena muestra de un superviviente, con perdón, de la movida madrileña. También perteneció a la movida madrileña la obra de Ouka Leele, nombre artístico de Bárbara Allende Gil de Biedma, prima de Esperanza Aguirre. El color en las fotos de Ouka Leele parece que se haya tostado en el asiento trasero de un coche en cualquiera de las calles de la España más soleada pero tirando un poco a los tonos tan pigmentados de la época dorada de Cannes. Es tan difícil como inútil comparar el blanco y negro duro de Alix con los colores de Ouka Leele, que tanto recuerdan la publicidad pulp pero también el buen rollo sesentero. En ninguno de los dos fotógrafos he profundizado, pero reparo en ellos para hacer mi reconocimiento hoy en particular a Alix. Aunque una tiende en su propio quehacer fotográfico al cromo, a la belleza clásica, reconozco en Alix la cara canalla de las ciudades, sus alrededores de justo o injusto empobrecimiento. Muchos se sienten atraídos por los barrios bajos y los consiguen elevar a la condición gráfica de un magazine dominical, al lado de los anuncios de Louis Vuitton, pero Alix es -si se me permite la brevedad- auténtico. Lo sé porque yo procedo de un barrio, el cual además está sufriendo como nunca el paro, el envejecimiento, la desintegración familiar y la droga. Dicho así, resumidamente, sin contar con varias levas de emigrantes procedentes de las repúblicas de origen soviético, de Santo Domingo, Bolivia y Pakistán, por definición difíciles de amalgamar. El empobrecimiento se nota no ya en lo que ofrecen las pocas tiendas que quedan sino incluso en lo que se echa a la basura o al suelo, que dan fe exacta del consumo y el famoso nivel adquisitivo.
A poca experiencia que se tenga del mundo vivir supone aprender a situarse entre las señales de clase que nos envía cada cual. Antes la gente cuando iba al médico de la Seguridad Social se ponía su mejor ropa, no sé si como forma de consideración o para obtenerla. Supongo que hubo un momento en que ese gesto quedó desactivado por la constatación de que había médicos que vestían muy informalmente e incluso llevaban unas batas que daban pena. En las bodas la situación se agudiza con muchos otros factores, aunque por lo general todos nos llevamos la impresión al final de que lo mejor es -como siempre- la discreción. Pero está claro que la discreción es cada día más cara y que mucha gente no está dispuesta a gastarse un dineral en un traje que no lo aparenta ostensiblemente. 

Parece que el decorado de las salas de espera de aquellas consultas privadas de dentista que van desapareciendo, a costa de las mútuas, proporcionaba al paciente además de entretenimiento pistas sobre lo que le podría costar el lance, sobre la solidez profesional del odontólogo y sobre su prosperidad. No faltaban los títulos y diplomas, tal vez porque hubo un tiempo en el que intrusismo abundaba y había que exhibir las garantías de no ser un barbero o -como se decía hasta hace bien poco- un "dentista mecánico".  Los dentistas, a diferencia de las bodas, no  buscan la originalidad o las extravagancias. Vista una consulta, vistas casi todas. En las bodas inciden otras bodas pero porque se establece una especie de rivalidad o competencia. Y, por decirlo rápido, si en la boda de Fulanita hay langosta, es seguro que en la de Menganito tendrán que poner también langosta o bogavante, para no ser menos.
El arte de los regalos es algo reminiscente que solo nombrarlo me pone en un cierto estado de nervios que evito de inmediato. Hay muchas personas que por su habilidad social o por su buen corazón o por las dos cosas, que (aunque es raro) se pueden dar a la vez, tienen un dominio ejemplar en dar y en recibir regalos. Otras quedan cortas, largas o simplemente inadecuadas. Y no me refiero a los "pongos" sino a los regalos que directamente incomodan. Después de una mala temporada hace muchos años estuve otros tantos en los que recibir un regalo me producía una aflicción para la que les aseguro que no tengo palabras. Y hacer regalos también. Me pasaba días comprando regalos (diversos regalos) y cuando llegaba el momento de la verdad era incapaz de decidir cual no era el peor. Es algo que muy lentamente voy superando y además me acostumbré a hacer regalos muy convencionales: una botella de vino, flores, etcétera. También a cuidar el envoltorio, que es lo que más me gusta. 
Tal vez toda la cuestión de Iñaki Urdangarin se explica en aspirar a nivelarse socialmente con la Casa Real, que económicamente no es que sea una de las más ricas de Europa ni mucho menos. Tal vez. Pero es cierto que a pesar de que siempre se desaconsejaron los matrimonios morganáticos, desiguales, mixtos y demás, siempre los hubo y siempre los habrá. Y a mí que siempre me ha ido mejor siendo menos...

"Lo que dura un beso" (Alberto García Alix, 2001)

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