31.3.13

La página en blanco

“El medio mejor para hacer buenos a los niños es
 hacerlos felices” 
Oscar Wilde

yer leí la entrevista del ABC Cultural a Carme Riera, que pronto pronunciará el discurso de su ingreso en la silla n minúscula de la Real Academia. Entre otras muchas cosas, hablaba de su infancia y de su libro autobiográfico Temps d'innocència. Reparé especialmente en ese tema porque por la mañana había estado dándole vueltas a la infancia de los escritores y a que no hay muchas imágenes. Tal vez ahora cualquier niño es fotografiado a diario, por no decir constantemente, pero hubo un tiempo en que ni siquiera existía la fotografía. Ayer por cierto vi parte de la Liturgia de la luz en la TV y por segundo año consecutivo me fastidió no quieran saber cuanto ver como durante el bellísimo ratito de tinieblas en San Pedro se podían ver claramente los disparos de los flashes y el resplandor de las pantallas de los móviles. Poca gente conoce la Liturgia de la luz de Pascua, por razones que ahora no son al caso, así que por su rematada belleza les invito vivamente a que el próximo año vayan el Sábado de Gloria a cualquier parroquia y que participen en ella. Se supone que cuando en el templo a oscuras desfila el sacerdote con el cirio pascual, del que se van encendiendo las velas de los fieles, se canta tres veces "Lumen Christi", a lo que la asamblea responde "Deo gratias". La tercera vez el tono es ligeramente un poco más alto y se prenden las luces todas del templo. Así que interferir la liturgia en tinieblas, en recogimiento, con esas salvas de flashes me parece además de irrespetuoso y muy garrulón algo muy reprobable.


El Domingo de Ramos me pasé por la Iglesia de San Agustín, barroca. Además de esa particularidad la de ser barroca, es sede canónica de la Hermandad del Gran Poder y la Esperanza Macarena, y allí están depositadas sus imágenes. Tengo que volver con más calma, cuando no haya culto, para ver el Niño Jesús de Praga que parece de tómbola y otros elementos de la religiosidad popular que allí se acumulan, pero ahora me voy a centrar en el jaleo que había el Domingo de Ramos en San Agustín. Hay que decir que allí siempre que entré en los últimos años me encontré con cosa de 1.500 filipinos y que ofician en tagalo. Hace muchos años también les hacían misa en la Basílica del Mar, pero de noche. En el presbiterio de San Agustín hay una especie de pantalla de karaoke en inglés que solo me hace más incomprensible saber la dinámica de la parroquia. Les digo que quisiera averiguar más. Ahora solo dejo dicho que el follón que había no era menor que el que hay en la Estación de Sans a finales de julio o principios de agosto. 
La página en blanco, el silencio, son necesarios para hacer pie sin apenas emborronar. Nunca he entendido el terror de la página en blanco, a no ser que se refieran a ella los que no la conocen desde el lado adecuado o pecan de audaces. Ni siquiera en mi torpe iniciación en la ilustración botánica he sentido en ningún momento ese terror ni nada que se le parezca. No hará falta decir que mi papelera está como los chorros del oro, también la virtual. Sí, probablemente desecharía mucho de lo que escribo, pero eso sería tanto como admitir que el resto tiene más valor, que no.
No les resultará inusual que les hable de la identidad entre los escritores, que son como una familia, aunque no se hayan tratado o podido tratar. Los parentescos funcionan en un nivel que ensancha las ridiculeces de nuestra vida social, especialmente la de la literatura, sometida a apadrinamientos y otros servilismos por reciprocidad o sumisión. El marqueting llega donde no llega el talento.
Aún menos inusual les resultará recordar aquello de que la infancia es una patria (Rainer Maria Rilke). A veces, tal vez bajo la influencia de mi contemplación de las flores, veo a cada cual de nosotros como una semilla que puede florecer, dar frutos, malograrse, conservarse en el seminario o no. Digo esto  y suena en la radio como una salmodia meliflua la voz del gestáltico Joan Garriga, que oigo como oiría a un entusiasta preconizador de las semillas transgénicas, con personas alteradas morfológicamente según la última moda psicológica para que sean todas como esas rosas de frigorífico y los tomates tan iguales que no saben a nada. 


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