1.3.13

La presencia (o el presente)

Su mano entre mis manos,
sus ojos en mis ojos,
la amorosa cabeza
apoyada en mi hombro,
[...]
Gustavo Adolfo Bécquer, Rimas, XL

stos días estoy pintando el par de manzanas que capté con la cámara del móvil. Es una composición sencilla, con dos volúmenes mucho más simples que por ejemplo la hoja de un geranio, que se riza, se repliega y es serícea y bicolor. Mi modelo hace días que se amustió, por lo que ahora ya solo sigo la fotografía. Los colores, las sombras y los reflejos son mi objeto de estudio pero también lo es algo que yo doy en llamar "la presencia", que es aquello que es verdaderamente lo que hace que las manzanas ocupen un lugar y lo hagan no ya recordándonos la ley de gravedad o la caducidad sino la forma en que se apoyan y mínimamente permanecen.
Ayer cuando salía de trabajar, en una noche muy lluviosa y de un viento impetuoso e inclemente, se me cruzaron tres coches en un semáforo con el disco en verde a mi favor. Estaba claro que me habían visto. Y por la hora luego consideré que solo podían ser los coches de Artur Mas, que está yendo al Hospital Vall d'Hebron a ver a su hermana, que está ingresada. Es una hora en la que solo he visto circular de entrada por el recinto sanitario algún long vehicle que llevaba material delicado o de difícil manipulación y algún taxi. Nunca tres coches. La costumbre de los coches "oficiales" de saltarse las normas, sea por razones de seguridad, sea porque el tiempo que les ocupa tiene muchísimo más valor que el de cualquiera de nosotros, es algo que perdura, que es políticamente transversal, igual para cualquier partido de cualquier signo, y que a mi entender solo demuestra su prepotencia (*). En nuestro caso la prepotencia o las razones de seguridad están además rodeadas o mal apoyadas -seguimos hablando de presencias- en el hecho de que no pagamos (la Generalitat no paga)  a nuestros proveedores y de que a los empleados se les (nos) han retirado percepciones y días de permiso con los que se compensaba por no pagar un sueldo base digno.
La presencia personal de Artur Mas, sorprendentemente o no, para mí guarda un cierto parecido con la primera aparición que hizo Iñaki Urdangarín en los juzgados de Mallorca, rígido, envarado, tenso, la mirada dura, sin lágrima. En los años en que era el eterno candidato de CIU para la presidencia de la Generalitat su presencia se comparaba a la de un madelman, por ese desequilibrio postural que adoptan los bajitos y los narcisos, de avanzar y elevar el tórax. Luego tenemos muchos hombres que son todo lo contrario, fofos y como pastosos. En los últimos años prolifera el subgrupo de los hombres que se sientan como contorsionados, con los brazos y las piernas entrelazados o rodeando la extremidad opuesta o sentados sobre los riñones y con la cabeza cayendo como caen las corolas de los pensamientos (viola tricolor) o las cabezas de los ahorcados. Luego hay cabezas ensilladas, con el cogote que quiere juntarse a los hombros. Los pulmones de los señores doblados tienen en sus bronquiolos residuos podridos del aire que respiraron hace ocho años y la boca les huele a güisqui vomitado mezclado con ácido clorhídrico y café amoniacal.
Estos días corre por las redes sociales una vídeo que apareció en "El País", La extrema belleza del cuerpo humano (Guillaume Côté), donde es fácil apreciar los principales grupos musculares del bailarín. Y sin embargo les digo que me resulta demasiado sofisticado y tirante, que lo que más me gusta de la serie de movimientos es un instante (0:50) en el que se desprende talco de sus pies y forma una leve nube que tan pronto como la apreciamos se funde en ese azul oscuro que domina el fondo. Para belleza clásica canónica, el Hermes sentado y psicopompo de Lisipo. Los demás parecen de anuncio de calzoncillos, futbolistas.
Qué poco me extraña que a Goethe le gustase G. F. Kersting, del cual hoy traemos una pintura, no la más famosa, que sería la de la bordadora, sentada como el hombre del escritorio de 1811, pero que nos deja ver su cara a través de un espejo. Es bien curiosa la posición del cuerpo del que escribe, que transcribe a su vez toda una época de Sturm und Drang pero preconiza el estilo algo humorístico del Biedermeier (Carl Spitzweg).
Encabeza el post una rima de Bécquer que la primera vez que la leí me dio como tortícolis pero que habla de lo incómodas e insostenibles que pueden llegar a ser algunas posturas, además de "favorecedoras" o "poco favorecedoras", expresión que ha sido vencida a favor de la "fotogenia" primero y últimamente ha sido relevada por la del "enamoramiento de la cámara" (¿?).

"Hombre en su escritorio" (Georg Friedrich Kersting, 1811) Goethe National Museum

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(*) No hará falta decir que la frase introduce la licencia poética de dar vida a los coches, cuando ya sé que los coches son llevados por chóferes. Es que hay que decirlo todo.

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