20.3.13

La tierra quemada

a tendría que darme cuenta cuando cuelgo una presentación o un clip en internet, sea en Scribd, sea en Youtube, de que no hay lugar para el arte así dicho sin más. Veo que en cualesquiera de los múltiples lugares donde se pueden cargar archivos tenemos la etiqueta o la clasificación de "mascota" y de "entretenimiento". Suelo clasificar mis álbumes de reproducciones de arte en "entretenimiento" y me quedo tan tranquila y satisfecha ante el deber cumplido, que otra cosa no pretendo.
Ayer, cuando me preparaba mi cena, escuchaba la autora de un libro que tiene un título dictado por el puro marketing (El lechero en bicicleta) el cual, contra todo lo que podría preverse, trata sobre las redes sociales y sus community managers. Ya les comenté que por la noche me "entretengo" en esta perversión de oír hablar a gente que no me interesa sobre temas que no me interesan. Me relaja y me hace entregarme a mis escasos minutos de lectura de libros de verdad con más ganas si cabe. Debo admitir sin embargo que la ilusionada coautora, Jennifer Jobring, me sorprendió con el concepto que prima en su libro, la intemporalidad. "Timeless" dijo. Y me sorprendió porque normalmente lo que más suena cuando se oye hablar a estos profesionales a quienes las grandes firmas confían sus cuentas en Twitter, Facebook, etc., es la novedad. Ustedes dirán que no hay conflicto entre la intemporalidad y la novedad, como no lo hay entre llevar vaqueros y hacerles raya con la plancha, mochila y poncho. No desarrolló Jennifer Jobring (Global Social Media Manager at Red Bull) el concepto de intemporalidad, pero algo me dice que no se refería a aquella condición que tienen los clásicos, ya saben, Dafnis y Cloe, Las desventuras del joven Werther, Séneca, el Mahabharata, o La historia del señor Sommer, de Patrick Süskind. Pero, en fin, siempre sin entrar en el terreno de lo personal, todas esas corrientes virales del marketing nunca me convencieron y tiendo a pensar que lo de "intemporalidad" era uno de esos trucos en que se empareda la jerga de los vendedores y terciaristas.
Como prometí, incluyo hoy en el álbum una selección de grabados de rosas de Pierre Joseph Redouté, que son posteriores a las que vimos el otro día, de Mary Lawrance, y que han trascendido muchísimo más seguramente por su mayor calidad. Y sin embargo yo no atiendo gran cosa a la noción de la calidad, otro truco para "vender". Reconozco que el trabajo de Redouté es en cierta manera superior al de la inglesa, quien sin embargo tuvo el mérito irrefutable de adelantársele unos pocos años y ser una precursora. No es ninguna tontería ser la primera. Alguien me ha dicho que las láminas de Lawrance forzaban un tanto la realidad, que los trazos sobreactuaban o algo así. Pero yo aprendo mucho de las rosas y de la ilustración precisamente a través de las variantes individuales y de la forma de trabajar de cada cual. De las imperfecciones también se aprende.

Espero poder más adelante incorporar algún autor más, que no todo se quede en Redouté. Y es que en este ámbito, como en otros, parece que unos pocos de los que excelen tienen en algunas ocasiones el propósito paradójico de quedarse solos, de que no haya nadie más. El objetivo de algunas personas es de que no haya ninguna otra sombra que la de ellos mismos. Si acaso su corte. Yo esto lo he visto en la Sanidad y en muchas profesiones. Hay algunas personas cuya pulsión es llegar a dejar el sistema que les permitió desarrollarse como tierra quemada. En la misma esfera (y no es que hablemos de círculos dantescos, pero casi) se encontrarían aquellos individuos que en el mundo de los negocios se dedican a destruir o desmontar una empresa desde dentro. A veces los desmanteladores se presentan como "optimizadores". Parece un contrasentido que haya personas bien formadas cuya función sea la de acabar precisamente con aquello para lo que fueron preparadas. Pero no tienen la función sacrificada, gris, heroica de un desactivador de bombas o de un desmantelador de central nuclear. Puede que estos elementos tengan un parangón en alguna de las organizaciones sociales animales que solemos tomar como paradigma, por ejemplo la de las hormigas.
Hay personas que sienten asco ante un pelo en la sopa y un sinfín de cosas que excuso recordarles, pero a mí me evoca la mayor repugnancia una hormiga reina de 30 años. No he visto todavía ninguna, creo, pero sé que si alguna vez viera alguna me moriría de asco.

Les roses de Redouté




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