4.3.13

Las paradojas (escritura automática)

e encontrado en un blog (Vsyachina) una pequeña colección de cuadros con geranios. Aunque en otras condiciones eligiría el cuadro de Fantin-Latour o el de Renoir, en esta ocasión elijo el de Odilon Redon, porque me recuerda el modelo natural que seguí hace unos días para llegar a un resultado bien distinto. El color de mi flor era fucsia o rosa mejicano o magenta, no soy capaz de determinar siquiera el tono. Es más, desde que empecé con el tiesto hasta que lo di por terminado le salieron tres flores nuevas. Renoir es siempre tan voluptuosamente alegre, tan gentil, que a su lado los geranios en agua de Fantin-Latour parecen el triste bouquet de un cementerio, pero todo tiene su aquel.
Leí una vez que lo de los tiestos se lo inventaron los romanos, para ponerlos en los alféizares los que vivían en aquellos pisos que siempre eran pasto de incendios y sobresaltos varios. Tal vez entonces nuestra Córdoba más romana y sus patios con las macetas adornando las paredes encaladas proceden de Roma. Pero yo lo dejaría en cuarentena y vería si no es aún más antiguo el invento. Las persianas, como la palabra indica, son persas. Nos resulta en España de lo más extraño ver un geranio en agua, creo yo, precisamente porque la tenemos en las macetas. Y eso a pesar del gusano africano. Pero, claro, el tema de hoy no es ni el gusano africano ni las persianas ni las macetas, aunque bien pudiera serlo porque cualquiera de esos tres temas es muy interesante. El tema de hoy es la vanidad. O no, habría que decir que es la modestia. Planteemos la cuestión desde donde nos importa verla.
Aunque dijo Cohélet que toda la obra del hombre proviene de su vanidad y que todo proviene de la rivalidad de unos contra otros (Eclesiastés 4:4), y yo no soy quien para desdecir un sabio bíblico, me atrevo a proponer que es imposible hacer verdaderamente algo real sin modestia. Sin modestia es imposible aprender; sin reconocer que no se sabe es poco probable que se pueda adquirir alguna habilidad, un conocimiento nuevo. Pero antes de instalarnos en la paradoja, a pesar de que uno de los libros sapicienciales del budismo (el Dhammapada) está estructurado en los llamados "versos gemelos", en parejas de contrarios que van oponiendo por ejemplo la conducta arrogante y la sencilla  (que no es sencilla porque sea fácil sino porque busca la pureza); antes de instalarnos en la paradoja -digo- avancemos un paso y situémonos de repente en darnos cuenta de que los envidiosos y odiadores siempre buscarán la alabanza o el desdén. En el fondo, el odior y la envidia y la vanidad son maneras de impedir que los demás se realicen. Por lo tanto son puro miedo.
Hace años que tengo una guerra particular (particular porque la hago yo sola y porque ya verán que es bien peculiar): me resisto ante todo lo que no es original. No quiero que me envíen Powerpoints, prefiero un mensaje de un amigo que me diga buenamente lo que quiera decir. Youtube lo justo. Reenviados los precisos o, mejor, ninguno. Además de que no tengo tiempo.
Rimpoché y Santa Teresita de Lisieux coincidirán en que no hay que exponerse ni al agua de los elogios ni al rocío del desprecio. Los bárbaros del norte nos han impuesto su gusto en la idea del éxito y unos modelos de belleza que cada vez me resultan más insostenibles, irrisorios, penosos (según el día). Me perdonarán que pase por ello también por encima, como sobre áscuas, aunque estos días me pregunto si la globalización es reversible y eso en lo que nos hemos convertido, un mercado, un electorado, nada, tiene vuelta de hoja. Curioso que los soberanistas se parezcan tanto entre ellos, aunque basen su... ¿lucha? en la diferencia. Nada hay más parecido a un independentista catalán que un independentista gallego. Son iguales, son más que parecidos. Curioso también es que los calvinistas sostengan que su idioma es más idóneo para los negocios y la especulación o que su religión del éxito prescinde de nuestro fatalismo endémico y que el afán de superación es poco menos que sagrado. Caiga quien caiga. Curioso por último que ahora todas las bellas y los bellos, todos los listos y las listas se parezcan tanto entre sí. Especialmente después de haber pasado por las clínicas liposuccionadoras, por el bótox, por los gimnasios, por las universidades, por las redes sociales.
La naturaleza y el arte son en principio indiferentes a todo esto de ser superior, inferior o igual. La naturaleza, se dirá, sacrificará al más débil. Y el arte al que es más igual. La vanagloria y la arrogancia que me salen tantas veces al paso, seguramente porque yo soy también vana y arrogante, me recuerda el adagio árabe por el cual "Allah es sabio" o "Solo Allah es sabio". Lo malo es cuando se toma como una disculpa o bien una excusa indolente para no acabar de hacer bien las labores o dejarlas imperfectas. Pero cuando la frase refleja nuestra infinita ignorancia y pequeñez ante la obra divina o el misterio de la creación, es cuando adopta su pleno sentido.
Tomo la expresión "escritura automática" del surrealismo, que la usaba para designar un texto o un mensaje producido a vuelapluma, sin pensar, al hilo de lo que afloraba del subconsciente. Seguramente hoy día un nativo informático reinterpretaría la frase como  una respuesta automática, la dada por ejemplo por una cuenta de correos cada vez que recibe un mensaje.
Si los terciaristas, los consumidores de lo que hacen los demás, sus reprobadores o aprobadores, alguna vez se dieran el gusto de hacer algo, aunque sea un cromillo como el que yo hice con un pobre geranio, se darían cuenta de que el disfrute no está en la aprobación de los demás, aunque gusta compartir. El placer no es lo opuesto al dolor, es lo opuesto al rencor.

"Maceta de geranio" (Odilon Redon)

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