10.3.13

Los reunionólogos y las reunionólogas

dentifico la casa de la imagen como Can Catà, aunque no puedo estar convencida del todo a causa de los cambios que ha sufrido, pero sí por su ubicación, cerca del cementerio de Collserola, entre Montcada i Reixach y Cerdanyola.  Quise captar con la cámara su especial situación, rodeada de un pinar espeso y alejada de cualquiera de los núcleos urbanos que hay por la zona.     Can Ferrer y Can Rius son casas aparentemente mucho más nuevas, menos expuestas a incendios también, pero están ambas en la cresta de la sierra. Can Masdeu, está en un valle cerca de Roquetes y está ocupada tras haber contado con la permisividad y hasta el amparo de Joan Clos, Imma Mayol, etcétera. Todo el encanto o el atractivo que tiene una casa solitaria lo matiza su vulnerabilidad ante ataques de bandas de ladrones y malhechores varios. Está claro. Y así ocurre con todo: es decir, el aislamiento es incompatible con la vida. Sí, se puede vivir sin amigos, sin cine, sin lejía, sin pimientos del Padrón,  sin Capuccino Commotion, pero llegado un momento siempre necesitamos de los demás y la vida es una organización social más o menos compleja, aunque no esté jerarquizada ni exista una relación de poder o remuneración. Otra cosa es que existan modelos de relación social -pongo por ejemplo el tráfico de influencias o la reunionitis- que son poco menos que perversiones.
He conocido personas que dominan las técnicas y la dinámica reunionista y reunionóloga a la perfección. No me refiero ya al dominio de la puntualidad o la impuntualidad (esa habilidad para llegar a todas partes tres minutos tarde con toda exactitud) ni a los dibujitos que se hacen durante los tramos más soporíferos o enervantes de una reunión.  Esto me recuerda, aunque nada tiene que ver con el tema de hoy, que se están poniendo de moda los cursillitillos de arteterapia, que son el fruto de la simbiosis de psicólogos que buscan un perfil añadido o de profesores de arte que justifican así sus escasos resultados como tales. Yo diría que cualquier dibujito que uno hace sin darse cuenta mientras aguanta una llamada telefónica no deseada sirve como arteterapia. Que es la arteterapia de toda la vida. Supongo que ahora con las tabletas y los teléfonos smart la atención puede confiarse a estos cachivaches y perderse en tuits, correos y demás. De hecho en el último congreso en el que estuve vi una gran parte del auditorio que tenía repartida su atención o su interés entre las tabletas y el proscenio. Poniéndonos en lo mejor se puede creer que toman notas o que siguen la explicación por el material colgado a disposición de los asistentes al evento. Pero parece que más bien lo que ocurre es que hay gente con una gran capacidad para hacer varias cosas a la vez.
Las reuniones más pequeñas, en torno a una mesa, no facilitan tanto esas distracciones y exigen un cierto presentismo y participación. A veces la participación de una parte de la reunión está perfectamente coreografiada, como una jugada de fútbol, de manera que a veces el papel de algunos reunionólogos consiste en volver a tocar un tema que ya había sido tratado a fin de producir un bucle gordiano y no avanzar. El punto fuerte de los gabinetes consultivos es el de estar formados por personas que no son expertos en el tema, por lo que se les concede una total imparcialidad, de manera que se confunde ignorancia e inocencia, que no son lo mismo ni mucho menos. Se puede ser ignorante y malicioso. Por lo demás, ya se suele decir que un camello es un caballo hecho por una comisión y que si quieres impedir el buen desarrollo de un proyecto lo mejor es crear comités y subcomités de seguimiento y valoración. Por esta razón, al menos para mí, cuando vi que el gobierno de Artur Mas y Oriol Junqueras confiaban el progreso de la consulta soberanista y demás a una retahíla de comisiones, se me confirmó mi suposición de que todo es una cortina de humo y una forma de ir pasando el tiempo.
Curiosamente los reunionólogos apenas trabajan (tampoco es que sepan hacer muchas cosas), solo están a ello, y sin embargo consideran poco menos que un pecado que les interrumpan una reunión, que viene a ser algo como mi madre cuando se pone a hacer la mayonesa, que no puede ser supendido ni un instante, porque se malograría la salsa. Los reunionólogos suelen mandar decir a sus barreras telefónicas y burocráticas que digan que "están reunidos", frase que se pronuncia en un tono tan enigmático como terminante, frío, categórico y un poquitín arrogante.  Y sin embargo se permiten interrumpir  a los que sí trabajan como si trabajar no fuera trabajar y el verdadero trabajo fuera estar reunido.  De manera que está visto que la mejor manera de congraciarse a los reunionólogos es siempre la de pedir que se vuelva a tocar un tema que ya ha sido tratado y la de pedir que se realicen nuevas reuniones o más reuniones. Esa es la guinda.

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Post scriptum: Aunque estoy al caso de la gramática de la lengua española, por hacer una concesión a uno de los subproductos de los reunionistas aficionados a la lingüística participativa y de centro cívico, he introducido en el título un desdoblamiento innecesario de género, por ver si alguno cae en la trampa y se queda ahí enredado entre las sílabas, de donde no tendrían que salir nunca. 

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