9.4.13

No se aburra

eo en un powerpoint una frase atribuída a Woody Allen: "La ventaja de ser inteligente es que se puede fingir ser imbécil, mientras que lo contrario es totalmente imposible". Como casi todas las frases que giran en torno a una paradoja, no me convence. Creo que fue en el año 2008 cuando para referirme a la romeromaquía que había escrito un amigo, yo dejé caer mi propia frase giratoria. Sí, aquí está: "Tengo la manía de que los escritores deben escribir como se habla. A cambio de eso creo que estamos en una sociedad en la que hay personas "a la violeta", como diría Cadalso, que hablan como se escribe". Esta frase esquematizada la encontré el otro día en Twitter: "Me gusta la gente que habla como si escribiera y la que escribe como si hablara". Y la frase fue correspondida por alguien que escribió poco más o menos que hablar como se habla y escribir como se escribe era vulgar.  
Yo ya no sé qué es ser imbécil ni inteligente, vulgar, escribir o hablar, pero lo que sí sé es que en casi todas las época ha habido un gusto indesmayable por la paremiología y ya no digamos por las frases célebres y las citas textuales, que entran más en el terreno de lo culto. Cuando fui totalmente consciente de esta afición fue cuando yo más me aficioné a los autores cuyos textos apenas se dejan citar, por la misma razón por la que el agua no se aguanta mucho tiempo entre las manos. Algunas citas hay en estos escritores, y muy buenas, pero no van precedidas por ningún aviso ni las sigue aquel silencio pomposo que espera nuestra aprobación y aplauso, como cuando los niños saltan desde un punto muy alto y reclaman nuestra atención. La primera vez que tuve esta sensación fue con Ramón Gómez de la Serna. 
De la misma manera que todo refrán tiene su complementario u opuesto, toda cita puede no superar la prueba elemental de ser contrastada a su opuesta o a cualquier complementaria, aunque tuviera menos pretensiones. Es decir, me temo que conmigo no funciona una cita que busca serlo. Aparte de que la poesía siempre es mucho mejor, claro está. Y más personal.
Antes se solían vender muy bien para Sant Jordi los diccionarios de citas, el Kamasutra y cualquier obra sobre el Barça. Luego destacaron Buenafuente, supongo que el muchacho aquel del pelo azul que viaja gratis (Albert Casals), la india adoptada que escribió un libro de memorias y los libros de cocina. Es posible que ustedes vayan a una librería grande donde no tengan ni una sola versión de los sonetos de Shakespeare, pero con toda certeza encontrarán un diccionario de citas.
Se dirá que tal vez los lectores de los diccionario de citas y de twitters llegarán así a Los hermanos Karamazov. Yo no lo creo y además pienso que no hace falta. Allá cada cual con lo suyo que disfrute lo que bien pueda quien quiera.
La inteligencia se puede fingir tanto como la estupidez. Lo que no se puede fingir es dibujar bien, tocar la guitarra, hablar islandés, hacer un estofado bueno. Pero ser inteligente, sí se puede fingir. Cosa que nos llevaría a plantearnos si Woody Allen se cree inteligente o estúpido o si cree estúpidos a los que le creen inteligente, o inteligentes. 
Creo que uno de los días más importantes de mi vida fue cuando descubrí ante un texto de Tito Livio, que se suele traducir en el primer curso de Filología Clásica  y con esto les vengo a decir que no se considera de mucha dificultad (porque Ovidio no se puede ver hasta el último año), que era muy difícil de traducir en todo su valor. Sí, se entendía hasta sin necesidad de traducirlo a una de nuestras lenguas modernas. La sintaxis recordaba el tallado de un diamante, prístina, regular. Sabía palabra por palabra su equivalente al español o al catalán y sin embargo en cuanto le quería dar la forma final parecía que todo se desmoronaba o escurría, que no vertía ni la mitad de la mitad de la mitad de una pequeña parte del vigor gramatical y la sinestesia neuronal de la frase latina. Solo los poetas y muy pocos escritores han conseguido llevar las lenguas romances a un pálido rigor y vigor de lo que dio de sí el latín y creo que otra lengua para mí desconocida, el chino. No creo que sea por la condición de cada lengua, sino por que los hablantes hacen un uso pobre y hasta apatochado.
En la época áurea e incluso antes había anagramas y  todo cuanto ahora colocaríamos en el cajón del verbivorismo y los jueguecitos de palabras, y me temo que eso es lo único que nos ha quedado, lo peor.
Sin pretenderlo recuerdo montones de versos, alguna frase de Aristóteles, Séneca, Goethe y Wilde. 

Fotografía: Elliott Erwitt

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