12.5.13

Contrapunto

"En twitter escribimos la historia, en facebook la comentan"
Visto en Twitter en los últimos días de actividad de mi cuenta

"El objetivo de la vida artística y espiritual era
 excavar hasta encontrar aquel enterrado amanecer de asombro;
de esa forma, un hombre sentado en una silla podía de repente
ser consciente de que estaba vivo y ser feliz"
G. K. Chesterton, Autobiografía

reo recordar que la única vez que me he subido en una silla de ruedas fue en una que se había comprado Lluís Remolí, de última generación. A Lluís Remolí lo veíamos en la TV hace unos años, en  el encuadre de busto parlante, pero ya hacía tiempo que había padecido un accidente que lo había dejado parapléjico. Yo compartí alguna clase de yoga y de voz con Lluís, que si no me equivoco está dedicado ahora a la rehabilitación de enfermos medulares. Su silla no era como la de la foto, que es una silla muy sencilla. Cuando capturé la imagen pensé que tal vez la silla era inservible por algún desperfecto que yo no conocía, o que la habían dejado en la basura porque ya había dejado de ser útil. Pero una silla de ruedas siempre puede necesitarse. Si no es para nuestro uso, es muy posible que se la pudiéramos prestar a alguien que la necesitase temporalmente e incluso cederla por entero. No hará falta decir que no todo el mundo se puede permitir comprar una silla de ruedas, aunque sea de las más sencillas y no una todoterreno y superligera sillita como la de Lluís, sobre la que se podía hasta bailar.
La vanidad y la insensatez que nos embarga es tan desaforada que lo mismo puede tener frutos como el de la imagen que frases como la de la cabecera, de uno de los más insignes tontos que encontré en Twitter, donde abunda la jactancia y el cinismo, al lado de cuentas de rara lucidez, gracia y un humor prístino. Con los insignes tontos una nunca sabe si es que son tontos o si simplemente nos creen tontos a los demás o si, dándole la vuelta, se creen muy listos. El caso es que producen tuits perfectamente o fractalmente troquelados como un coprolito (fósil excrementicio) que guardo en mi casa de una tortuga de Magadascar, donde es fácil adivinar la huella del sigma intestinal durante el pellizco peristáltico último. Mi coprolito de tortuga malgache, a juzgar por su tamaño, no pertenecería a un ejemplar muy grande y he de pensar que es un buen ejemplo del subproducto de la digestión de un quelonio. La digestión de los insignes memos entronizados de Twitter es tan insubstancial como incesante. He observado algunos tuitstars cuya producción se podría considerar regurgigante más que diarreica, y eso por no hablar de los fenómenos de la bilis negra y espuma rábica que también los hay por allí. Que los más asiduos pergeñen y administren ininterrumpidamente todo tipo de juicios sobre acontecimientos, personas, personajes y personalidades de todo calado, con una seguridad tan llamativa como ridícula y pretenciosa, me pasma. Saben qué piensa exactamente Pere Navarro -por dar algún nombre cualquiera- con la misma precisión con la que  un sexador de pollos identifica el género. Inútil pararles los pies, dirán entonces que todo es broma. Y ya se sabe que quien no acata una broma es poco menos que un degenerado irrehabilitable. 
La cháchara constante y vertiginosa del invento admite la broma chusca, el pedo intempestivo, las sentencias de pelma ebrio o del gurú medíatico, los análisis cuadrados en alejandrinos al estilo del gremio del taxi con derecho al pataleo y a atacar al cliente con una emisión de un partido de fútbol radiofónica. Todo ello lo único que nos indica no es la zafiedad y engarrulamiento de quienes se creen que están escribiendo la historia, sino la puerta de salida. Quiero hacer constar, por si no lo habían notado, que Twitter no me gusta nada, en ese sentido al menos.
No nos debe extrañar si dentro de poco tiempo, insisto, hay una patología no ya de adicción a esa red social sino de personas pasadas de rosca incapaces ya de dejar de comunicarse si no es en tuits dípticos.
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Ayer tuve que pasar un poco más de 12 horas en las Urgencias del hospital donde para más Henry trabajo. Me acordé de la mujer que sobrevivió, después de estar 17 días entre escombros, el colapso de un taller textil en Bangladesh, encasquillada entre vigas. Su imposibilidad de moverse y no poder hacer otra cosa que esperar y esperar, con algunos momentos de extrema conciencia y otros de inconsciencia también desorbitada solo comparable a la de los peces cuando boquean mientras se les escapa la vida. Siempre, se dice, hay quien está peor que uno. El anciano con un cólico nefrítico llegó peor que nosotros. Hasta los escasos médicos que han dejado para atender los casos agudos de su especialidad estaban medio mal, por no haber comido o no haber cenado, por no tener recursos suficientes o sufrir la descoordinación y la irritación del público. Como el insigne tuitero y el intestino de la tortuga producen formas de manga pastelera rigurosamente iguales no entre sí por supuesto, la vida continuamente nos amolda, nos agita y nos tritura con lo que pasa a nuestro alrededor.  Y seguramente mientras Reshma Begum estaba encallada entre los escombros de su fábrica y yo lo estaba en los de mi hospital, estaban también ocurriendo otros horrores que ni siquiera podemos ni queremos imaginar. Y otros se lo estaban pasando chachi piruli. Lo que parece ser es que nadie puede vivir por nosotros y que allá donde estamos somos cada cual uno mismo. Cosa que no habría que olvidar, lo de no dejar de ser una misma digo y la de no dejar de ser uno mismo. Punto y aparte.
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Verán que escribo Lluís con acento en la i, como establece la norma ortográfica del Rosalba Cavà (catalán que comparten el Rosellón, L'Alguer, las Islas Baleares, Cataluña y la Comunidad Valenciana en el apelativo que le concedió hace muchos años Salvador Espriu). Olvidó el LAPAO. Pero en español, por mucho que se obstinen algunas personas que llevan ese nombre, es "Luis". He visto hasta periodistas o lo que sea, por ejemplo José Luis Alvite en Twitter (otra vez), que se añaden un acento que hace unos años aplicaba el corrector de Word, pero que es horróneo. Y punto.





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