16.5.13

Somos brevedad

Colchiques dans les prés
fleurissent fleurissent
Colchiques dans les prés
C’est la fin de l’été

"Colchiques dans les prés"
Mús.: Francine COCKENPOT.
Letra: Jacqueline Debatte

uando  yo tenía 9 años estaba asociada a un grupo de "escoltes" y conocí la canción que hoy recuerdo. En un cancionero que conservo, Uel·lé, la canción se titulaba "Tardoral", de "Autumne", y la había adaptado al catalán, como tantas otras canciones del mundo Joan Soler Amigó en colaboración con Ll. J. Clau. Puedo recordar muchas otras canciones de aquella época, pero ésta tenía esa dulzura y aquella ligera melancolía que tantas veces encontramos en nuestro país vecino y también en el olor de las rosas y en la lluvia compostelana. Amigó y Clau tuvieron que traducir "azafranes en los campos" como "helechos de los ríos" ("falgueres (a)prop del riu"), para que cuadrara. El resto de la canción está casi calcada. En mi cancionero pone "Mús. Fran. Cockenpot", y hoy descifré esa abreviatura, que corresponde a Francine Cockenpot, que nos dejó el año 2001. 
Sin embargo no importan ahora tantos los nombres como la canción, algo que ya aventuré anteayer en otro post sobre música. El poder evocador de la música es extraordinario. Impremeditadamente puede devolvernos en un instante montañas de recuerdos que parecían perdidos y olvidados. Como nos ha ocurrido estos días atrás con una amiga de la infancia reencontrada en estos inventos de las redes sociales, con quien hemos mantenido un diálogo casi basado en las letras de aquellas piezas. Ya observé yo un día escuchando una cantata de Bach que afuera los pájaros reproducían perfectamente los compases, pero ahora, aunque con un cierto desfase en el tiempo veo claramente como se ha hecho realidad una canción muy conocida del tradicionario escocés que cantábamos al final de cada excursión, una canción que ahora les ponen a muchos difuntos para su funeral porque así lo dispusieron, Auld Lang Syne (en escocés, "Por los viejos tiempos"). De manera que parece haberse hecho realidad aquello de "no és un adéu per sempre sols ens n'anem per uns instants i el cercle refarem i al fi potser serà més gran" (no es un adiós para siempre solo nos vamos por un instante y el círculo reharemos y al fin tal vez será más grande). Los años han pasado como si nada, a pesar de que algunos días y algunos minutos se hicieron largos, duros, difíciles. Y de la forma más inexplicable, reencontrar a las personas con las que compartimos muchos ratos revive todo un mundo.
Nuestra sociedad de alguna manera ha... ¿maltratado? el pasado y lo viejo. De hecho incluso he observado que en general las personas que tienen lo que se llama inquietudes están la mayor parte de las veces solo interesadas en informarse, y cuando se informan lo hacen sobre los hechos inmediatos que en el vértigo de la actualidad apenas tienen una vigencia de un par de días. La obsolescencia programada, la vorágine de versiones y actualizaciones, la tiranía electrónica, invalida todo cuanto se queda atrás a favor del llamado Progreso. Hay personas en mi bloque que van por la tercera cocina y no sé cuantos sofás. Por la misma razón por la que la ricacha de la Primitiva se preocupa por el diamante de Fifí y los niños maleducados usan para cepillarse los dientes por la noche tanta agua como la que les resolvería la semana a una familia de Burkina Faso.
Si no me equivoco, gran parte de la Psicología se empeña en hacer olvidar a cada cual lo que ha pasado para poder seguir adelante, como si lo sano y conveniente fuera mirar siempre hacia adelante. Cualquiera sabe que "nuestras vidas son los ríos que van a parar a la mar que es el morir", pero también que cuando nos equivocamos de camino a veces hay que volver lo andado y empezar otra vez. Y que estamos llenos de lo que fuimos y de que "arde lo que será" (*). Incluso, yendo más allá, digo yo: ¿no podríamos hacer como de niños o como hacen los futbolistas, correr de espaldas?



(*) "Au feu de ce qui fut brûle ce qui sera" (Louis Aragon)

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