13.6.13

Flora y fauna (2)

ace unas semanas hablábamos de la azucena de Proust en la solapa, el botonier. Es famoso el retrato de Salvador Dalí con su bigote tocado por dos jazmines, foto que le debemos a una serie que le hizo Philippe Halsman. Y los tocados de Frida Kahlo son algo que, ya que no pretendemos agotar el tema, lo ilustran más que bien. Las flores que pintó Frida Kahlo encarnan la fuerza telúrica mexicana y un esencialismo naïf, luminoso, vital que poco tiene que ver con el que buscó y encontró Georgia O'Keefe, en gran parte para escapar a los pesados de la iconografía y el simbolismo.
Iba a decir "la pintora norteamericana Georgia...", pero tanto O'Keefe como Kahlo eran norteamericanas. De hecho la estadounidense se bajó a Nuevo México y pasó allí gran parte de su larga vida. Imposible y odioso sería compararlas, a no ser que pensemos que la incorporación de las flores a sus pinturas las hace firmes candidatas a esos análisis iónicos de simbologías uterinas que tanto gustan a los freudianos y a una parte del feminismo. El Black Iris III de Georgia O'Keefe (1887-1986) vio la luz el año 1926, un año después del accidente en que Frida Kahlo (1907-1954) se destrozó la pelvis, una pierna, la espalda y fue el principio de un largo calvario de más de 35 operaciones y un dolor que le acompañaría siempre. A Georgia O'Keefe, como intento explicar, no le gustaron nada las interpretaciones psicoanalíticas sobre el parecido del iris con la anatomía de una vulva, cejada en el vestíbulo genital y en el parecido con las flores que, sí, efectivamente son los órganos reproductores de las plantas. Y hasta luego la O'Keefe pintó una manzana en toda su supuesta simplicidad como para dar fe de que el arte no iba por donde decía la crítica, que tiene más parte que arte. Supongo, no lo sé, que al final acabó por desprenderse de esas historias, como uno se tiene que desprender de la modorra a media tarde si quiere aprovechar lo que le queda del día.
Hace un tiempo vi unas fotos de Alfred  Stieglitz, que fue el marido de Georgia O'Keefe, a ella misma y también a Rebecca Strand, con quien tuvieron una relación amorosa ambos. Primero él, cuando Rebecca Strand aún estaba casada con no sé quién, y después Georgia O'Keefe, cuando ya no estaba casada con Stieglitz. Estos líos a mí más que nada me demuestran una de las frases más inmortales de El cuarteto de Alejandría, que abre la tetralogía y que sin embargo pertenece a Sigmund Freud:
"Empiezo a creer que todo acto sexual es un proceso en el que participan cuatro personas. Tenemos que discutir en detalle ese problema".
La frase la salva sobre todo su tono reflexivo y hasta enigmático. Procede de su epistolario y Lawrence Durrell podía muy bien haberla dejado recortada en la palabra "personas". Pero ese retazo que le cuelga le da una frescura indiscutible.
Y sin embargo los artistas se resisten a pasar por el cedazo de una especie de tabla de equivalencias en que cada color y cada forma y cada motivo tienen su significado asimilado, como si se tratara de un código. No. Precisamente, ya lo tengo dicho aquí por lo menos tres veces, lo que me irrita de la Sagrada Familia de Gaudí es el abuso de símbolos, la persecución de pretender abarcar toda la historia sagrada, desde la paloma que lleva la ramita de olivo cuando se acaba el diluvio hasta prácticamente la escatología. 
Por eso el post de hoy, en vez de verse ilustrado por uno de los cuadros de Georgia O'Keefe o de Frida Kahlo, se ven honrado con una preparación secada  gracias al buen hacer de Elisabet Miró Casas de una muestra de un Trifolium campestre, vulg. trébol, recogida no muy lejos de nuestro centro de trabajo en el Hospital Vall d'Hebron. Hay numerosas fotografías del trébol amarillo en internet, donde se puede apreciar muy bien la flor.


Trifolium campestre, trébol

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