21.7.13

Las sorpresas (2)

acteriológicamente" es la palabra más larga que empieza por b, si descontamos "pseudobacteriológicamente", palabra que seguro que tiene su lugar en este mundo. A eso, a relleno, me sonaba un poco en mi visita a Madrid el lema de la exposición de Dalí en el Sofidou, titulada creo que exagerando "Todas las sugestiones poéticas y todas las posibilidades plásticas" ¿Todas, todas? ¿De veras?
La sorpresa en la exposición de Salvador Dalí fue cruzarme con una delegación que acompañaba y escoltaba a Donald Tusk, el Primer Ministro de Polonia. Lo distinguí por los "gorilas" que le precedían y le rodeaban, pero lo identifiqué por la noche en el Telediario, porque acompañaba a Mariano Rajoy en una rueda de presna, que no comparecencia. Cuando me crucé con Tusk el venía de mirar "Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes del despertar" (1944) y yo de "Masturbación de Hitler" (1973).
Si hubiera visitado primero la exposición de Pissarro no la hubiera percibido de la misma manera que como ocurrió. De hecho, no tenía previsto ir al Sofidou, que es un edificio en el que no sé por qué razón no me encuentro bien. Tal vez porque en su origen había sido un hospital. Pero el caso es que, ya que hablamos de imprevistos y sorpresas, de "contrastes y pareceres", me decidí sobre la marcha a acercarme. Y eso me permitió contrastar -que no comparar- la pincelada de Dalí, que le da una vuelta de tuerca a un cierto tenebrismo, y el puntillismo de Pissarro. Nunca me volverá a parecer Pissarro tan inseguro, tan introvertido, algo apocado, como después de haber visto un Dalí tan opulento y desahogado. Sobrado.
Supongo que habrán concienzudos análisis sobre el continuum entre El Bosco y Dalí, cada cual en su estilo. Me doy cuenta de que los retablos con historias oníricas y subconscientes no dejan de parecerme fascinantes, pero admito que me atrae más el discreto misterio, sin respuestas, sin preguntas, del pintor impresionista.
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Por cierto, en una tienda de souvenirs cerca de la plaza de Neptuno vendían el detalle de la transfixión de orejas de El Bosco por unos 20 euros. A puntito estuve de sucumbir pero al final no compré la figurita.
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La especie de joint venture que tuvieron Dalí y Hitchcock me recuerda que aunque reconozco la maestría del cineasta para el drama psicoanalítico y para el primer plano y el suspense, acaba resultando muy previsible. Alejandro Amenábar es una variación de las técnicas Hitchcock pero su nivel ontológico estaría más que en lo previsible en lo evidente, que es para mí lo más parecido al aburrimiento. Esto ocurre cuando se han visto todas las películas de Hitchcock del estilo ("Marnie la ladrona", "Vértigo", "Rebecca", "Sospecha", "Encadenados", "Recuerda", etc.) Prefiero a todas ellas "Los pájaros" (1963). Si bien es cierto que el asunto se inspiró en una intoxicación aviar masiva por ácido domoico, no deja de ser angustiosa más allá de lo racional. Luego si pensamos que la protagonista acabaría siendo la suegra de Antonio Banderas  y que tiene una protectora de animales también tiene su qué.
Los enfermos psiquiátricos de las películas de Hitchcock tienen un indiscutible atractivo, provocan una cierta fascinación, pero parece que todos son presentados uniformemente, como casos clínicos. La codificación del subconsciente, algo que ya señaló Susan Sontag, empobreció tanto la interpretación del arte que debemos agradecer a Freud sus teorías tanto como lamentar su abuso. O más. Por lo demás, a mi pobre entender la obsesión con el psicoanálisis y el subconsciente puede llegar a ser tan gazmoña y puritanista como la de la noción de pecado, arrepentimiento y demás.

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