24.8.13

Post 1031: La peor enfermedad


"The biggest disease this day and age
is that of people feeling unloved" (*)
Princesa Diana de Gales



demás de las vidas paralelas al estilo de Plutarco y de las vidas cruzadas al de Raymond Carver, que Bob Altman llevó al cine el año 1993, hay probablemente otras fórmulas biográficas, que sobre el plano podrían representarse como puntos que guardan un parecido razonable pero que nunca se encuentran. Tengo en mente alguna película o novela donde la cuestión de que nunca puedan coincidir dos personajes se convierte en un leitmotiv. El otro día leí un mal titular sobre una buena noticia: "Una botella lanzada al mar recorre 300 metros en 50 años". Que la botella con un mensaje se encontrara a 300 metros de donde la echó Dennis Komsa el 16 de agosto de 1963 a mí por lo menos no me garantiza que solo recorriera 300 metros. Porque además de que la botella estuvo algún tiempo en el mar (tal vez los 50 años) y por lo tanto habría que contar en millas, ¿quién nos asegura que no fue a la merced de varias mareas dando tumbos hasta que finalmente volvió a tierra? Mi dos abuelos eran marineros y decían que el mar todo lo devuelve, no se queda nada. Naturalmente sabían que en el fondo del mar y no tan en el fondo hay pecios que se quedan anclados hasta nadie sabe cuando o que van a la deriva, como aquellos "buques suicidantes" a los que se refirió Horacio Quiroga en uno de sus Cuentos de amor, de locura y de muerte (**). No sé si el título es disyuntivo, pero el cuento "Los buques suicidantes" yo diría que es solo de locura.

No he leído casi nada de Horacio Quiroga, además de ese cuento de 1917, su Decálogo para los cuentistas y otro cuento de 1924 titulado "Una noche de edén". Ya empecé ayer en "El parque Chacabuco" a comentar algo consabido, que Horacio Quiroga, Leopoldo Lugones y Alfonsina Storni se conocieron y que los tres se quitaron la vida, se suicidaron. Quiroga se quitó la vida al serle diagnosticado un cáncer de próstata intratable y Storni se quitó la suya el año siguiente poco más o menos cuando vio que su cáncer de mama no tenía buen pronóstico (***). Tengo memoria de un eco de Leopoldo Lugones por haber leído algo de él en Jorge Luis Borges, algo que ya no recuerdo por estar muy alejado en el tiempo. Leo ahora que ingirió una mezcla de cianuro y güisqui. La muerte de Horacio Quiroga fue atroz como toda su vida. Una y otra voy a intentar resumirlas en lo posible precisamente desde el punto de vista de la gran cantidad de calamidades y desgracias que le pasaron o pasó.

Me gustó el relato de Jacinta Escudos, escritora salvadoreña, que retoma la antología narrativa de Quiroga y que muy acertadamente se titula a su vez "Una vida de amor, locura y muerte: Horacio Quiroga" y a él les remito para los datos y más información:
"En 1937, en el sótano del Hospital de Clínicas de Buenos Aires, había un paciente llamado Vicente Batistessa. Estaba internado en esa parte del hospital por su aspecto físico: tenía horribles deformaciones, causadas quizás por una elefantiasis, una neurofibromatosis o el Síndrome de Proteus. Apenas era visitado por el médico que lo atendía y por alguna enfermera.
Un día, un paciente alto, delgado, barbado y de ojos verdes, bajó al sótano por curiosidad y encontró a Batistessa. Le habló. El deforme, acostumbrado a ser visto con temor o en el mejor de los casos, a ser ignorado, apenas tuvo valor de contestarle. Poco a poco se dio cuenta que el paciente barbado era sincero y amable y ambos se hicieron amigos. El barbado exigió que Batistessa fuera sacado del sótano y trasladado a su habitación, que ambos compartirían.
Cuando ya Batistessa, profundamente agradecido por ser tratado como un ser humano normal, se encontraba en la habitación que compartiría con su amigo, el barbado le contó la historia de su vida."
Para compensar en parte todo lo que les intentaré resumir les diré que Horacio Quiroga tenía unos bellos ojos verdes y su aspecto era muy atractivo.  Tal vez los estragos que podían haberle causado los disgustos en su cuerpo no dejaron tantas huellas debido a su afición al ciclismo, a la selva y seguramente a su temperamento natural. Pero yo no sé de muchas biografías tan acribilladas de fatalidades y sucesos luctuosos. Para empezar, a su padre, cuando Horacio Quiroga todavía no andaba, se le disparó la escopeta: "Cuando era apenas un bebé de brazos estuvo presente cuando su padre, Prudencio Quiroga, murió al disparársele accidentalmente la escopeta, que llevaba en una posición incorrecta, al descender de una lancha. Su madre, Juana Pastora Corteza, asustada por el disparo y la visión del marido herido, dejó caer al bebé, que se golpeó contra las tablas del muelle y casi cae al agua". El padrastro se suicidó. Cuando tenía 23 años se le murieron dos hermanos de fiebre tifoidea. Al año siguiente se le disparó un arma cuyo funcionamiento pretendía explicarle a un amigo que se había batido en duelo y lo mató de manera fulminante. Su primera esposa, Ana Mª Cires, se suicidó con un "sublimado", un lento veneno que "la tendría en agonía durante 8 días hasta finalmente morir". Por cierto en internet hay un lío del copón porque muchas fotos con Ana Mª Palacio se etiquetan como de Ana Mª Cires e incluso con el nombre de su segunda esposa (que no tercera), Mª Elena Bravo, cuestión que algún wikipedista evita dirimir con pies de foto vagos. En fin: leo también que "luego de la muerte del escritor se suicidarían su hija Eglé en 1939 y su hijo Darío en 1954. Más tarde también lo haría Pitoca a los 60 años en 1988".

No sabe una qué pensar. Es conocido como "efecto Werther" (por la ola de suicidios que provocó la novelita de Goethe en Europa) el contagio de los suicidios, y de hecho las autoridades de nuestro país al menos siempre velan primorosamente para que los datos por estos acaecimientos se protejan con el mayor silencio y secreto, no tanto para no añadir más pesar a los que quedamos vivos sino porque existe la evidencia de que puede tener un efecto Werther difundirlos. Pero más allá del efecto Werther yo diría desde mi escaso conocimiento del mundo que el número de desgracias de Horacio Quiroga es estadísticamente significativo pero inexplicable. A no ser que pensemos que una desgracia trae otra y que siempre llueve sobre mojado, de manera que así legitimamos la estigmatización social de los que están hundidos en una vida invivible, su aislamiento.

Hace 15 años va a hacer que fallecieron Lady Di y la Madre Teresa, vidas cruzadas (porque paralelas no creo). La Madre Teresa cuando era preguntada sobre su hospital de enfermos terminales decía que mientras uno se siente amado vale la pena vivir.

Epílogo
Es curioso, y no sé tiene un nombre, como sí lo tiene el efecto Werther, pero todos los muertos se vuelven buenos y el síndrome del joven aprendiz de pintor existe. Tal vez el nombre no sea el otro que el que le da Joaquín Sabina al final del vídeo, "Envidia, mucha envidia".

El torpe maletilla que hasta ayer afirmaba,
Que con las banderillas nadie me aventajaba,
Ahora que corto orejas y aplauden los del siete
Ya no dice que cito tan bien como Antoñete.
La propia Caballé que me negó sus favores,
La diva que pasaba tanto de cantautores
Llamó para decirme: “Estoy en deuda contigo,
Mola más tu Madrid que el Aranjuez de Rodrigo.

"El joven aprendiz de pintor" (Joaquín Sabina)
_____
(*) La más grande enfermedad que existe hoy en día es la de quienes no se sienten queridos.
(**) Versión descargable de Cuentos de amor, de locura y de muerte en formato pdf.
(***) La existencia de estudios sobre escritores suicidas proclama que es un oficio en donde abundaron unas vidas invivibles. Noto a faltar (es un decir, por supuesto) en la lista de la Wikipedia a Yukio Mishima, fallecido por seppuku.

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