14.8.13

Lo normal


e dije esta mañana, voy a ver quién sacan hoy en La Contra de "La Vanguardia" ya que ayer alguien me rectificó en Twitter cuando dije que siempre aparecen figuras pseudocientíficas para decirme que "no siempre". Bueno, el personaje de hoy no es un iluminado que ha probado los principios de la homeopatía en la Bolsa pero sí alguien que se define como el Lady Gaga de las Matemáticas, cosa que no deja de seguir en la línea "parodística" (gracias, Rosa Vélez) de la sección. Villani lleva media melena y un lazo lavalllière de color burdeos, gemelos en las mangas, todo él en un aspecto entre new romanticism y désuet. En los congresos de Matemáticos, que en el fondo les pagamos los contribuyentes, no hay una etiqueta que imponga la prohibición de que alguien lleve una camiseta azul que lleve estampada la frase "Salvad las ballenas", pero se guardan más o menos las formas dentro de una media aritmética de normalidad de acuerdo con el gusto internacional. Es decir que se puede llevar traje y zapatillas. En todos los sectores tenemos Lady Gagas, algo que lejos de animar el cotarro lo que hace es subrayar que la estupidez se puede desarrollar en cualquier ámbito.
Hago constar que desconozco casi totalmente todo lo que tenga que ver con Lady Gaga. De hecho yo tengo serias dificultades para distinguir Paris Hilton de Lady Gaga. Sé que canta y baila pero nunca oí nada de ella. Hasta que ayer vi un vídeo en el que al parecer practica el método Abramović, uno de tantos métodos a los que se someten los artistas para llegar más lejos en su rendimiento. Marina Abramović a su vez se presenta a sí misma como la "abuela del performance".  Verdaderamente alguien como Salvador Dalí, cuyas apariciones en televisión se comentaban durante meses, años, ahora pasaría sin pena ni gloria ante la proliferación de matemáticos románticos y abuelas de la realidad revisada y aumentada. De hecho, encontrar alguien normal no es sencillo. Y, sin embargo, seguramente cuando le confiamos un reportaje fotográfico de una comunión a un fotógrafo, una endodoncia a un dentista y la renovación de la cocina a un instalador, lo que buscamos es gente normal.  Por lo menos aparentemente. Si viéramos que el fotógrafo viste como Lady Gaga o el dentista hace unos ejercicios tántricos antes de ponerse con el torno, seguramente se nos erizarían los pelos como escarpias. Y con lo caro que resulta renovar una cocina lo mejor es no hacer experimentos. 
Al final, no sabemos por qué, lo normal acaba siendo muy elegante. Tiene un no sé qué convincente, atractivo, que inspira confianza y al mismo tiempo un cierto misterio. Las excentricidades en el vestir y en la forma de actuar acaban por resultar como una máscara bajo la cual la mayor parte de las veces tememos que no hay nada. Pura filfa. Sin proponérnoslo ya muchas veces nos desvíamos de lo que se supone o hemos convenido que es lo normal, como para ir buscándolo como factor de estilo y no va más del más allá.
Pareciera que la fábula del astrónomo turco de Le pétit prince, que se tiene que vestir a la occidental para ser admitido, se ha invertido y para ser atendido hay que vestirse a la turca, con un fez rojo. O dejarse las uñas largas para que fluya el chi, en una interpretación libre de la medicina china tradicional. Ni en mi armario entra un poncho ni en mi cocina un lazy susan giratorio. Otra cosa es que todo el año lleve chanclos de piscina para estar por casa. Lo normal.


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