21.8.13

Los pequeños saltamontes

A Rosa Vélez

— Maestro, ¿qué es la verdad?
— ¿La verdad?
— Tú dices que nuestro aprendizaje es sólo la búsqueda de la verdad.
— Sí.
— Aunque la verdad del Tao no puede conocerse ni tocarse...
— Ni definirse...
— Entonces ¿cómo sabré yo que la he encontrado? ¿Cómo sabemos que existe?
— Un día de verano ¿no notas el claro del sol sobre tu piel?
— Sí.
— Y ¿acaso tienes necesidad de mirar el sol para saber que está brillando?
— No. Además no podría: me deslumbraría si lo miro más de un segundo...
— Bien. Y ¿no es mejor contentarse con el calor del sol que ser cegado por su luz? Lo que buscamos no puede ser contemplado. Si buscas demasiado la verdad también ella puede cegarte.
— Pues ¿cómo encontraré la verdad?
— Ten paciencia y ella te encontrará.
(Un fragmento de la serie "Kung fu")

reo que no me enganché a la serie "Kung fu" porque para cuando la echaron en la TV yo ya tenía superado en cierta manera el tema de las artes marciales con Bruce Lee. "Karate a muerte en Bangkok" (Wei Lo y Wu Jiaxiang, 1971) recuerdo que fue mi punto álgido y luego decayó casi abruptamente mi interés por el tema, de manera que cuando emitieron "Kung fu", pienso que a finales de los setenta, o tal vez luego, apenas vi algún trozo de algún episodio. Lo justo para ver a David Carradine con su bolsito cruzando el lejano Oeste, porque no olvidemos que ante todo la serie era un Western aunque no canónico. También recuerdo vagamente sus diálogos, como flashbacks, con el Maestro Po, que debió de formar al Pequeño Saltamontes en China. Todo esto para que luego digan que "Xena, la Princesa Guerrera" es una serie extraña y con unos anacronismos que lejos de hacerla infumable resultan hasta atractivos. Y sin embargo, a pesar de que "Kung fu" me llegó tarde, yo diría que fue la primera oportunidad de conocer, si se me permite plantearlo así, un monje shaolín. De hecho entre Kwai Chang Caine y Huang/Juan Carlos Aguilar, el pobre, no sé de ningún otro monje shaolín.
Aunque conozco el taoísmo y por leer me he leído algunos vedas y el Majábharata, clásicos de diversas filosofías milenarias y hasta empecé el Popol vuh y el Libro de los muertos, siempre he pensado que era mejor quedarse con lo que tenemos más a mano y que no ha pasado por penosas traducciones vertidas desde el alemán o el inglés malamente hasta resultar irreconocibles para sus propios autores. No encontré ahí nada que no estuviera en San Juan de la Cruz o en Jesús de Nazaret.
Estos días a todo el que me quiere oír le explico que estoy pensando que antes de ir a la India, la Madre India, como le llamó tan acertadamente Roberto Rossellini, creo que iré a Singapur. Para acabar de hacer inextricable el tema les explicaré que hoy se lo comenté a un argentino que trabaja en mi mismo hospital. Y le dije: "Es que pienso que si voy de repente a la India el choque será muy fuerte, que yendo a Singapur primero, como allí hay una gran comunidad china y otra gran comunidad india, algún barrio árabe, pero todo es bastante occidental,..." Mi interlocutor argentino, con quien tan pocos pero tan buenos ratos paso, me contestó: "Para eso mejor vas a Sudaquia". Era una broma, claro está. También me ha contado lo de la ceremonia en Wagah o Wahga, cada atardecer. Wagah es la única vía existente entre Amritsar en la India y Lahore en Paquistán. Es la única vía entre India y Paquistán, después de que el Reino Unido estableciera allí una frontera y la Radcliffe line. Cada atardecer, desde 1959, miembros de un cuerpo militar indio y miembros de un cuerpo militar paquistaní celebran una curiosa ceremonia para bajar las banderas respectivas, que vendría siendo como un cambio de guardia si no fuera porque hay una cierta tensión (perfectamente y marcialmente coreografiada) y asiste público que jalea a sus soldados respectivos.  
Ver los vídeos de Youtube desde el lado de Lahore (Paquistán) o desde el lado de Amristar (India) cambia mucho. Del lado de la India mujeres con saris y mucho colorido; del lado de Paquistán, todo negro. Los soldados de ambas naciones llevan penachos y se encaran como gallos de pelea verdaderamente, pero milimétricamente, preparados para ofrecer una especie de desfile desafiante que seguramente exorciza como ritual un enfrentamiento cruento y llevado a la guerra. Lo de arriar las banderas es lo de menos. Tal vez esa parade es algo que organizaron o instigaron los británicos, que no olvidemos que fueron los inventores del fútbol y otros entretenimientos donde priman los buenos modos. 
Inevitablemente me acordé de nuestra verja, la de Gibraltar, otro anacronismo como Kung fu en el Lejano Oeste, un paraíso fiscal donde cada yanito tiene 3 o 4 negocios y fuma 7 o 70 cajetillas de tabaco rubio cada día. Lejos de ser un culebrón veraniego como tantos otros hemos tenido, que ya ni canción del verano hay, el tema tiene su interés y una notable escenografía. Cameron obviamente sobreactúa como una marquesa venida a menos o una folklórica venida a más, y la lástima es que por culpa del asunto este año dejó de hacer vacaciones en Mallorca para pasarlas en Escocia, con ese clima tan desagradable y una gastronomía horrible. Porque en nuestra cornisa cantábrica y atlántica aún tenemos días que no están nada mal, aunque sean temperamentales como lo son los coruñeses, pero al menos siempre se puede uno tomar unas tapitas o comer a cuerpo de rey (más que de reina) y ser -que es de lo que se trata- feliz.
No sé si el episodio de los bloques de cemento y hierro cabría en mi post La razón de las fronteras o en su complementario, Las fronteras de la razón, pero (volviendo al principio o a la mitad) para mí cobraría sentido que los marineros gaditanos hicieran algo parecido a la parade de Amristar y Lahore. Sabrán ustedes que mucho antes de que existieran Londres, París, y ya no digamos Roma, ya existía Cádiz. Gadir es la ciudad más antigua de Europa. Se nos llevaban los romanos a las bailarinas gaditanas, las más famosas ¿Alguien lo dudaría a la vista de que nacieron monstruos en Cádiz como la Chipionera, la Lola de Jerez y de España, o Camarón de la Isla? Pues seguro que se podría hacer alguna cosilla con tanto arte como les sobra.


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