27.9.13

La soledad sonora (1)

El aspirar el aire,
el canto de la dulce filomena,
el soto y su donaire
en la noche serena,
con llama que consume y no da pena.
Del Cántico espiritual, de San Juan de la Cruz


uchas veces me preguntan que porqué me gustan las plantas. Es una pregunta para mí bien curiosa porque nadie me ha preguntado nunca porqué me gusta la literatura, el arte o el bricolage. Lo normal es que no conteste nada pero no por insolencia sino porque cualquier respuesta me parecería una bobada. Perdonen que les diga que la pregunta me suele despertar la atención porque siento que hay personas a las que no les ha llegado todavía la belleza y la grandeza de nuestro planeta. O tal vez les ha llegado una pequeña parte y en especial la que está intervenida por los hombres, o incluso la que está intervenida exclusivamente por una parte de los hombres, los de su entorno inmediato. No es que piensen globalmente y actuen localmente, como se decía en la consigna medioambientalista. Es que no les interesa lo que no sienten como propio.
El año 1973 se publicó por primera vez La vida secreta de las plantas de Peter Tompkins y Christopher Bird. El libro pueden consultarlo en internet (Scribd). En su momento obtuvo respuestas controvertidas. Por el momento lo que llevo leído, que son los preliminares, el libro se plantea como una refutación del pensamiento de Aristóteles por el cual las plantas tienen alma pero no sienten.  No sé de cual de los libros que se conservan del filósofo griego se ha extraído esa afirmación, pero lo que sí sé es que a partir de ahí el nuestro empieza a explicar las experiencias con el galvanómetro, que es aquel artilugio que sigue empleando la policía científica para investigar la veracidad de las respuestas de sus interrogados. A mí toda esta artillería de electrodos y demás me provoca un cierto desencanto porque a veces el imperativo de encontrar pruebas nos aparta de lo fundamental. De hecho me atrevo a decir que aunque no hablo con las plantas sé que ellas hablan. Evidentemente, como ustedes ya saben, no emplean un lenguaje articulado como el nuestro, ese lenguaje que algunas personas manejan con gran habilidad y pueden usar para establecer pensamientos muy complejos y sentimientos que parecerían inaprensibles, inefables.
Cuando este verano estuve en Madrid, pude visitar la llamada Estufa Graells o Estufa fría o Estufa de las palmas, que por los tres nombres se conoce. Es un hibernadero y umbráculo que se construyó ya en el siglo XIX y allí hay una humedad constante. La estructura de hierro protege las palmas del frío y del calor, que ustedes ya saben que en la capital son bastante severos en sus picos. Precisamente yo fui un día de la plena canícula y a la hora de mayor calor, con lo que no había un alma. O, atendiendo a Aristóteles, sí que había almas, muchas. Allí estaban las plantas perfectamente ambientadas bajo unos aspersores que mantenían una nube de vapor constante y tibia. Creo que muchas personas no podrían soportar bien ese ambiente, por cerrado, por ser lo más parecido a nuestra etapa intrauterina. Y sin embargo yo noté que había que vencer la sensación de "estofado" primera y disfrutar de aquel silencio y aquella soledad. Pronto distinguí una música mínima, ténue, sin apenas melodía y no me fue posible percibir que estuviera hecha por sintetizador, como aquellas piezas en las que es fácil oír que se repite una frase hasta la náusea con ligeras variaciones de tono y poco más.
Solamente cuando después de hacer unas fotografías me detuve para disfrutar del momento noté algo que ya había notado en alguna ocasión con alguna planta, en algún árbol. Pero aquella tarde fue como una sinfonía de todas las plantas que allí habían. Como pasa con las personas hay diferentes voces y hay plantas dominantes y otras que apenas se hacen notar. Pero en cualquier caso para mí está claro que las plantas emiten un género de vibración que no será perceptible para nuestros castigados oídos pero que nos puede llegar en forma de ondas ¿electromagnéticas? a quienes estamos dispuestos a considerar que son especies vivas.
No pienso detenerme en si los experimentos con plantas demuestran o no que una planta se queja o protesta cuando la dañan, y que por lo tanto "sienten" en la medida que muestran una inquietud constatable cuando le infligen algún daño. Simplemente digo que a su manera hablan, y que el lenguaje es bellísimo, aunque no se pueda transcribir ni sea posible adquirirlo y codificarlo con nuestras propias palabras. Tal vez tendría que acudir a Joan Salvat-Papasseit y recordarles aquello de i la cançó canta a cada bri de cosa ("y la canción canta en cada brizna de cosa").
En nuestra ciudad apenas hay castaños, y es rara la ocasión de ver los amentos de las flores masculinas, como se pueden fer en la fotografía de hoy. A veces no es raro ver quien apaga una colilla en el tronco de uno de esos árboles que nos dan sombra en verano y que aportan un poco de color en los barrios. O quien echa un botellín de agua a medias consumido, en el alcorque, como si un alcorque fuera una papelera o un vertedero y como si el agua desaprovechada no la hubiera podido consumir el árbol en cuestión. A los niños se les enseña que la tierra es "caca" de una forma tan eficaz, que no es extraño que después la consideren el lugar ideal para dejar sus residuos. Los árboles también se utilizan para desenpolvar los felpudos o sacudir los escobones y seguramente servirían para muchas otras funciones pero no les quiero dar ideas. El caso es que me estoy acordando de que cuando de niña íbamos en el Seat 600 a Galicia, al llegar a Lugo había aquellos hermosos castaños, opulentos, donde cualquier se podía retirar a desaguar tranquilamente. Al atravesar la meseta teníamos que usar de parapetos las puertas delanteras para "fer barraqueta", como se dice en Cataluña. Y eso que el cielo de la meseta castellana es también un paisaje descomunalmente bello. Los castaños que recuerdo podían hacer "barraqueta" a ciento y la madre. Si me inspiran tanto desprecio y desagrado los que apagan una colilla en un árbol, no les digo lo que me inspiran quienes queman el monte. No lo digo.
Se suele decir que las flores de los castaños huelen a semen y podría ser. Aún conservamos en Galicia la cama de mis abuelos, que era sencilla pero de castaño, madera que disuade las carcomas. Ahora es tiempo de "crocas", esas capsulas picudas en donde se conservan las nueces de las castañas. En Galicia se comieron castañas de forma generalizada -parece que los árboles los introdujeron los romanos- hasta que aparecieron las patatas traídas de América, no menos suculentas. Hasta hace poco el mundo se dividía en arroz, patata y trigo como alimentos básicos, y algo de eso queda. Yo podría comer toneladas de puré de castaña y no cansarme nunca. Las castañas que tomamos en otoño para postre en casa no se hacen asadas, se cuecen con su piel interior y hinojo. Al parecer la frase "Toma castaña" proviene del hecho de que por sus propiedades curativas bien podía hacerse una letanía para la cual a cada dolencia podría responderse "Toma castaña". La frase ha tomado otra deriva, no exenta de agresividad, pero exactamente el significado sería algo así como conclusivo, nada más.

"La música callada". 
Fotografía de Josep Pujol Ricart registrada en SafeCreative *1309275830053

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