11.7.14

Literatura, vida y autoficción



ace años que leí Sufrir de amores, de Terenci Moix y hoy releo en su prólogo de Carlos Castilla del Pino -ya fallecido también- : "Por entonces no era fácil en este país nuestro el que alguien proyectase hacer de su vida literatura [...] Independientemente de los condicionamientos sociales de entonces -la política, la Iglesia- parece claro que, tomando conciencia de un cierto reduccionismo, siempre se puede diferenciar dos tipos de escritores: unos, para los cuales hay en su vida una parte que ocupa la literatura; otros, para los cuales la vida parece ser en su totalidad literatura".
Obviamente, según el neuropsiquiatra, Terenci Moix formaba parte de la segunda clase de escritores. Y el orden no implica preferencias. Siguiendo esta especie de clasificación se diría que para Oscar Wilde su vida también era la literatura, aunque nos cueste aceptar tamaña simplificación. Su carta en la prisión de Reading a Lord Alfred Douglas, mientras esperaba sentencia, tiene -siguiendo con las simplificaciones- dos claras partes: una que diríamos, sin reparar en matices, de reproches y otra que es una meditación sobre el sentido de la vida del artista, consagrada al arte. Las lecturas que he visto por ahí sobre De profundis como un canto a la libertad y contra la represión sexual son pasto de internet. Aunque está claro que De profundis es un canto a la libertad contra la represión sexual, eso es algo que le precede y en realidad ya lo da por aprendido ("Lessons learned" dicen los ingleses). La retahíla de reproches y el repaso que hace al tiempo de la relación con Lord Douglas es un buen modelo sino epistolar o autobiográfico sí de declaración. Con la cantidad de componendas y manejos, con el exceso de autocomplacencias que una ha encontrado en el género memorialístico, ver un texto tan natural y veraz conmueve. No es una apologia pro vita mea. No hace de sí un personaje. Eso a pesar de que tampoco puedo evitar pensar que Wilde dedicó su atención a un hombre de quien lo mejor que podemos decir es que era cruel y egoísta. 
En realidad, Beatriz y Laura tal vez no fueron mejores, y también nos sorprende que por ellas y la suprema ilusión tengamos dos obras principales en la historia literaria, la Commedia y el Canzionere.
Wilde le reprocha a Bosie que lo hubiera apartado de su quehacer literario, que exige una entrega grande y muchos ratos de soledad, una pureza impensable, pero con su particular estilo lleno de gradaciones se recrimina asimismo por haber cedido a sus demandas. Desde el año 2014 y en un barrio de Barcelona no podemos menos que leer la carta como testigos de una relación lamentable que llevó al escritor del éxito al ostracismo pero que no le contraprestó la menor compensación amorosa. Que un hombre de la penetración de Wilde sucumbiera a las exigencias y luego al desdén de Lord Alfred Douglas es una pena que bien merece el reconocimiento de haber sido confesados con una claridad impecable. Y es que, parafraseando a Castilla del Pino, podríamos hablar de vidas que pretenden recomponerse con los recursos literarios de ficción (construir un personaje a la medida de la capacidad de fabulación y encubrimiento de cada cual), vidas psicoficticias o autoficticias que empalidecen ante la literatura llena de vida. Paradoja donde las haya.
Me propongo leer pronto Almas muertas, una novela donde parece que Gógol agotó lo que en ruso se conoce como póshlost (пошлость) , palabra que refiere el regodeo en la propia vulgaridad o banalidad o zafiedad. Algo así. Generalmente se ha venido relacionando con el filisteísmo, palabra cuyo puente entre la literatura y la religión siempre me desconcertó. Hasta que la vi usada por Oscar Wilde:

"Hubo de luchar principalmente contra los filisteos. Es esta una lucha que todo hijo de la luz vese obligado a proseguir. El filisteísmo era la característica de la época y del pueblo en que él vivía. Por su hermética mentalidad, su inflexible rectitud, su monótona ortodoxia, su adoración a los ídolos del día, su exclusiva preocupación por las cosas groseras de la vida material, su risible engreimiento y su suficiencia, los judíos de Jerusalén, contemporáneos de Cristo, eran exactamente iguales a los filisteos británicos de nuestros días. Cristo clamó contra los "sepulcros blanqueados" de la respetabilidad, y ha dejado esta expresión grabada para siempre. El éxito mundano era para Él algo absolutamente despreciable que carecía totalmente de significación y la riqueza, una carga abrumadora"
Oscar Wilde, De profundis



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