15.9.14

El arte de la momificación de los plátanos

a vimos en un post previo algo sobre la moralina y la modalina, es decir sobre el concentrado medicinal de moral y sobre los modales. La moralona vendría siendo lo que tenía el Alcoyano cuando seguía participando en la liga, una  moral a prueba de todo desaliento. Distingo lo que sería la moralina edulcorada con oxitocina de cielo a lo Paulo Coelho de lo que es la moral alta.  La moralina no necesariamente está fundamentada en la virtud o en la pureza de intenciones, aunque se sirve de algunos elementos que lo hacen creer y fijan una especie de halo rosa con irisaciones serafínicas  o tropezones de testosterona empresarial y coaching tetragonádico. La moral alta tiene que ver con personas de las que no se suele hablar porque su valor ni cotiza, ni es merecedor de pasar por un esperpéntico Guinness ni reúne las condiciones para un reality ni para los subgéneros épicos relacionados con la supervivencia de enfermedades largas, raras o tremendas. Me interesa tanto Clint Eastwood como modelo de vengador o de longevo como el arte de la momificación de los plátanos.
No voy a hablar del valor que hay que tener para volver al trabajo, quien lo tiene, después de un fin de semana más largo de lo que vienen siendo los fines de semana. No voy a hablar del coraje que hay que tener para leer el diario. Tampoco merece atención la cuesta de enero ni otras cuestas cuya pendiente es proporcional a la estupidez de quien estiró mucho el brazo. Hablo de la gente normal pero que se sale de lo común por su entereza y su brío ante situaciones que parecerían desesperantes, difíciles o simplemente muy trabajosas. Como dijo una vez que yo recuerde Luisa Cuerda, cada vez va habiendo menos gente normal. Y eso no parecerá políticamente correcto, pero conviene de vez en cuando recordar aquello de la discriminación positiva o inversa. También nos estamos empezando a hartar de mordedores de medallas y influencers o tuitstars, de a ver quien la dice más gorda, de quien la tiene más grande, de monjas cojoneras y de rabiosos y escocidos.
Este fin de semana hice una pequeña excursión con mi octogenaria madre. La buena mujer nació el año 1934 y hubo una gran temporada de su infancia en que solo podían comer si no había temporal y se podía ir al mar a pescar y cuando lo que habían minado los franceses durante las dos primeras guerras mundiales había respetado alguna cría. Es decir que la mayor parte del tiempo tenían algo de comida, pero no mucha. No sé si fue esa penuria o la gran cantidad de fósforo que ingirió con las cabezas de pescado, que la suya es firme como la presión de las lapas en las rocas. Domina el arte de hacerse la tonta hasta aquel punto en que si conviene -solo si conviene- tiene que sacar la inteligencia. Su estado natural es imbatible especialmente si añado que no es fácil que se desaliente. Anteayer, cuando me di cuenta de que estábamos a mitad de camino, que caía un sol de castigo, que no había agua y que era tan descabellado volver como seguir en redondo, vi un letrero que indicaba que estábamos a 3,5 km de nuestra meta. Así que intentando demostrarle un denuedo que no tengo, le mentí y le dije fingiendo alegría aquello tan usado de "ya estamos llegando". En realidad calculé una hora, quizás 45 minutos. Y lo pasé fatal pensando que le podía dar una pájara. Y la mujer se puso a cantar animadamente aquel corrido de Pedro Infante, "Ya vamos llegando a Pénjamo". Tenemos unos viejos que no nos los merecemos.
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La imagen de hoy es de Martha, la perra a la que Paul MacCartney dedicó la canción "Martha my dear", que no era una novia ni nada que se le parezca, pero que quiso con todo su corazón.

Otros perros del álbum: Crab, el Perro itzcuintli de Frida Kahlo, el de María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo pintado por Goya, su perro semihundido, el griffon belga de "Peor imposible", el terrier de los Arnolfini.

Martha, la perra pastora de Paul McCartney (¿1968?)

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