4.9.14

La luna que yo pida

"Cuando el triunfador o el político descienden de su asiento
 posterior en el coche oficial, sus miradas desatienden
 las miradas curiosas de la fulaña, la chusma y el populacho.
Posan. La mirada parapetada tras una ventanilla, transparente,
tras una mesa imitación de caoba de bancario, o la atención flotante
 no es que mire más allá del que se tiene delante,
como pasa con las miradas perdidas, es que no mira.
Digo yo. No es la mirada de las estatuas, abismada en la absoluta belleza,
no es la mirada de los videntes sobre lo evidente.
Es la mirada de los inhumanos o desalmados
y la de los muertos vivientes."
(autocita)


Ha probado ya una casi todo lo que dicen que repele los mosquitos. Últimamente uso un producto que lleva citronella y que en teoría es un remedio fulminante contra la atracción de los dípteros, pero no uso tanto como para que me moleste a mí misma. He recibido la educación que he recibido y el hecho de tener que llevar encima una mancha en la ropa o una carrera en las medias o simplemente que se me descosa un botón, puede desestabilizar mi bienestar, mucho más incluso que haberme olvidado el teléfono móvil en casa, el libro que estoy leyendo o cualquier otra zarandaja -como la tarjeta de crédito- sin la que en realidad se puede vivir e incluso mejor. Así como soy generosa con el perfume y el agua de colonia que me gustan, porque me gusta el olor que queda, no lo soy con la citronella, porque aunque no tiene un olor desagradable más bien evoca una sensación como de fumigación o de correccional o algo por el estilo. A ver, no es que me den ganas de invadir Polonia, antes invadiría otro país. Más bien es un tema de confort.
Nuestras vidas serán los ríos pero básicamente son un equilibrio entre repeler y agradar, es decir entre ahuyentar todo cuanto no nos gusta o nos perjudica y atraer todo cuanto sí nos gusta. Luego la manera en como se las compone cada cual es en donde entran los factores de estilo, la psicopatología del camuflaje y el exhibicionismo, y la presión del medio que por un lado nos invita a ser caritativos pero por otro nos incita a aborrecer a una buena parte de la humanidad, la mala. Lo mismo sirve para la escritura, para los escritores. A mí no me importaría escribir como Azorín si yo fuera una escritora, pero resulta que tal vez en el intento de ser otra me perdería la aventura de encontrar mi propia voz. 
Hay gente muy leída y muy escrita que admite públicamente que no lee a un determinado autor por animadversión ideológica. Bueno, esas son las palabras con las que yo traduzco una observación que he venido haciendo en los últimos años. Como es natural me inspira más interés un texto que haya podido escribir (me lo estoy inventando) un profesor de alemán de Hungría, con todo lo siniestro que puede llegar a resultar ese planteamiento a poco que piense, que el que haya podido escribir un yihadista. O no, tal vez me podría incluso interesar el texto escrito por un yihadista, aunque solo fuera por ver cómo funciona su pobre cabeza. Todo me interesa.
En este país, como de otra manera dijo Antonio Machado, siempre podríamos estar a la greña. Cada vez me resulta más difícil permanecer incólume entre tirios y troyanos cuando sin pretender ocupar equidistancia alguna o una neutralidad para la que no estoy hecha, contemplo discusiones bastante desabridas sobre cualquier tema opinable, tomando yo partido por lo que me dicta mi propia razón pero sin casarme con nadie. La caterva de tramposos que hay en la red me arrebola. Una posible definición para tramposo -enlazando con el tema introductorio del repelente de insectos- es el de quien no sabemos si se mueve para camuflar o para exhibir. No me gustan los tramposos (se arranquen por fakes, por happenings o por la chapuza). Lo demás, esté a mi derecha o a mi izquierda, me importa menos.
No hace mucho un pobre diablo que pretendía hacer uno de aquellos encuentros de ex-alumnos de secundaria que son inasequibles a cualquier tipo de repelente, se llegó a poner muy pesado en mi correo-e. De hecho acometió mi cuenta con un mensaje en el que venían a la vista unas cuantas direcciones más. Con todo el tacto posible le contesté que gracias pero que no me interesaba la cena y que por favor me quitaran de la lista de distribución. A lo que, para situarles, podría añadir que me temo que se hacía en una discoteca o algo parecido. En cualquier caso en un lugar poco ventilado y con una acústica que difícilmente resisto con holgura. Se ve que no le sentó bien mi respuesta y la suya, por lo que puedo ahora recordar, fue a cajas destempladas y me pretendió insultar diciendo que yo era de "la caverna". Y es que a su entender cuando una persona no desea recibir mensajes indiscretos con direcciones a la vista e invitándole a fiestas que no le inspiran más que temor, esa persona es -otro clásico- una fascista y una retrógrada xenófoba o casposa. Extrapolo. Como tengo una cierta tendencia a la inflamación nasal y poca paciencia para la estupidez no tardé nada en contestarle que él, el insidioso remitente de los correos no deseados, nunca jamás se había dirigido a mí en los 4 años en que coindicimos durante los estudios de BUP y COU, y que no veía yo el objeto de que lo hiciera más de 25 años después. Pero mi segundo y último mensaje es otro tema, el que traje hoy es el de la manía de insultar.
No sé si se habrán enterado de que en Cataluña tenemos de rabiosa actualidad un tema, el "procés" de la independencia, que divide y une a sus ciudadanos, incluso a los que no tienen derecho a votar, que son los menores. Porque todos los demás tenemos derecho a votar, aunque se haya montado toda una falaz compaña donde se exige algo que ya existe. Si algún catalanista lee estas líneas con la rapidez de un sexador de pollos o incluso más me situará en mi contra. Y resulta que a mí, todo esto que me empieza alternativamente a fastidiar y a apenar según el día, no me parece una cuestión fácil de dirimir. Hay en mi propia familia y muy cerca catalanistas o independentistas sin grieta. Entre mis amistades de toda la vida también. Gente muy querida. Y los que aquí viven saben que en este contexto lo que se suele hacer es evitar con según quien según qué temas.
Al "silencio de los corderos" que abruma las sociedades con un predominio económico del comisionismo y la economía sumergida, a la hipocresía social que abunda en las comunidades populosas y altamente aclienteladas, a la discreción de los cautos y los pusilánimes, hay que añadir como otro factor de refracción óptica el soslayo constante de todo cuanto pueda ser motivo de fricción. Pero a veces, retomo el tema de las miradas de un lejano post que se tituló "Los hombres y las mujeres", ese silencio no es como aquel que se remata con la frase "Ha pasado un ángel". Es un silencio en el que la mirada evita encontrarse con la del opuesto, por no mostrar su hostilidad. Terrible mirada, que nada tiene que ver con la de las estatuas abismada en la contemplación de la belleza.
¿Qué papel le queda al escribidor que pretenda desbrozar el panorama sin erigirse en una especie de gurú? La respuesta para mí está acaso en los autores que representaron la sociedad que conocieron sin limitarse a la pintura costumbrista ni al panfleto soflamado. Aunque sería fácil acudir al esperpento y a la parodia esta vez se debería acudir a intentar entender a cada cual. Y no sería tampoco mala idea someter a los personajes al avatar de tener que pasar por roles opuestos y abandonar los sitios habituales de las novelitas de la Guerra civil por, no sé, el Peñón de Gibraltar o un piso del Somorrostro. 

Hipopótamo (¿"Lotus"?) y Betty Jay. Barnes Circus (1930)

1924

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