30.10.14

Las sombras

"Entonces cada persona hacia una señal a su masa para no confundir los panes que se iban a meter al horno. Unas por medio de un hierro parecido al de las reses, pero en pequeño, hacían su señal, con una letra, o con lo que tuviera diseñado en el hierro. Las que no tenían, hacían una señal con dos dedos, o un rebaje en la esquina de la masa.
Cuando estaba aclarado el que correspondía a cada una, por medio de palas se introducía en el horno.
El pan una vez hecho, lo llevaban a casa y lo conservaban en artesas tapado con un tendido de lana. Este pan podía durar sin estropearse hasta 8 días."
"El horno" (Caracenilla, Cuenca)


uando yo era pequeña y pasaba el verano en Fisterra (La Coruña), a veces mi abuela o mi tía hacían una empanada. Veía el proceso de su preparación como todo un acontecimiento. Creo que la obsesión de las gallegas con el punto de la masa solo es comparable al de los valencianos por sus puntos del arroz, y comprendo que no es algo  de lo que despreocuparse porque cambia mucho una masa de otra masa solo algo mejor. La cocina de mi abuela Pepita era tan minúscula que el acontecimiento suponía una reorganización de su pequeño dominio y buena. Por hacerme los "honores" culminaban la faena modelando unos palitos con los que fabricaban una eme con la que identificaban la empanada antes de que yo la llevara a la tahona. Me figuro que en la actualidad todo el mundo tiene un buen horno, incluso eléctrico, con todo tipo de funciones y potencias y autolimpiado y grill y en fin de todo. Pero hasta no hace tanto lo normal era llevar la empanada a la tahona y en épocas anteriores, tal y como recojo en la cita sobre Caracenilla, se llevaba el pan que se amasaba en las casas. De ahí en definitiva provienen las marcas del pan.
Y algo parecido ocurría con el ganado y con los enseres de los marineros. Es el caso de las "marcas dos mariñeiros" de A Guarda, en Pontevedra, con las que señalaban la propiedad de sus aparejos y demás. Hay algunos signos que me recuerdan al alfabeto cirílico croata, del cual apenas tengo la más ligera idea. Son marcas muy esquemáticas y que nos hacen sospechar que estarían pensadas para no poder ser transformadas (a favor de un "nuevo" propietario). 
Una vez que ingresaron a mi padre en una clínica para ajustarle la medicación, tuve que marcar sus pañuelos. Mi padre usaba los pañuelos de paño y usaba muchos (cosa de diez pañuelos diariamente), así que mi madre pertrechó cosa de cien pañuelos que yo tuve que marcar con ayuda de un rotulador de tinta permanente negro. Escribí cosa de cien veces "Domínguez" y ahora me doy cuenta de que nos hubiéramos evitado tanto trabajo si nos hubieran permitido substituir un apellido tan largo por una marquita. El caso es que al cabo de un mes se murió y todos los pañuelos, esos y otros tantos, junto con toda su ropa prácticamente, fueron a parar al Cottolengo
Hace unos años entre los artículos de fiesta destaca, siempre a mi entender, esas señales que se usan para distinguir los vasos de cada cual. Y el terreno de la personalización de cuanto se nos ocurra es ilimitado, especialmente en un mundo en el que hay tantos objetos y tanta personalización. 
Pero lo que siempre me ha fascinado no han sido ni los pelos ni las señales, ni las huellas, ni los sellos ni la escritura. Lo que más me ha fascinado han sido las sombras. Nada nos representa tan bien en el espacio y en el tiempo como nuestra sombra.

Tošo Dabac. Pod Zidom Street, 1939

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