4.11.14

Mi camino entre fantasmagorías

El tao que puede llamarse tao
no es el verdadero tao.
El nombre que se le puede dar
no es su verdadero nombre.
Sin nombre es el principio del Cielo y la Tierra;
y con nombre, es la madre de las diez mil cosas.
Desde el No-Ser comprendemos su esencia;
y desde el Ser, sólo vemos su apariencia.
Ambas cosas, Ser y No-Ser, tienen el mismo
origen, aunque distinto nombre.
Su identidad es el Misterio.
Y en este Misterio
se halla la puerta de toda maravilla.
Lao Tse. Tao Te King, I


pté por lo más parecido a lo que los chinos llaman Wu Wei o "no acción". O no-respuesta. Que es una idea que está tan profundamente enraizada en China como lo está, por decirlo rápido, el taoísmo. Ante uno de los dilemas humanos que nos venimos cuestionando desde hace tanto tiempo y que en Hamlet adoptó la forma de su celebre monólogo (¿Ser o no ser?), el taoísmo -por decirlo de una forma más que simplificada- optaría por el no-ser. Pero no es una especie de irresponsabilidad, de indolencia, de falta de compromiso, de desestimiento o de nihilismo revanchista ni de una resistencia o desgana a lo Bartleby de Melville. Tampoco es abnegación. Es, para ir centrando la pelota, una forma de no dejarse llevar por el ego y sus fantasmagorías. Entre las fantasmagorías se encuentran muchas veces las palabras, el universo libresco de los sentados (les assis, de Rimbaud). Por eso una de las condiciones del tao es la de no tener nombre (aunque se pueda traducir como "camino"). A la que lo tuviera, a la que tuviera un nombre, dejaría de ser tao.
A veces, yo que estoy tan poco dotada para las lenguas, estudiaría chino por el mero placer de abismarme en el Tao Te King, como dicen que Joan Maragall estudió alemán por el placer de leer a Goethe. A lo mejor sería para acabar diciendo aquello de "tanto tao para nada".
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Estos ilustradores alemanes que tanto me gustan (Carl Spitzweg, Gerard Glück, Michael Sowa, Wolf Erlbruch) hay quien los considerará pueriles, en el sentido infantilista superferolítico. Cuando vemos una oveja vestida con un delantal de cuadritos parece que nos van a explicar una historia apta para niños de 3 años. Y tal vez algo de eso hay porque el ilustrador apela a nuestro yo más puro, al carozo de nuestra identidad maltratada por nuestra necesidad de ganarnos la vida, de no ser molestados, de ser incluso del agrado de otras personas. Las ilustraciones de Spitzweg, Glück, Sowa y Erlbruch, cada cual en su estilo, retratan escenas perfectamente reconocibles desde nuestro pequeño mundo burgués. Un mundo que parece estar desintegrándose. Ahora que apenas llevábamos 100 años de historia del soutien o sujetador, resulta que todo parece sucumbir ante nuevos tiempos y una nueva era que se han querido asimilar -no muy descabelladamente- a los siglos de barbarie que precedieron a la Edad Media.
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Perdido en un rincón de "El País" leo un reportaje titulado "Y no volverán las oscuras golondrinas" sobre la desaparición dramática de aves en el planeta. No se destaca mucho más otro reportaje sobre las torturas de niños kurdos por el EI yihadista. Cuesta establecer qué noticia es más importante, sobre todo cuando una noticia ha dejado de ser noticia para convertirse en un tema, como ocurre con el espacio dedicado a diario a Convergència Democràtica, Esquerra Republicana de Catalunya y sus brazos llamados civiles (Òmnium cultural y la Assemblea Nacional de Catalunya). No sé si es la noticia más importante de hoy, pero sí la que más me interesa (la de las oscuras golondrinas que no volverán).
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Un día encontré un verso chino que era idéntico a los de las oscuras golondrinas de Gustavo Domínguez Bécquer. Pero cuando quise encontrar el verso de Bécquer perdí el verso chino. O tal vez era de Marià Manent. El caso es que ya había notado que cada vez se veían menos gorriones (Passer domesticus). Y lo que sí se ven son aviones. Cada cinco minutos pasa uno por aquí arriba.

Wolf Erlbruch

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