25.11.14

"Toparor"

A Mslvr
"A la hora de la comida, Booz le dijo: "Acércate aquí, puedes
comer y untar tu pan en el vinagre".
le ofreció grano tostado. Comió ella
hasta saciarse y aún le sobró. Cuando
se levantó ella para seguir espigando, Booz
ordenó a sus criados: "Dejadla espigar también entre
las gavillas y no la molestéis. Podéis sacar incluso
algunas espigas de las gavillas y las
dejáis caer para que ella las recoja y no la riñáis".
Rut 2, 14


No sé como se llamaba el tonto de mi pueblo de la generación de mi madre. Así que le llamaré Toparor y luego diré porqué. El de la mía se llamaba o llama Tulitatis. Tenía yo un amigo que vivía cerca del bar de Celestino, en la calle de Santa Catalina. Como ninguno de los dos teníamos teléfono (fijo, se entiende) le llamaba desde Barcelona adonde Celestino, descanse en paz, y me lo llamaban al momento. Una vez me cogió la llamada Tulitatis, el tonto del pueblo, como venía diciendo. Y no conseguir nada me llevó cosa de 250 pesetas, que para mí eran dos libros de bolsillo o dos semanadas. Tenía el título bien ganado. Pero yo el mío también.
Años después telefoneé al Monasterio de El Escorial para hablar con el hermano bibliotecario y se me puso un niño. El Monasterio de El Escorial es enorme. 205x162 metros de planta y su punto más alto alcanza 95 metros, apunta la Wikipedia. Pues me atendió el teléfono un niño que no tendría ni 8 años. Que estaban todos en una celebración y no había nadie. "¿Nadie?". Yo no digo que el niño mintiera, pero sí digo que es imposible que no hubiera alguien. Bueno, tanto como imposible no, pero sí anómalo o inconveniente. Ante mi incredulidad todo lo que conseguí del niño es que admitiera que no podían atender la llamada por el aperitivo y que no había nadie para tomar el recado. Hoy en día la comunidad es de 28 agustinos, no sé entonces. Comprenderán mi respeto al teléfono.
¿Hará falta aclarar que lo que quiero señalar no es la impericia de mis interlocutores? Lo que quiero señalar es cómo la suerte nos interpone los que elige no por la ley de la oferta y la demanda sino por una especie de probabilística absurda. Los de la ley del karma dirán que algo hice para merecer ésto. A ver, confesaré que en la boda de mi primo pequeño nos dieron unos abanicos a las mujeres y unos bolígrafos a los hombres (bueno, lo de los bolígrafos no estoy segura). Nos los pusieron en la mesa al lado de unas tarjetas con nuestros nombres. En nuestra mesa estaba mi hermano en su papel estelar de bisagra, con una parte de la familia leonesa de la novia, completamente desconocidos. Me gustó más el abanico de la señora de al lado, que aún no había llegado, que el mío. Eran todos iguales pero de diferente color y a mí me combinaba mejor el de la señora de al lado. Se lo cambié. Tal vez por eso estoy en mala racha y hay tantas cosas que se me tuercen, por haber hecho trampas de fullera aquel día. Pero, mira, si la vida funcionara así -que pienso que no- pues paso.
Toparor era el tonto del pueblo de la generación de mi madre. El zapatero, Agustín, le ponía a su paso en la Calle Real, algún objeto que le hiciera ilusión y que le salía como al encuentro. El tonto se ponía muy contento y le decía a Agustín: Eu son mui topador!, pero pronunciado "toparor" ("Soy muy encontrador, yo"). No le veo mala intención al zapatero remendón pero la historia me parece que no es una caridad como la que le hacían a la Rut bíblica sus cuñados, dejándole trigo como si hubieron hecho la siega según lo acostumbrado, cuando en realidad le dejaban más granos de la cuenta para que ella los encontrara al espigar. Los segadores respetaban a los espigadores. Supongo que actualmente con las máquinas no hay ni segadores ni espigadores. A Agustín le divertía lo contento que se le ponía Toparor y ya está, no hay que darle más vueltas.
Otro cariz toma ese darle cancha, plasma y oídos a Nicolás Gómez, llamado "El pequeño Nicolás". Recuerda la atención que le prestaban los Duques en el Quijote a las insensateces del Sancho Panza de la Segunda Parte, que le seguían la corriente de tal manera que no podía ser más que cruel. Sancho Panza pasó de la sensatez a la ingenuidad, a la que lo sacaron de su entorno y sus posibles. Nicolás Gómez, sea un megalómano o un canapero, no puede o no debe estar en antena todo el día.
Por lo demás,  el título de tonto oficial es -como el de los aristócratas- único, mientras que los monstruos proliferan y dominan el ambiente, como si no quedara gente de bien y de fiar. Siguiendo con la parábola bíblica, los periodistas serían los que hacen las balas de paja.
*
A los monstruos les salen imitadores, a los tontos no sé. Que Duran i Lleida haga una plataforma o cosa que se llama Construïm, creo, no se nos escapa ni a los tontos del pueblo que es uno de sus intentos de justificar su existencia en el panorama político. Y un calco de la estrategia Podemos. Ya no coge las muletas para evitar comparecencias o acortarlas, pero busca una razón de ser en inventos que ya quisiéramos que merecieran al menos una desaprobación seria. Ni eso. Ya nadie puede tomar en serio ni a Josep-Anton Duran ni a Josep-Anton Lleida.
*
En gran parte el dialecto fisterrán de aquel tiempo se explica por el bocio endémico, el desdentamiento, la bronquitis crónica, la sed monstruosa y la lluvia. Que se cierren las vocales más que en el gallego oriental o central no ayuda en nada.
Finisterre (c.¿1930?). Cerdos y gallinas en el muelle. Punta do almacén.

(c)SafeCreative 1411252597047