6.12.14

Las puertas giratorias

"Hace estúpidos a los consejeros del país,
a los jueces vuelve locos.
Desciñe la banda de los reyes
y les pasa una soga por los lomos.
Conduce descalzos a los sacerdotes,
acaba con los poderes establecidos.
Quita la palabra a los confidentes,
a los ancianos arrebata el juicio.
A los nobles llena de desprecio,
afloja el cinturón de los fuertes.
Desvela la hondura de la tiniebla,
saca a la luz las sombras.
Suscita naciones y acaba con ellas,
promueve pueblos y los suprime.
Deja sin talento a los jefes del país,
los guía por un desierto intransitado;
van a tientas, sin luz, entre tinieblas,
tambaleándose lo mismo que borrachos."
Job, 12: 17-25



David pintó muchos cuadros de difuntos: Héctor, Marat, Sócrates, etc. Pero el menos conocido es el de Joseph Bara o Barra, muerto por los contrarrevolucionarios a la temprana edad de 13 años. Aunque Jacques-Louis David se guardó de que pareciera un ángel a mí me da la sensación de ser un ángel héroe. No recuerdo que hubiera ningún ángel héroe en el libro de Rafael Alberti, Sobre los ángeles (1929).  En su pecho asoma una escarapela tricolor, que es lo único que nos permite identificarlo contra el Antiguo Régimen y el rey Luis XVI.  Luis XVI, Marie Antoinette y Joseph Bara murieron el mismo año. El niño, sin juicio.
Por una desafortunada confusión, en el artículo de la Wikipedia sobre el agua de Valencia, se dice que se sirve en la copa María Antonieta, cuando lo que debería poner es que se debe servir en la copa Pompadour (por la marquesa). Imperdonable es que ese mismo artículo tal y como está hoy desarrollado no hace ninguna referencia al buck fizz, cóctel de parecida composición (naranjada y cava) pero documentado mucho antes. En la Viquipèdia nos encontramos con la misma afirmación, de que Constante Gil fue el creador del combinado conocido como "aigua de València". Constante Gil, por cierto, vivió en Valencia pero había nacido en San Salvador de Taragoña, concello de Rianxo, comarca de La Coruña que limita con Pontevedra.
El año 1793 también fue el que guillotinaron a Olympe de Gouges,  del ala girondina, esto es, moderada. Precisamente se opuso a la pena de muerte de Luis XVI pero ya sabemos que de nada sirvió. Nos dejó la Déclaration des droits de la femme et de la citoyenne (1791), que iba dedicado a María Antonieta, la de la copa Pompadour, y de la cual les dejo un pequeño ejemplo en prenda de su probidad como pionera del feminismo, expresión del todo justa.


Hoy en que se celebra o se condena nuestra Constitución Española de 1978, incluso quienes nunca la han leído, me parece oportuno incorporar este retalito de la historia de las mujeres, sobre todo de las de mi género, ya que hay algunas que apenas se han liberado e incluso están más sometidas de lo que nunca hubieran podido imaginar hasta las jacobinas.
Además de los errores de foco o cortedad de miras, como el del invento del taragoñés Gil, hay errores semánticos como el de la copa de champagne inspirada en los pechos de la marquise de Pompadour (confundidos irreverentemente con los de la reina Marie-Antoinette d'Autriche). Pero entre todos los errores el peor es el de la hostilidad.
No hay absolutamente nada de lo que yo me haya lamentado en esta vida de lo que pueda decir que estoy libre de culpa.  Casi todas las faltas que yo hubiera podido recriminar, en mayor o en menor medida también podría admitir haberlas cometido. Naturalmente siempre existirá el grado y las circunstancias atenuantes aquellas que siempre tienen en cuenta los jueces.
Hace pocos días confesé haberle cambiado mi abanico por el suyo en una boda a otra invitada, porque nos los habían dejado como objeto de cortesía y creí que el que le había tocado a ella (color malva) me combinaba mejor con mi blusa (color aguamarina tirando a azul cadete). También podría confesar haber imprimido alguna cosa personal en mi trabajo o haber salido 30 minutos antes de mi hora alguna vez, aunque fuera excepcionalmente. Se dirá que son tonterías, pero si bien lo pensamos y en conciencia lo consideramos en todo cuanto pasa a nuestro alrededor veremos que sea por error o por horror o por omisión todos tenemos faltas, excepto los que delinquen.  
Si hay alguna falta que intento evitar a toda costa es la hostilidad. Por lo menos en sus variantes de desprecio, ninguneo, abucheo, linchamiento, etc., y en lo que ahora llamamos "depredación". ¿Nos daremos cuenta de que no se puede vivir así? Hasta en los libros religiosos, no ya la Biblia, sino por ejemplo el Baghavad Gita, hay episodios de enfrentamiento a muerte, por causa más o menos razonables. 
Releo Job. Dicen, si me está permitido una expresión anacrónica, que era la lectura preferida de San Juan de la Cruz. Literariamente es una belleza. Lo suelo leer en español simplemente porque la letra de mi biblia de Montserrat, cuya traducción me parece mejor en casi todos los casos, es inalcanzable a mi perjudicada vista. Lo que va de "Hace estúpidos a los consejeros del país" a "Retira la paraula dels experts" es inasequible a mis pretensiones en este blog y a mis conocimientos de hebreo, nulos. Pertenece a la época áurea de la literatura judía y por lo tanto su traducción es complejísima, y porque es un libro sagrado.
La suerte de Job y todo el proceso al que le somete el demonio con permiso divino es un tema que no deja de ser actual. De ser un hombre pío se convierte en un hombre desesperado hasta que vuelve a aceptar que todo es como aquel que dice lo mismo. Ese efecto es asombrosamente aprovechado para la magna perversión de las puertas giratorias, y no estoy cayendo en un error semántico como el de las copas Pompadour. 
Entre jacobinos, girondinos, ángeles, héroes, errores, víctimas y hostiles, es difícil que alguien como yo, que no está ni con los tirios ni con los troyanos, atraiga simpatías. Pero sé que las que obtuve están bien ganadas.


Muerte de Joseph Barra (1779-1793) por Jacques-Louis David

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