31.12.14

Risas enlatadas y latosos

n mayo de 2013 el actor Josep Maria Pou interrumpió su actuación de "A cielo abierto" cuando estaba representando la obra en el Teatro Calderón de Valladolid tras oír sonar el undécimo móvil en la sala. El último, casi cuando la obra llegaba a su fin, sonó en la primera fila y Josep Maria Pou le espetó a la señora del móvil "¿Por qué tenemos que aguantar esto?", a lo que siguió una serie de protestas que le salieron del alma y que merecieron una cerrada ovación. 
Yo he visto a Josep María Pou actuando y la transfiguración que experimenta para adoptar su papel es prodigiosa. Al final de una obra, que es donde se suele acumular el mayor clímax, se le podía ver como con 70 años y durante los minutos en que salió con los otros actores para saludar al público desde el escenario parecía tener 50, de golpe ser otro hombre. Eso requiere una concentración que por disciplina puede ser tomada y abandonada pero no sin un esfuerzo que sería innecesario si el público fuera considerado. Considerado y respetuoso para con los que están trabajando y para con los que están disfrutando de un espectáculo.
A pesar de que al principio de las representaciones se pide que el público insonorice sus móviles, que hubieran 11 sonando consecutivamente no me extraña a la vista de lo que veo a mi alrededor. Luego decían que es que estaban de guardia, pero de guardia telefónica se ha estado siempre -cuando habían buscas- y la gente desactivaba el sonido. También se podrá decir que los jugadores de fútbol juegan con un ruido atronador con insultos a veces a sus madres y a ellos mismos, cuando los jugadores de tenis es tradicional que jueguen en silencio, silencio que velan los jueces de silla cuando al principio de un set recuerdan "Silencio, por favor". Nótese que no se pide a la gente que se calle o que no hable o que no haga ruido, se les ruega silencio, que es otra cosa. El silencio adquiere así cualidades positivas, afirmativas. Es un silencio fecundo.
Es curioso porque de la misma manera que es difícil mantener el silencio, incluso en el Auditori o en el Palau, y ya no digamos en las bibliotecas y en los hospitales, en espectáculos o representaciones donde se esperaría la participación del público, por lo menos en mi ciudad resulta que o es inexistente o pacata. La primera vez que actuó José Mercé en el Auditori, abriendo una noche flamenca inolvidable que duró hasta las cuatro de la mañana, la platea paya no se movía. Y sin embargo unos palcos que estaban llenos de gitanos hervían, por no decir que salían y entraban de la sala como Pedro por su casa. Jaleaban de acuerdo con lo que convencionalmente se espera en el flamenco, a punto. No ponían un "arza" o un "ole" a destiempo y que no tocara. A mí me pedía el cuerpo jalear también, pero estaba convencida de resbalar fuera de compás y solo me movía en la butaca como un manojillo de pellizcos y escalofríos.
Tengo observado, especialmente en los mítines del PSOE, que cuando habla el orador y levanta la voz lo hace como para indicar que le aplaudan. No es al revés, es decir no es que suba la voz porque le aplauden sino que le aplauden porque sube la voz, cosa que es perceptible hasta para mí. Cuando Pedro Sánchez se transfigura en King África quiere decir que hay que aplaudir. 
En algunos programas de TV con público presente les indican cuando tienen que aplaudir. Hay una persona en el plató que les va marcando, como un director de orquesta, en qué momento exacto tiene que entrar la ovación. De la misma manera en programas de humor grabados estadounidenses se incorporan risas enlatadas, que son como mojones donde reparar que hemos oído o visto algo gracioso. En las películas de intriga nos ponen una musiquilla como de suspense y así cuando aparece el asesino parece que nos hace un mayor efecto.
La gente molesta con sus móviles onanistas, especialmente cuando se supone que están con otra gente, aunque los tengan silenciados. Porque le oí a una entrevista al mismo Josep Maria Pou que desde el escenario no solo se oyen mejor los móviles que desde la platea sino que se ven las pantallitas brillando porque hay personas (es un decir) que las consultan a cada momento.
Una de las actrices españolas que ha demostrado crecerse en las morcillas es Charo López. Cuando asistí a una representación de "Tengamos el sexo en paz" recuerdo que la abría repasando "El País" del día, aparte de que interpelaba al público -como también lo hacían en "El Molino" las vedettes- y éste respondía al caso. Fue ella quien una vez cuando le sonó un móvil durante una representación dijo alto y claro: “Si es para mí, dígale que estoy trabajando y no me puedo poner”.

"Me impide mirar mi teléfono cada dos segundos"
Liam Walsh



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