20.1.15

Las ratas

divino que habrá textos con una mayor concentración de gas que el del recorte que incorporo hoy al Álbum como broma. Resulta que el espacio dedicado en The New Yorker a la misma noticia, la determinación para este año de 2015 de Mark Zuckerberg (Facebook) de leer libros, se encabeza también como "The new Oprah?". El artículo de The New Yorker es posterior al de "La Vanguardia", que creo -no estoy segura- que era de Joana Bonet.
No le he dedicado ni un minuto de mi vida a Oprah (más que el tiempo para incrustrar este enlace), ni a Mark Zuckerberg ni a ninguna página que recomiende lecturas, que muchas hay e incluso de calidad. Generalmente no atiendo a los prescriptores de libros ni me producen el menor interés las novedades ni me suscita curiosidad la obra de un nobel desconocido, ni me inspiran confianza alguna los tuits que empiezan "Magnífico artículo de..." (sean por favores debidos, por amiguismo, etc.). 
Hoy estuve leyendo La miseria del historicismo, de Popper, que no es que sea un descubrimiento ni mucho menos. Aunque bien podría decirse que en algunas cuestiones a las que se refiere el ensayo se ha perdido desafortunadamente terreno, tampoco es como para señalar su poder innovador. Si acaso me interesa ver cómo el filósofo ataca toda posibilidad de que se puedan hacer pronósticos en Historia y en otras disciplinas ancillarias y de que en ella no encontremos la robustez de las ciencias auténticas sencillamente porque no son refutables. Es un libro interesante para mí no tanto porque me de respuesta alguna a lo que me interesa o porque coincida con mi manera de ver las cosas sino precisamente porque tiene una forma de ver las cosas que no es cómoda. Es más, pienso que más de uno -que no fuera aficionado a la epistemología, claro- le diría que si tan inconsistentes resultan los fundamentos de la sociología y demás que a qué viene discutirlos. 
En el fondo la gran cantidad de factores que intervienen en los fenómenos históricos y su imprevisibilidad es lo que los hace fascinantes. Río. Porque han habido en la historia cientos de señores como Pablo Iglesias (Podemos) y, como en un gigantesco calidoscopio, su fisonomía se definirá cada vez que transcurra un ciclo dado. El hecho de que los metereólogos y los economistas abunden pero sean incapaces de predecir una ciclogénesis perfecta y una crisis, respectivamente, no los hace menos válidos para dedicarse a interpretar los datos y criticar lo que hacen otros profesionales. Otra cosa es que se consideren más serios y necesarios que los que escriben cuentos para niños o los que planchan los disfraces de las chirigotas. Eso no, por favor.
El hecho de que las ratas se acostumbren a los experimentos y que acaben por ser inservibles como modelos, al menos para lo que se les tenía preparado, también da buena cuenta de una de las miserias del cientificismo. Hay más. No creo que Hopper abogara por el cientificismo, sin embargo. Al menos hasta donde he leído eso es lo que se deja caer. Y si una cosa tengo clara de lo que sé sobre su trabajo, es que para él solo existían dos ciencias, la Física y la Lingüística.
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Naturalmente en mi oficio de bibliotecaria-documentatonta he tenido que recomendar unas fuentes por encima de otras. A veces me he visto instruyendo sobre el despiadado arte de la criba de materiales que solo nos harán perder el tiempo. Con tres o cuatro indicaciones inicias a cualquiera. La inocencia bibliográfica dura si se lee poco o mal. 
Otras veces he tenido que expurgar de la biblioteca de pacientes todo cuanto eran suicidios o historias escabrosas que no me parecían adecuadas para un ingreso hospitalario o para alguien que pasara por un proceso patológico, aunque estuviera por determinar. Cuando me he visto contra las cuerdas teniendo que recomendar un libro para un enfermo siempre he aconsejado recurrir a las autobiografías o las biografías de personas que pudieran infundir en el lector ánimos, conformidad, ejemplos, modelos, ideas. Por lo demás soy de aquella generación para la cual la mejor manera de producirle un interés irrenunciable por algún libro era prohibiéndoselo.

Con este recorte de prensa doy por concluida mi serie sobre la innombrable liaison entre la publicidad y la literatura. Es la última entrega. Estoy por hacer una del narcotráfico y el periodismo.

Recorte de "La Vanguardia" del 17 de enero de 2015

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