3.1.15

Libro vivo (y III): doctores tiene la Iglesia


"Por fin llegó el día de verme libre efectivamente
 de mi profesión de retórico, de la que ya me había
 liberado efectivamente. Sucedió que me sacaste
mi lengua donde ya habías sacado mi corazón".

San Agustín, Confesiones, IX, IV

Probablemente la figura más opuesta a Teresa de Jesús, de entre las monjas cojoneras que aún ahora abundan, sería Sor Juana Inés de la Cruz o Juana de Asbaje, cuyo tricentenario -tanto si nació el 1648 como si nació el 1652, me pillará con 77 años. Como calculo que ya no escribiré aquí, ya dejo dicho -sin entrar en otros detalles- que en la época de la mexicana era muy difícil leer con normalidad en España, no así en el virreinato, por lo que muchos libros que allí se podían conseguir, aquí era impensable siquiera conocerlos. Cuando publiqué el post sobre el mito de Eco y Narciso ya me referí a El divino Narciso (1690) de la monja culterana, en donde la ninfa se expresa en verso y parece un trasunto de Sor Juana, tan ingeniosa que no es difícil imaginarla como un fenómeno de feria cortesana. No nos debe cegar el feminismo para admitir que se pasaba de redicha.

Me interesa traer aquí, del capítulo 27 del Libro de la Vida el texto sobre Pedro de Alcántara:
«16. Y qué bueno nos lo llevó Dios ahora en el bendito Fray Pedro de Alcántara! No está ya el mundo para sufrir tanta perfeción. Dicen que están las saludes más flacas y que no son los tiempos pasados. Este santo hombre de este tiempo era; estaba grueso el espíritu como en los otros tiempos era; estaba grueso el espíritu como en los otros tiempos, y ansí tenía el mundo debajo de los pies. Que aunque no anden desnudos ni hagan penitencia como él muchas cosas hay -como otras veces he dicho- para repisar el mundo, y el Señor las enseña cuando ve ánimo. ¡Y cuán grande le dio Su majestad a este santo que digo, para hacer cuarenta y siete años tan áspera penitencia, como todos saben!
17. Quiero decir algo de ella, que es toda verdad. Díjome a mí y a otra persona, de quien se guardava poco (y a mí el amor que me tenía era la causa, porque quiso el Señor le tuviese para volver por mí y animarme en tiempo de tanta necesidad, como he dicho y diré) paréceme fueron cuarenta años los que me dijo havía dormido sola hora y media entre noche y día, y que éste era el mayor travajo de penitencia que havía tenido en los principios de vencer el sueño, y para esto estava siempre u de rodillas u en pie. Lo que dormía era sentado, y la cabeza arrimada a un maderillo que tenía hincado en la pared. Echado, aunque quisiera, no podía, porque su celda -como se save- no era más larga de cuatro pies y medio. En todos estos años jamás se puso la capilla, por grandes soles y aguas que hiciesen ni cosa en los pies, ni vestido, sino un hábito de sayal, sin ninguna otra cosa sobre las carnes, y éste tan angosto como se podía sufrir, y un mantillo de lo mesmo encima. Decíame que en los grandes fríos se le quitava y dejava la puerta y ventanilla abierta de la celda para, con ponerse después el manto y cerrar la puerta, contentava el cuerpo, para que sosegase con más abrigo. Comer a tercer día era muy ordinario; y díjome que de qué me espantava, que muy posible era a quien se acostumbrava a ello. Un su compañero me dijo que le acaecía estar ocho días sin comer. Devía ser estando en oración, porque tenía grandes arrobamientos e ímpetus de amor de Dios, de que una vez yo fui testigo.
18. Su pobreza era estrema y mortificación en la mocedad, que me dijo que le havía acaecido estar tres años en una casa de su Orden y no conocer fraile, si no era por la habla; porque no alzava los ojos jamás, y ansí a las partes que de necesidad había de ir, no sabía, sino ívase tras los frailes. Esto le acaecía por los caminos. A mujeres jamás mirava; esto muchos años. Decíame que ya no se le dava más ver que no ver. Mas era muy viejo cuando le vine a conocer y tan estrema su flaqueza, que no parecía sino hecho de raíces de árboles. Con toda esta santidad era muy afable, aunque de pocas palabras, si no era con preguntarle. En éstas era muy sabroso, porque tenía muy lindo entendimiento. Otras muchas cosas quisiera decir, sino que he miedo me dirá vuesa merced que para qué me meto en esto y con él lo he escrito; y ansí lo dejo que fue su fin como la vida, predicando y amonestando a sus frailes. Como vio ya se acabava, dijo el salmo Laetatus sun yn is que dita sum miqui, y hincado de rodillas, murió". »
Teresa de Jesús, Libro de la vida, cap. XXVII
El texto es el editado por O. Steggink para Castalia, con su puntuación y fijación. El autógrafo de la santa carece de signos ortográficos y no iba numerado. 
Teresa de Jesús no menciona en la  Vida  a nadie por su nombre excepto a Francisco de Borja y a Pedro de Alcántara. Dos santos. No hay en el libro otros nombres ni apellidos, ni el suyo siquiera, ni el de sus padres, ni el de una ciudad o convento, ni el de su orden ni de orden alguna. San Pedro de Alcántara (1499-1562) aparece al comienzo de nuestro texto y reaparecerá en otros dos capítulos: en el XXX, para referirse a que "había traído veinte años cilicio de hojalata continuo"; y en el XXXIX para referirse a que fue de los pocos a quienes vio subir derecho al cielo sin pasar por el purgatorio.
La "otra persona" a la que se refiere es María Díaz, quien tuvo a San Pedro por guía espiritual y a quien Santa Teresa conoció en casa de doña Guiomar de Ulloa. A San Pedro debió de conocerlo hacia 1560, cuando él tenía 61 años y ella 45. "Vuesa merced" es el dominico García de Toledo, a cuya consideración iba dirigida la autobiografía. Las veces que aparece este "vuesa merced" a lo largo del libro resitúan al lector frente a una carta de gran recorrido.
Alguna otra ocasión, no pocas, la santa se dirige expresamente a Dios. Por otra parte, como hay en la Vida lo mismo pasajes parenéticos que de expansión lírica y hasta un bloque que va de los capítulos 11 al 22 conteniendo una especie de tratado doctrinal de los grados de oración, el "vuesa merced" asimila la virtud de reconducir la escritura de la santa obedientemente al objeto que se propone y sin excursos. El apelativo añade naturalidad y vivacidad a lo escrito, lo autentifica.
La ausencia de nombres propios en el Libro de la Vida (LV) agiganta la aparición de Fray Pedro de Alcántara en el capítulo XXVII. García de la Concha ha interpretado el interés de Santa Teresa por las cosas en su dimensión trascendente. Las vivencias, los sucesos y el mundo sensible en general están al servicio de la "demostración del esquema dual: grandeza de Dios/miseria del alma que cede a las tentaciones del binomio Satanás-mundo" (*). Para la escritora Dios sería por decirlo de una vez el único nombre.
Gracias a su ignorancia del latín disponemos de un documento del castellano que se podía hablar en el siglo XVI. En las líneas finales del texto nos encontramos con una de las escasísimas citas textuales del LV.  Su transcripción del salmo 121 (¡Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor!) es defectuosa. En vez de "Laetatus sum in his quae dicta sunt mihi" transcribe como de oídas: "Letatun sun yn is que dita sun miqui". Además, no se trata de una cita al modo escolástico ni retórico, sino que va formando parte del relato diegético. 
No dejaría de ser incómodo para los que sí sabía mística "teulojía" que la andariega reformadora, la hija de un judío converso, tratara de asuntos que les estaban vedados por ser mujer y por no ser letrada. Por las dos cuestiones o por cualquiera de las dos cuestiones. Obstat sexus, replicó Pío XI (1922-1939) ante la propuesta de proclamarla doctora de la Iglesia. Santa sí, doctora no.
Quinientos años después la situación de la mujer no es mucho mejor. En algunos casos hasta es peor, aunque a veces no tan a las claras como lo manifestara el Papa número 259. En la actualidad, si no me equivoco, hay cuatro doctoras de la Iglesia: Santa Teresa de Jesús y Santa Catalina de Siena (proclamadas por Pablo VI), Santa Teresa de Lisieux (proclamada por Juan Pablo II) y Santa Hildegard von Bingen (por Benedicto XVI).


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(*) V. García de la Concha. El arte literario de Santa Teresa. Barcelona: Editorial Ariel, 1978. Letras e Ideas. Maior; 13: 205.

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