21.2.15

La voz exterior


ay poquísimas. Encuentro en el Pinterest de ASV algunas fotos de mujeres que llevan peso en la cabeza, muchas de ellas africanas.  Y también tengo en mente las imágenes de los sufridos porteadores nepaleses cargando pesos que igualan al suyo y a una altitud trabajosa. Que en las grandes hazañas de la humanidad se obvie el esfuerzo de los porteadores y pasen a la Historia los héroes que se encumbraron sin apenas cargar con una pipa o un cortaúñas, es algo que no vale la pena señalar pero que nunca me cansaré de repetir. 
La imagen de hoy o muy parecida yo la he visto en mi niñez cientos de veces. Naturalmente un peso así no se carga en la cabeza un buen día de golpe. Esto, como tantas cosas, empezaba a la más tierna edad con un cestito pequeño o una lechera o con un balde de agua y paulatinamente se iba incrementando la fuerza. La figura de las mujeres se veía embellecida con la postura, que obligaba a caminar con la cadera bien puesta y la cabeza erguida y, lo más bonito, asentarla sobre la espalda con pequeños ajustes que contrarrestaban la rigidez. La rigidez que impone la técnica de caminar con un libro en la cabeza para aprender a ir derecha hubiera destrozado sus espaldas. También era bonito de ver como, sin que se moviera ni un pelo la patela, su contenido ni el rodete de ropa donde se aposentaba, las mujeres eran capaces de desplazar diez quilos de ropa lavada o de pescado o de verduras o de patatas, a veces hasta veinte quilos, y al mismo tiempo darle un cachete a un hijo y hacerlo a tiempo.
La mujer de nuestra fotografía lleva las almadreñas sobre la ropa que carga y va descalza porque va más cómoda, cuestión que tiene mucho que ver con que camina por una corredoira que no está alisada ni por el uso ni por la mano del hombre.
Pienso en que estas mujeres, a las que nunca les dolían las cervicales ni las lumbares ni se quejaban de la espalda, cuando me doy cuenta de que prácticamente todas las mujeres que yo conozco tenemos alguna molestia o dolor en la espalda. Y las que no la tienen la tendrán. También pienso en una nota de prensa de los psiquiatras esta semana, en la que pronostican que el año 2030 la depresión será la primera causa de discapacidad. Las mujeres trabajadoras de hace cien años o menos tampoco tenían depresión y la que tenía depresión es que no tenía remedio y estaba peor que mal, con una enfermedad mental severa. No había tiempo para la depresión. Y si una mujer tenía necesidad de hablar o chafardear hacía como que iba a por agua a la fuente o iba al lavadero público o al molino.
No es posible ni deseable volver a los usos del pasado, pero que haya que compensar el sedentarismo con zumba y pilates o sacar el perro a pasear tampoco me inspira regocijo. Un día volveremos al pilates para recordar las lesiones producidas por la moda ochentera del aerobic. Parece ser que Jane Fonda, que debe de haberse cambiando ya las rodillas por otras biónicas, le da ahora a la marihuana con el mismo ahínco que ponía en la coreografía muscular.
Me muevo entre varios diarios y varias emisoras de radio sin problema, como en un magma. Incluso hoy oí a Manuel Jabois y ayer escuché a Pilar Rahola, en Onda Cero. No dejo de tener en cuenta que cada cual se gana la vida como puede y sabe. No es que me haya convertido en una persona líquida, es que me he llegado a distanciar de mi propia forma de ver las cosas y a veces veo que todas las opiniones tienen por igual algo de aprovechable y algo de reprochable y hasta he llegado a considerar su escasa incidencia sobre la realidad y no digamos sobre la verdad. 
Firmo mi demolición cuando también me distancio de las modas del coaching, el marketing y, la última ola, la teoría de los juegos. Por lo menos la teoría de los juegos tiene fundamento. Los del coaching nos llenan las redes sociales de consejos y ánimos pero nunca les hemos visto hacer algo que no sea animarnos a hacer algo. Tal vez es mejor que no hagan nada, si tengo que decirlo todo.
Yanis [sic] Varoufakis, también conocido como Varoufucker, ministro griego de finanzas, al parecer es un experto en teoría de los juegos. Lo que nos gustaba de los juegos es que son eso, juegos, que se hacen por el placer de poner en marcha unas reglas cuyo fin simplemente es ejercitar nuestra inteligencia o nuestros reflejos, competir, vencer. Una época acribillada por la confusión entre lo público y lo privado se ve superpuesta por otra época en que abundan los fakes y estrategias propias de la ficción. Al final, no les extrañe que la literatura y el teatro se conviertan en la reserva de la realidad. La ficción como refugio de la debilidad o de la cobardía repugnan. La imaginación tampoco debería ser un sucedáneo de la memoria. Para dejar volar la imaginación hay que tener valor porque se rebasan los límites de la razón.

Fueron los antiguos griegos quienes dejaron dicho que las cosas son según la opinión que tenemos de ella y en eso pensaba yo ante todo cuanto traigo hoy aquí. Y en mi madre, que ya no le encuentra gusto en subirle el bajo a unos pantalones pero puede pasar toda una tarde arreglándole una camisa a un oso de peluche. La buena mujer ya ha llegado a aquella etapa de la vida en que las opiniones cuentan lo necesario.



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