18.3.15

Un saco de sal

A principios de octubre pasado empecé una serie de posts sobre Rosaura Rubio, amiga que falleció el diez de diciembre. "El quinto pino de Neverland" fue de cuando la localicé en Google, por una documentación que había de cuando entró a México por Cuba, con sus padres, que fueron artistas. Después la localicé de la manera convencional pero nada dije porque me parecía insensatez revelar detalles de su estado. Yo le había perdido el contacto en cuanto se jubiló, cuando aún vivían sus padres, Ena Suriñach y Ernesto Rubio, que murieron a una avanzada edad y que prácticamente hasta el final de sus vidas gozaron de buena salud y creo recordar que hasta jugaban al mus o a uno de esos juegos de naipes que requieren su claridad mental. Esa época coincidió con una época en la que yo tuve que resituarme en este mundo y empeñar un esfuerzo descomunal en hacerlo sin ruido ni dar queja. De manera que perdí el contacto con mucha gente y mucha gente lo perdió conmigo. 
El día siguiente de escribir "El quinto pino de Neverland" telefoneé a Rosaura y atendió mi llamada no ella sino una de sus cuidadoras. Pronto supe que padecía esclerosis lateral amiotrófica y que no podía hablar. No obstante la cuidadora me la puso al teléfono y yo sí le pude hablar y pude oír su voz, aunque solo fueron dos o tres exclamaciones. Su magnífica voz, porque no en vano era la hija de un tenor y una soprano y había tenido su educación musical (piano). Aquellos sonidos que me brindó venían de lo hondo y sin embargo era una expansión de afecto y alegría. Le dije que la iría a visitar a su casa, suponiendo que ella no podría andar, y me puse más o menos de acuerdo con su cuidadora. Pero la semana siguiente, al concretar con otra cuidadora la hora, noté que algo no iba bien. Y faltando a mi palabra falté a la cita. Contrariamente a lo que se pudiera creer no me sentí mal por fallar de esa manera a una enferma, porque estaba convencida de lo descabellado de haber pretendido recuperar el contacto. Incluso puedo decir que al menos de forma patente me olvidé del asunto. 
Sin embargo, un domingo por la tarde me llamó al teléfono la cuidadora con la que había hablado el primer día y me contó lo mucho que les había costado encontrar mi número y que Rosaura me quería ver. Rápidamente me di cuenta de que mi amiga había comprendido mi temor y que había corrido a poner remedio a mis dudas. todo ello sin haber mediado palabra entre nosotras. Se había dado cuenta de que yo quería verla pero que me había desmoralizado la segunda cuidadora, la cual seguramente hacía su trabajo muy bien pero que en el trato me resultó un poco arisca. No sé si nunca apreciamos en vida suya bastante la discreción, la inteligencia y la sensibilidad de mi amiga.
Nos vimos finalmente un día de noviembre entre semana y por la mañana. Me recibió en pie y me acompañó a una salita donde estuvimos juntas un buen rato con Nina, su perra (una grifona maltesa). Allí sentadas usó una tablet con sintetizador de voz donde tecleaba cuanto me iba diciendo. Lo más adverso que me dijo es que cada día estaba un poco peor. Tenía 83 años y hacía dos que había notado que le costaba hablar y respirar. Pronto la diagnosticaron de E.L.A., una enfermedad que yo pensaba que se manifestaba hacia los 40 años pero no al final de la vida. Si bien lo pensamos, tuvo la suerte de que fuera así y no antes, porque como dije murió al mes siguiente. 
Habíamos acordado volvernos a ver pero con una tercera amiga, convaleciente de dos operaciones de cataratas, por lo que la llamé el 6 de diciembre para vernos el 13 de diciembre. Nos presentamos en su casa en la hora determinada pero allí no había nadie. Era un sábado. El martes siguiente le pedí a una compañera del hospital si me podía mirar en nuestro sistema de información si estaba ingresada. Había ingresado en Urgencias el día 9, por insuficiencia respiratoria, y había muerto el día 10.
Durante los días que transcurrieron entre nuestra cita y el Día de la Constitución, cuando la telefonée, yo había estado subiendo a internet unas canciones de un disco que me regaló, de su madre. La verdad es que lo hacía madrugando mucho o trasnochando mucho, porque algo me decía que había prisa. De manera que el día que la telefoneé pude al menos decirle que las canciones que su madre había grabado estaban en el dominio público en pequeños videoclips que estuve editando con la escasa documentación que conseguí. Hice lo que me dictaba el corazón, que muchas veces es incomprensible.
Me había parecido durante nuestra entrevista que sus padres eran de la mayor importancia para ella, especialmente porque no había tenido hijos y vivió soltera. Tal vez consideraba que ella era el último punto de conexión entre los dos artistas y la rabiosa actualidad, que a su muerte todo el mundo que ella había conocido en gran parte sucumbiría. El día que la fui a ver en algún momento se impacientó ante la pantalla, donde se le atropellaban las letras, porque no podía levantar las manos. Se ayudaba haciendo vacilar el tronco del lado del conveniente del teclado. Pero además se ahogaba, cosa que me hizo pensar que ante un catarro lo iba a tener pero que muy mal. Como así fue.
Al salir le pedí que no me acompañara a la puerta, la noté débil, con lo que aproveché para preguntarle a la cuidadora si tenía muchas visitas. Ninguna. Familia, poca y lejana, en los dos sentidos de la palabra "lejana". Creo que no es corriente, incluso para los que sí tienen descendencia, que se llegue a los ochenta años conservando una vida social plena. Es gracias a sus ahorros por lo que pudo disponer de ayuda en sus dos años de enfermedad con atrofia muscular y los otros síntomas habituales no menos crueles. Pero es muy frecuente, sobre todo en las ciudades, apreciar la soledad de los ancianos y en general la de los enfermos.
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Ya he comentado más de una vez aquí lo mucho que me repugna el "amiguismo", esa forma que tenemos las personas de apoyarnos  coyunturalmente. No quieran saber el desagrado que me inspira el "Asinus asinum fricat" (un asno rasca a otro) y las cadenas de favores entendidas como una forma de hacer perdurar los cotarros, incluso los inmundos. Llamarle "amistad" a todo ello me parece el colmo de la perversidad.  La otra aberración sería la hipocresía, que no es menos repugnante.
La amistad, tal y como la entendemos en nuestros años de inocencia y hasta de ingenuidad, existe, pero es un bien que con los años se revaloriza. Si con el tiempo solo quedan unos recuerdos comunes, una cierta afinidad, el cariño o el gusto en el trato, no se podrá cruzar una disensión, una desatención y tal vez un reproche (?) sin que se agríen los buenos momentos. Con lo que en muchos casos hay amistades que nos defraudan, especialmente cuantas más expectativas les hubiéramos concedido, porque ocasiones para seguir cada cual sus propios intereses hay muchas.
Hay un refrán catalán que nos dice que para conocer a un amigo te tienes que comer un saco de sal, que es mucha sal. Y a lo mejor con menos ya se llega a la misma conclusión, pero es bien cierta. Y para comer un saco de sal hay que tener ganas.

Camille Pissarro. Route de Versailles, Rocquencourt (1871). Van Gogh Museum.

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