15.4.15

Piloto automático

ace tiempo escribí un post de los que me gustan, sobre la subasta de la partitura que regaló Tárrega a una alumna, con los “Recuerdos de la Alhambra”. La subasta se produjo en plena crisis global y ni siquiera hubo tanteadores japoneses y la partitura sigue en manos de su actual propietario, Fernando Alonso Mercader, que la adquirió a la viuda de Mompou por canje, aunque la ¿ingrata? alumna se la había regalado a Llobet. La cuestión es que la subasta fue a la inglesa, que se practicó al alza, y cuando el subastador ofertó el precio de subida (80.000 euros) se produjo un silencio muy poco musical, a pesar de que no fue embarazoso porque se respiraba el respeto. El respeto se podía cortar.
En las subastas a la baja, que fueron las primeras, las de las esclavas, se acaba por vender todo, me figuro. Y en ello pensaba yo cuando me he dado cuenta de lo mucho que elimino. Elimino por descarte. Muchas puertas se cierran o no se abren y sin embargo hay tantas que tampoco está mal que las puertas a su manera ayuden un poco a que no pretendamos hacerlo todo. La primera vez que entré en un supermercado neoyorquino me dio como medio jamacuco al enfrentarme a la zona de las galletas. Había tantas galletas que para mí era imposible decidir qué paquete tomar. Y eso haciendo una criba que permítanme que les diga que de no haberme sentido abrumada hubiera podido hacer con notable eficacia debido a la gran cantidad de galletas que he probado.
A veces, si tengo mucho tiempo libre, me estreso porque quiero hacerlo todo, además de “estar en misa y repicando”. Y todo todo no se puede hacer, aunque se puede hacer mucho. En general –además de haberme dado cuenta de lo de las galletas- también soy consciente de los problemas que crea aspirar a hacer una cosa y la contraria. No digo yo que alguna vez se pueda conseguir, pero en general hay que renunciar a algunas cosas. Es a veces agotador y cuesta admitirlo, sobre todo a la vista de que hay muchos lugares en el mundo donde no hay opciones o hay pero son muy escasas.
A veces, por más opciones que se nos ofrecen, parece que todo es un poco lo mismo y que de hecho no hay sitio para el milagro, palabra de la que para mi gusto se abusó tanto que ya no la reconoce ni Cristo ni cristo. Me gusta en aquella contraposición que tanto gustaba a su vez a Maria Mercè Marçal, porque además anagramatizaba las iniciales de su nombre: “Miratge, mirall, miracle” (“Espejismo, espejo, milagro”). En español se pierde el étimo central, por el predominio de especulum, muy “productivo” –como se suele decir en Lingüística- en léxico, pero para mi gusto no tan sugestivo como mirari (“admirar”). El milagro sería para mí al menos no tanto el hecho que se produce por intervención divina como el hecho que cataliza en un momento posibilidades de escasa probabilidad. No sé si me explico.
El alfil del ajedrez puede atravesar todo el tablero pero solo en determinades condiciones y, si no estoy mal informada, es su prerrogativa pero a condición de su limitación de movimientos en comparación con otras figuras.
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Corría por ahí hace unos días un diagrama en el que se aconsejaba evitar en lo posible los círculos viciosos, los triángulos amorosos y las cabezas cuadradas. Estoy totalmente de acuerdo con estas nociones de geometría vital. A veces, añadiría, es bueno poner el piloto automático y seguir una línea recta.
Estoy deseando ver el estreno de “Shaun the sheep” (Richard Starzak y Mark Burton, 2015), porque nunca se acostumbra una a la humanización o antropomorfización de los animales, a puntos que es difícil concebir desde las obras de Samaniego, La Fontaine, Esopo y hasta Ovidio. En el fotograma que incorporo al Álbum creo que el cordero usa una lota yóguica (para el neti nasal). A no ser que sea un biberón. Pero mucho más sorprendente aún es ver otra imagen viral de un ciclista que lleva una cabra en la espalda mientras atraviesa una de las calles principales de Addis Abeba, en Etiopía.


Ciclista con cabra en Addis Abeba

"Shaun the sheep" (Richard Starzak y Mark Burton, 2015)
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(*) “Nadie pujó y las hojas de música permanecen pues con el actual propietario, Fernando Alonso Mercader, el cual las adquirió a la viuda de Frederic Mompou por canje. A través de la prensa este extremo se entremezcla con referencias al legado de Miquel Llobet y con la rivalidad entre éste y su maestro, Tárrega. El caso es que la partitura manuscrita lleva una dedicatoria para Conchita Gómez de Jacoby, pero la partitura impresa la dedicó Tárrega a Alfred Cottin. Y es que la Jacoby pasó de ser alumna y mecenas del compositor, y tal vez algo más, se dice, a ser alumna y mecenas de Llobet. Tárrega tendría 47 años cuando escribió la famosa pieza y Llobet 24. La substitución de la dedicatoria en la copia impresa nos hablaría no tanto de despecho como de mutis por el foro o retirada. Tal vez Conchita Gómez de Jacoby regaló el manuscrito a Llobet, pero no está tan claro cómo acabó en manos de Mompou, aunque sí lo está que a su viuda le sirvió para cambiárselo a Fernando Alonso por las “Impresiones íntimas” del pianista. La partitura de “Impresiones íntimas” no la veo en el inventario provisional del fondo Mompou legado a la Biblioteca de Cataluña” (Tontos, tantos y tanteos).

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