7.5.15

Panes, trucos y peces

Cada día hay en mi barrio más panaderias y asimilados pero no es tan fácil encontrar el pan que más me gusta. De una manera parecida, también podríamos hablar de que en los últimos años se multiplicaron las cadenas televisivas, las marcas de coche, las compañías telefónicas y otros productos y servicios que no son de primera necesidad seguramente, pero que consiguen hacerse indispensables. 
Entre los peligros que entraña entrar en una panadería no es el menor que te ofrezcan tres berlinas al precio de una, ya que si exponerse a la tentación de comer una ya es algo abrumador para una cincuentona a dieta que te ofrezcan tres al precio de una es inducción a la colesterolemia mala y con malas artes. El tema de las malas artes en el consumo no tiene fin. Sabríamos cuando empezaríamos pero nunca sabríamos cuando, donde ni como acabaríamos. Lo único que puedo pretender reflexionar hoy es que a pesar de la pretendida diversidad en la oferta de panes, peces, cadenas televisivas y compañías telefónicas, todas acaban siendo más o menos lo mismo.
Ayer le oí una entrevista grabada que le hizo Julia Otero al finado Jesús Hermida, donde él se explicaba muy bien desde esa experiencia tan rica que le había permitido juntar su larga y brillante carrera. Llegado un punto decía que ante una mala programación lo que había que hacer era usar el botón de apagado. Ustedes dirán que no hace falta reunir un gran caudal de experiencias profesionales para llegar a esa conclusión, pero lo que yo digo es que si un pionero como Jesús Hermida de todas las opciones posibles nos señala la del desenchufado, es como para no tomar en consideración otras. Que todos los canales de TV de máxima audiencia emitan exactamente los mismos programas o muy parecidos en las mismas franjas horarias no es como lo de los tres donuts, es acoso. Un acoso desolador y sórdido.
Sé que la gente joven ve mucho (o poco) la TV pero que la ve en podcasts y por lo tanto a su elección, pero mi relación con la TV es esporádica y a verlas venir, más aventurada. Ni siquiera me gustó nunca ver una película en vídeo -a no ser que tuviera mucho interés y no hubiera otra forma- porque el tiempo que le dedico a la caja tonta es el que le puedo dedicar cuando no sirvo para otra cosa. Y esa relación se administra con un solo botón, no con podcasts, agregadores, retuits ni recomendaciones. Sería, mal explicado, como quien abre una ventana por asomarse a un pedazo de la tarde o de la calle. Tal vez por todo ello soy más de radiofonía y a poder ser con sintonización manual.
Los programas de radio que puedo escuchar también se atropellan por cierto en sus fórmulas y en la misma franja horaria es posible encontrar formatos casi iguales. Dudo que se atrevan a hacer otra cosa, a salir de los caminos trillados. No me gustan demasiado los divos mediáticos que han ido proliferando en los últimos años, por la misma razón que lo de la ventana: si me asomo a la ventana y veo alguien que se hace notar no me hace tanta gracia como cuando veo gente normal que va a lo suyo. Muchos años, cuando más tiempo tenía que dedicarle al estudio, me acompañaba mucho un programa de Andrés Aberasturi, que creo que ahora ha vuelto a Radio Nacional de España. En aquel programa muchas veces ni siquiera podías luego decir de qué había tratado, y recordaba un poco a aquellas películas francesas en que parece no ocurrir nada pero donde nos reconocemos. En los divos siempre hay algo patético, mucho más patético que el payaso triste o aquel infeliz de "El ángel azul".
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Hoy me metí en impulsar una reclamación contra una compañía de electricidad por su prepotencia. No importa mucho el qué, puesto que es una práctica corriente en muchas compañías que se hagan los suecos o los chinos cuando se trata de ajustar la tarifa a la realidad. Curiosamente la conducta de todas las compañías -sean de telefonía como de energía como de lo que sea- es la misma y prometo por la gloria de mi padre que a veces no sabe una se está hablando con Movistar o con Endesa o si en vez de ser quien llamas eres quien recibe una llamada. Todas las tretas y truquillos de los locutores, emitidos como por la boca de autómatas descerebrados, son un nuevo lenguaje en el cual no es posible comunicarse ni se pretende. Ese lenguaje tiene palabras que adoptan significados inimaginables perversos. Y un contrato se llama "petición" y ya no digamos la palabra "reclamación", que adopta sentidos inconcebibles para el mayor de los poetas muertos y el menor de los poetas vivos. Pero no hay poesía alguna, por mucho que oda, y es simplemente inmundo, desconsolador, que haya gente que se gane la vida así.


"Dog with oranges" (George Booth)

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