5.5.15

Un giro de 360º

Noche sin luna,
río sin agua, flor sin olor...
Todo es mentira, todo es quimera,
todo es delirio de mi dolor.
Torre de arena (Marifé de Triana)



eo en "Un mentiroso" sobre un experimento que demuestra que los monos saben mentir. Considerar la mentira como un atributo característico humano nos concedería algún mérito. Y no tenemos mérito alguno. Pienso que los animales también mienten, aunque sea en un sentido amplio, cuando usan el camuflaje o sus trucos de apareamiento para atraer a sus congéneres. De hecho cada día estoy más cerca de pensar como mi abuelo paterno, que se había pasado gran parte de su vida en Nueva York y que tal vez por eso decía constantemente "Todo es mentira".  Hojeaba el diario y después de haberle dado un repaso decía su frase. Yo lo pienso pero no lo digo, para no entorpecer mi convivencia con las personas de mi día a día. Pero lo constato a cada momento aunque intente (infructuosamente) no cultivar esa idea. 
Hace unos días escribí algo sobre las clásicas seis preguntas de la prensa (who, what, where, when, why, how), donde en realidad había que preguntarse "¿Para quién?" (a quien beneficia). De un tiempo a esta parte he descubierto en mí dos condiciones que se podrían considerar patológicas: la tripofobia a los agujeros de los lotos y que de vez en cuando algunas veces por la madrugada necesito usar mi móvil para asomarme a la prensa digital y ver si ya se acabó el mundo. Prometo que es así. La tripofobia es bastante llevadera porque en Barcelona no es muy habitual encontrar lotos y sortear las imágenes en internet no es difícil. Lo mío con la prensa es del todo insatisfactorio porque si bien es cierto que mis visitas de comprobación no me desalientan (en mis ideaciones escatológicas), también lo es que son abrumadoras las señales de degradación, decadencia y degeneración pero siempre agónicas. El mundo no se acaba.
Según Alejandro G. T. el terrorismo islámico es de raíz religiosa puesto que se hace en nombre de Alá. Ante tamaña afirmación se fulmina todo argumento y un posible diálogo. Se parece al argumento del frigorífico de hoy. Aunque si yo hubiera querido iniciar una discusión probablemente hubiera partido de una afirmación paralela: en nombre del amor se han carbonizado los hijos de la pareja. Pero mi amor por las palabras y por la verdad, precisamente por lo mucho que me gustan, me impide desvirtuar un debate manteniéndolo en la semántica. En nombre del amor se han cometido muchos errores, ridiculeces, indignidades, engaños. Y como dijo el tertuliano y pintor Juan Adriansens, ya hace años, el amor es "la suprema mentira". Por el momento no sé de ninguna historia de amor que me permita creer en las bondades de una institución que no solo no evoluciona sino que pone en solfa las conquistas femeninas (las conquistas sociales).
Me comunicó ayer una amiga su divorcio, en caliente, tal vez demasiado pronto, pero ella no es persona de cubrir las apariencias. Y pienso en el gran caudal de energía que se pierde en cubrir las apariencias, sea para el camuflaje, sea para la ostentación. También pienso en ese programa de TVE, "Corazón", de gente guapa, que a veces irrumpe en mi tiempo de sobremesa los sábados, y donde se mezclan historias que permiten unos cambios de pareja vertiginosos de 360º, como diría nuestro inefable Pedro Sánchez, de un sábado para otro, sin que medie indicio alguno.
De camino al trabajo ayer en la estación de Passeig de Gràcia del lado amarillo una música cantaba Scarborough Fair. La letra, tan inflamada, me sonaba más bien como una fantasmagoria entre mis pensamientos en redondo.

Harry Bliss



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