18.7.15

La vida simple

"I give her my heart but she wanted my soul"
(Le di mi corazón pero quiso mi alma)


o son horas. Muevo el dial de la radio, de rosca, y encuentro publicidad de una clínica dental. Me imagino que a las cinco de la mañana está estudiadísimo que hay una gran demanda de cuidados de la boca. En la COPE sintonizo "Momentos con Luis Rodríguez" y una mujer llora por su situación de pareja. El técnico reproduce su última frase con un efecto de eco supongo que con la idea de que la voz se disuelva en la noche suavemente o de producir un ambiente sobrenatural. La verdad es que no consigo entender cual es el objetivo de ese efecto técnico de sonido, pero -tal vez por la hora- me resulta grotesco. 
También pesco algún programa grabado, con la inconfundible marca de que viene del día, no de la noche. Porque la noche, que tiene su propia naturaleza, no encaja en la fraseología de la mañana. Lo sé bien y decidí que hay cosas que pertenecen a la noche como hay cosas que pertenecen al día, y que las decisiones no pertenecen a la noche aunque en ella podamos desvelarnos, elucubrar, encontrar una singular inspiración, tan brillante como fulgurante puede ser su olvido. 
Ahora resulta inconcebible esa pequeña nueva era helada que han predecido los investigadores en el Encuentro Nacional de Astronomía en Llandudno, en Gales. Y sin embargo, qué extraña es la mente, aún más inconcebible me resulta que sea verdad lo que leo en mi móvil: que la temperatura en mi barrio en estos momentos es de 20ºC. Tal vez la sensación siempre busca el contraste, la sorpresa. Dejo de preocuparme por lo que se asoma a la pantalla del móvil y a las páginas de noticias de los diarios digitales, que parecen alucinaciones que apenas distingo en la modorra que aún me queda del sueño. En un par de horas esas noticias serán analizadas, tuiteadas y contratuiteadas por las miríadas, "la gente", que se dice ahora en el lenguaje del "cambio". Poco me fié nunca de quienes proponen un nuevo lenguaje -cosa que solo sería posible a costa de hacerlo ininteligible- porque crean una especie de realidad paralela. Ya no digamos confiar en las webs de la verdad.
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Admito, aunque a destiempo, la decisión de Antonio Muñoz Molina, el escritor, de retirarse de todo ese ruido, para cumplir su oficio. Escribir exige la paradoja de sentir lo que sienten otros y sentir lo propio pero también la labor titánica de hacerse a un lado un momento para cocinarlo. Digo "cocinarlo" y de inmediato borraría esa expresión porque aceptaría componendas, artificios. No.
Ayer noche volví a intentar leer Las 36 leyes espirituales de la vida (Diane Cooper) y cuando apenas llevaba 7 paginas lo arrojé lejos de mí a cambio de otro libro, Elogio del caminar (David Le Breton). Podría haber sido cualquier de los que estoy leyendo, unos por la mañana, otros por la noche. Lo curioso es que mi gesto no fue de furia y ni siquiera de tedio, fue en todo un acto de repudio. Pero, cuidado, ese libro le puede resultar útil en un momento dado a alguien. No hay enteramente libros condenables. Todo sirve. Otra cosa es que el libro se arrogase la alta función de saber encaminar a cualquiera y de explicar lo inexplicable. Fórmulas las justas. Lo bonito es que hay muchas maneras de llegar al mismo sitio. Si solo hubiera una manera, habría muchas personas descartadas de poder conseguir aquello que se proponen. Si solo se pudiera llegar a Zaragoza pasando por Lérida o solo se pudiera llegar a ser colaborador opinionólogo de "El País" pasando por una determinada puerta giratoria, por decir algo difícil y opaco, la vida no tendría la menor gracia. Y lo que parece una calamidad puede ser una bendición.
Se me atascó la tuerca de una dormilona, los pendientes que me pusieron en las orejas cuando me las perforaron en mi segundo día de vida. Quería quitármelos pero el de la izquierda se quedó atorado. Me eché 3 en uno directamente en el lóbulo, como si fuera un toque de perfume, y aquí me tienen.