4.7.15

Pandora sin caja

n pequeño vídeo en Youtube de Jesús Samaniego Guerra les puede servir como introducción al mundo de los Zomlings, unos muñequitos que en su primera serie reunió 100 personajes si mal no tengo entendido. Creo que desarrollan la idea de los Basurillas Zombies, pero lo desconozco casi todo sobre las dos colecciones y no es fácil situarse porque es un tema tan prolijo como lo podría ser el plantel de dioses del hinduismo, que no baja de 3000, o todo el santoral católico, que debe ir por ahí.
Estos días compré el zomling Pigol (el cerdito) para mi colección de cerdos, el animal totémico de los terroríficos Andrade. Supongo que el hecho de haber perdido de pequeña toda mi colección de muñequitos de goma de un solo zarpazo tiene algo que ver. Mi tía pequeña nos tenía amenazados a mi hermano y a mí con tirárnoslos todos en el tambor de jabón Omo donde los guardábamos. Habían indios a caballo, algún soldadito, algunos ejemplares del Topo Giggio futbolista todos con sus rebabas, y muñecos diversos, las canicas, las peonzas y alguna pelotita saltarina japonesa, todo formando un batiburrillo por lo diverso de la procedencia de los juguetes y porque lo diverso de los tamaños hacía difícil imaginar historias corales. Al final los alineábamos todos y con las canicas jugábamos a tirarlos al suelo. Debajo de casa había una peluquería, así que no pienso que molestásemos gran cosa. 
Un día mi tía pequeña tiró el tambor de jabón Omo con toda la fauna y flora. Solo por eso ya la tendríamos que haber matado [sic], pero éramos pacíficos y total el mal hecho era irreparable. Aunque supongo que por aquella pérdida me quedó un cierto desconsuelo que con el tiempo he podido aliviar con la colección de cerditos, recuperando en todocoleccion.es un Topo Giggio y ahora los zomlings. Para mi total satisfacción me faltaría un indio o aunque fuera el caballo del malo. Los zomlings tienen mucha gracia porque el material tiene aquella consistencia gomosa del plástico que es mucho más solido que el blandiblú o moco de dinosaurio, pero que temblequea como a veces temblequean las orejas de los ancianos cuando caminan, si son grandes.
Cuando me llegó por correo certificado mi Topo Giggio, a través de un coleccionista de Algemesí (Valencia), estuve cosa de 4 minutos para abrir la cajita que lo contenía y que reunía todos los datos para el envío y su identificación. Era un poliedro de base rectangular de cartón corrugado marrón concienzudamente rodeado con cinta de embalaje adhesiva transparente. Después de conseguir practicar una obertura resulta que había dentro un mazacote de papel de diario (página de pasatiempos) en cuyo interior había una bolsita de burbujas también precintada con cinta adhesiva. 
Verdaderamente no creo que hiciera falta precintar tanto un muñeco de plástico duro. Mi madre tiene un cubo de basura de aquella época y está nuevo. De hecho creo que la única forma de destruirlo sería por el fuego directo y no por un instante, o con un peso descabellado que consiguiera vencer el artefacto por aplastamiento.
A veces compramos un paquete de tuercas y parece que tendríamos que haber comprado también algo para abrirlo porque el precintado es insalvable con unas tijeras o un cuchillo normal.
Como cuando yo era una niña por haber había hasta granel. Recuerdo haber ido a comprar con 3-4 años la leche con mi lechera de litro y medio. Y más adelante el aceite, hasta que pasó lo de la colza y se suprimieron aquellos bonitos émbolos de aceite de oliva. Me asombraba que en Finisterre la gente comprara el azúcar a medida que lo necesitaba, siempre a granel. Compraban 100 gramos o menos y se lo servían en cucuruchos de papel de estraza. Usaban cucharas graneleras que medían por onzas. En el barrio comprabas una onza de chocolate para la merienda. No yo porque no pude comer chocolate hasta bien pasados los 30 años, por alergia. Además en casa no se consideraba que fuese un alimento, sino que consideraban que el chocolate era una golosina.
Hoy en día también a los niños les divierte más a veces el envoltorio de los juguetes, la caja de cartón, que el juguete propiamente dicho.
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Los seguros distinguen entre "continente" y "contenido". Y ha triunfado en cierta manera la expresión "content curator" para referirse a los bibliotecarios y documentalistas de toda la vida, a una de sus funciones, la de seleccionar, presentar, actualizar y estructurar informaciones de un determinado tema. Supongo que ese término viene de la necesidad de separar las funciones de quien diseña un espacio web y quien aporta conocimiento, datos o -como se decía antes en Filología- "el fondo" (por oposición a "la forma"). Lo de presentarlo en inglés es porque así resulta más moderno, supongo.

"Transmogrificador" (Calvin y Hobbes, de Will Patterson)

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