1.8.15

Los andares

n el Elogio del caminar de David Le Breton leí:
"Estamos en 1969. Unos hombres con el cuerpo pesadamente recargado, borrado, redefinido por una suma increíble de prótesis, cumplen un sueño, al menos el sueño de mucha gente: caminar en la Luna. Después de Cyrano o de los personajes de Julio Verne, después de Tintín. Uno de los astronautas, Neil Armstrong, vuelve sobre sus pasos, fascinado por esas marcas que imprimen el suelo del mar de la tranquilidad. Fotografía sus propias pisadas. Evidentemente, no son las marcas del pie desnudo de un Viernes cualquiera: este Robinson no tiene la intención de quitarse los pesados artilugios que le sirven de calzado. Me gusta imaginar -en contra de lo que realmente pasó, pero qué más da- que Neil Armstrong se siente prisionero bajo ese traje repleto de aparatos que sustituyen todas sus funciones fisiológicas para protegerlo del exterior. Sin sentir temor a una necesidad apremiante. Armstrong se pregunta, quizá un poco tarde, que [sic] está viendo, tocando, sintiendo, oliendo, degustando, la Luna. Se pregunta qué le contará a su hijo, cuando este le pregunte en el futuro qué sintió en ese momento. Y piensa de pronto con una nostalgia infinita en los ríos de su Montana natal (soy yo quien se imagina eso, aunque en realidad no sé de dónde es, y tampoco me importa). Quisiera quitarse la escafandra y sumirse en el mar de la tranquilidad, recoger un puñado de arena lunar y arrojarlo al vacío para ver si hay viento, correr y sentir el suelo bajo sus pies desnudos. Pero se siente ridículo, arrinconado bajo su instrumental, bajo sus microprocesadores, bajo este pesado traje que lo fuerza a caminar de forma tan patosa. "Qué estupidez estar aquí y no poder hacer nada más que mirar lo que millones de personas están mirando al mismo tiempo. Es como tener anginas y quedarse embobado temblando ante un agua límpida que incita al baño. Caminar sin cuerpo, con este cacharro en la espalda, ¡qué ridículo!" piensa amargamente (o al menos me gusta imaginarlo así)".
Suponer lo que sintió o pensó Neil Armstrong al caminar sobre el suelo de la luna es mucho suponer, aunque el episodio está bien traído para hacernos sentir o pensar a nosotros lo que significa caminar plenamente. Sabemos que los andares del astronauta estaban casi más entorpecidos por el traje que no por la falta de gravedad. Pero la falta de contacto real con nuestro satélite yo no creo que le supusiera al primer ser humano que pisó la luna frustración alguna. Siempre en comparación con la singularidad del momento y con lo dominada que está nuestra sociedad por el espectáculo y por todo cuanto es visto sin mucho esfuerzo. McLuhan nos previno. De otra manera no se entendería tampoco ese afán que tiene mucha gente por sumergirse en la profundidad marina pertrechada con un equipo más ligero que el de Armstrong pero que igualmente le aísla del contacto primordial.
En el agua existe la fuerza de la gravedad pero al parecer se ve contrarrestada por otra ley física que nos permite experimentar una sensación que no deja de ser curiosa. Como sin duda lo debe de ser tirarse en paracaídas desde una altura de 5.000 metros o ascender la Torre Burj Khalifa, situado en el centro financiero de Dubai, a 10 metros por segundo.
Imágenes, miles de imágenes a que apelar nos llevarían a pensar en los andares del león salvaje, la marcha de los elefantes, la carrera de las avestruces, el deslizamiento de las serpientes y hasta en el paradójico moonwalk que se atribuye a Bill Bailey ((2:05) pero que Michael Jackson llevó a su perfección ((3:44), cuando un bailarín parece caminar hacia adelante cuando en realidad camina hacia atrás. Hacia atrás pero no como dicen que caminan los cangrejos o en la última moda de los corredores neoyorquinos. Pensamos en la marcha atlética cuyo acusado contoneo nos hacía reír de pequeños, pero pensamos también en el paseo a la fama de Hollywood y en los paseos de fusilamiento. Los quiebros de los modelos en las pasarelas con la mirada hundida o perdida en un lugar indeterminado menos metafísico que el de las estatuas, más de sonámbulos o de muertos vivientes que de autómatas.
No recuerdo que en el libro de Le Breton se recordara el poema Les assis (*) de Rimbaud, aunque sí se explica que fue muy andarín, como lo han sido muchos escritores. Pienso en Rousseau también. Estoy convencida de que caminar no solo permite desarrollar el lenguaje, tal y como nos dice la Neurolingüistica que ocurre en los niños, sino que es connatural. Correr delante de un toro o hacer inmersiones en el litoral puede proporcionar experiencias y temas, pero caminar es muy parecido a escribir. Y "aquí se encajó mi canto", como dijo Víctor Jara que dijo Violeta Parra. Y es que desde que la publicidad y la literatura se han aliado hay afirmaciones que ya no se sostienen. Cuando en vez de obras hablamos de productos, todos los conceptos se renuevan.
Siguiendo con lo nuestro, es curioso como andar ayuda tan poderosamente a despejar la mente de ideas incómodas, equivocadas o tóxicas. Y que nos haga resbalar al sueño más reparador.




____
(*)

Noirs de loupes, grêlés, les yeux cerclés de bagues
Vertes, leurs doigts boulus crispés à leurs fémurs,
Le sinciput plaqué de hargnosités vagues
Comme les floraisons lépreuses des vieux murs ;

Ils ont greffé dans des amours épileptiques
Leur fantasque ossature aux grands squelettes noirs
De leurs chaises ; leurs pieds aux barreaux rachitiques
S'entrelacent pour les matins et pour les soirs !

Ces vieillards ont toujours fait tresse avec leurs sièges,
Sentant les soleils vifs percaliser leur peau,
Ou, les yeux à la vitre où se fanent les neiges,
Tremblant du tremblement douloureux du crapaud.

Et les Sièges leur ont des bontés : culottée
De brun, la paille cède aux angles de leurs reins ;
L'âme des vieux soleils s'allume, emmaillotée
Dans ces tresses d'épis où fermentaient les grains.

Et les Assis, genoux aux dents, verts pianistes,
Les dix doigts sous leur siège aux rumeurs de tambour,
S'écoutent clapoter des barcarolles tristes,
Et leurs caboches vont dans des roulis d'amour.

- Oh ! ne les faites pas lever ! C'est le naufrage...
Ils surgissent, grondant comme des chats giflés,
Ouvrant lentement leurs omoplates, ô rage !
Tout leur pantalon bouffe à leurs reins boursouflés.

Et vous les écoutez, cognant leurs têtes chauves,
Aux murs sombres, plaquant et plaquant leurs pieds tors,
Et leurs boutons d'habit sont des prunelles fauves
Qui vous accrochent l'oeil du fond des corridors !

Puis ils ont une main invisible qui tue :
Au retour, leur regard filtre ce venin noir
Qui charge l'oeil souffrant de la chienne battue,
Et vous suez, pris dans un atroce entonnoir.

Rassis, les poings noyés dans des manchettes sales,
Ils songent à ceux-là qui les ont fait lever
Et, de l'aurore au soir, des grappes d'amygdales
Sous leurs mentons chétifs s'agitent à crever.

Quand l'austère sommeil a baissé leurs visières,
Ils rêvent sur leur bras de sièges fécondés,
De vrais petits amours de chaises en lisière
Par lesquelles de fiers bureaux seront bordés ;

Des fleurs d'encre crachant des pollens en virgule
Les bercent, le long des calices accroupis
Tels qu'au fil des glaïeuls le vol des libellules
- Et leur membre s'agace à des barbes d'épis.
(Arthur Rimbaud, Les assis)
Una traducción española: Los sentados


La letra capital es de Emily Balivet (Vermont, EEUU).


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