21.1.17

Las hojas marcescentes

Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio,
y renueva un espíritu recto dentro de mí
Salmo 51


unque algunos años los árboles de hoja caduca no se llegan a desprender de todas sus hojas, cosa que los botánicos conocen como "marcescencias", no se conoce bien los motivos. Es por cuestiones adaptativas, y el caso es que este año he visto muchas. Los chopos que tenemos en Barcelona son en su gran mayoría clónicos, de vivero, por lo tanto no cabe hablar de un proceso totalmente "natural" ¿O sí?  Por "natural" entendemos en mi ciudad por lo menos tres cosas: que una bebida se sirve sin que haya sido refrigerada ni calentada, que algo ocurre de forma espontánea y sin las trabas de lo esforzado, que lo ha creado la naturaleza y no está modificado. En el lenguaje figurado músico, taurino y pictórico también adquiere significado por que "al natural" designa una nota que no tiene alteración de tono, un pase por la izquierda pero sin estoque y un apunte que se toma directamente del modelo. Creo que fuera de Barcelona no se le llama al agua "natural", cuando pedimos que sea "del tiempo", pero con tanto turismo todo tiende a nivelarse y no me extrañaría que ya se pudiera pedir en cualquier bar de España un agua "natural" sin causar desconcierto.
Decía Julio Caro Baroja en su libro sobre nuestros pueblos étnicos (1946) que prácticamente no había ya ni un solo lugar que no hubiera sido modificado por el hombre. Los bosques hispánicos más dejados han sido alterados por el uso de los habitantes de la Península, tanto en su orografía como en sus especies vegetales, animales y minerales. Naturalmente (otra acepción de "natural" que utilizo deliberadamente, la de lo que es lógico), naturalmente digo, la naturaleza siempre se hace valer, atraviesa todo cuanto percibimos y hasta lo que se llama sobrenatural obedece leyes y constantes.
Aunque la naturaleza no es simple, aparece siempre unida a esa palabra ("simple y natural") para referirse al anhelo de llevar una vida llena de pureza y sin complicaciones ni ideas escabrosas o inútiles. Como en una ciudad el contacto con la naturaleza se confina a la comida y al paso de las estaciones, poco más, es todo un reto pretender comer de acuerdo con las cosechas locales, del quilómetro cero o veinte o cincuenta. En Barcelona no hay de momento catástrofes naturales.
Aparte de la distancia de donde recibimos los alimentos, está el hecho de su manipulación. Los alimentos funcionales y hasta los modernos zumos "detox" ofrecen comida elaborada bajo la apariencia de que son productos que se completan o combinan con otros a cual más in. Y encontrar batido de arroz que no lleve azúcar o galletas que no sean laxantes (pero no por la fibra, sino por el sorbitol) es una tarea ímproba y a veces imposible. La guerra transgénica a las pepitas de las sandías, resuelta en frutos modificados por la biotecnología, es todo un ejemplo de la estupidez humana. Y sobre todo ello podríamos abundar tanto que aburriríamos a las ovejas. 
No evitaré referirme a las hierbas. Aunque en fitoterapia siempre se han hecho preparados con diversas hierbas con finalidad curativa, hay una moda especialmente cercana al té que produce colecciones completas de sabores especiados, afrutados, florales y hasta edulcorados. Como si el té no fuera suficientemente bueno per se, la mercadotecnia nos presenta una infinidad de infusiones ante la que nos sentimos perdidos y abrumados donde otros se siente fascinados. Yo suelo tomar un ceilán (ahora habría que decir Sri Lanka) de los de siempre, aunque también me gusta el oolong, un té blanco y el que está perfumado con bergamota pero no deja de ser un clásico. El té rojo y el rooibos, aunque admito que sientan bien, tienen un aroma como de fondo de bolsillo de abrigo muy usado. Todas las demás sofisticaciones y estupendeces me sobran. Es digno de señalar que cuando actualmente pides en un bar un té "normal" no te entienden. Y por "normal" yo entiendo un ceilán, un té de los que hasta hace bien poco reinaba en soledad en las cafeterías también "normales".
También resulta difícil encontrar a veces galletas María de las de siempre, "normales". Aunque en Aguilar de Campoo (Palencia) se siguen produciendo galletas no siempre son como las que me gustan más, las primigenias Fontaneda. Y aunque diga "las de siempre", hay que reconocer que el nombre al menos proviene de "Marie biscuit", en honor a María de Hesse-Darmstadt o Maria Alexandrovna, hija del zar Alejandro II. De hecho, yo me aficioné a las galletas María cuando de niña leía los libros de aventuras de Enid Blyton, porque cada dos o tres capítulos comían galletas. Yo también comía entonces unas galletas con queso Carvel y leía. Años después leí algunos libros de Francisco Umbral, donde abundaban los tragos largos, o de Julio Cortázar, donde mateaban a menudo, y sin embargo no sentí la llamada de la bebida, aunque sí noté que la profusión de ginebra y mate se producía con otros elementos en muchos libros de ficción. No sé si los cigarrillos han desaparecido de la literatura de ficción como sí han desaparecido prácticamente del cine. Por suerte fumar se ha convertido en algo marginal, cuando debería haber sido algo simplemente especial.
Natural, marginal, especial, normal, son palabras entre las que nos organizamos al menos durante un tiempo. Volviendo a las hojas marcescentes sin embargo podríamos decir que son naturales, marginales, especiales y normales. Y tienen la belleza de lo heroico porque resisten el frío y lo hacen a nuestros ojos como si adoptaran un humano estoicismo. En realidad son hojas de las que el árbol se desprenderá en cuanto seguramente en marzo broten las hojas nuevas. Aunque en términos de táctica militar podríamos decir que son las hojas de la retaguardia más que de la vanguardia, su condición nos sirve para ejemplificar lo que ocurre con las personas que como yo no sirven para ninguna generación. 

Hojas marcescentes de chopo

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