2.2.17

Figurantes

anjar el asunto de las postales folklóricas que ayer evoqué es imposible sin referirse a las que aparecieron creo que en los años setenta. No recuerdo que entre las colecciones de Frederic Marès se encuentren las postales, por lo menos de manera representativa, tal vez porque precisamente como coleccionista reunió más bien objetos raros y curiosos, y las postales son algo que en mayor o menor medida hemos tenido en todas las casas.
La carta postal que ilustra el post de hoy era bastante frecuente en los años 70. Por si no fuera suficiente para datarla el recuerdo de toda una década, bastaría el tono del positivado, muy vivo y luminoso, cálido, casi sobreexpuesto. Tengo en la memoria alguna postal folklórica con muestras de los productos típicos. En el caso de Galicia, mariscos, pescados, patatas, etcétera, siempre con un pote de hierro y/o una sella o una cesta de castaño. La moda alcanzó a todas las que entonces llamábamos regiones. Tengo vistas postales de Cataluña, Aragón, Castilla y Andalucía en el mismo estilo. Lo de los trajes regionales ya se sabe mal explicado que es un invento, pero encontró en aquellos años su definitivo arranque y se ha llevado ad libitum y parece una fuente inagotable de invenciones. Y no me refiero a las renovaciones, me refiero a trajes que se adoptan como tradicionales y no lo son.
Lo que tal vez era imposible de adivinar a la vista de aquella alegría regionalista era por donde iba a acabar discurriendo sobre todo lo que era producto de la fantasía y de los típicos tópicos. Miro algunas postales del mismo género y las escenas me hacen recordar mi propia inocencia (o ingenuidad). Ese mundo rural o marinero que yo conocí y que me deslumbró, cayó durante una estancia invernal que me devolvió otra realidad (la de la matanza del cerdo) mucho menos bucólica e interminablemente lluviosa.
Antes de esas fotos las que dominaban eran las del abulense Luis Casado Fernández "Ksado", con tipos humanos más auténticos, estos es no-figurantes. Supongo que que la eligieran a una como figurante o como figura de una fotografía para que la gente se enviara cartas postales en sus vacaciones o para felicitar por el santo, debía de hacer mucha ilusión. Lo queramos o no, además, esas imágenes perfilaron la fisonomía de nuestro país, crearon -si se me admite el término fotográfico- clichés de clichés.
Me estoy acordando ahora de un verano, esto ya en los noventa, cuando aún eran impensables las cámaras digitales aunque ya se conocían las Polaroid. "Padecí" una cena con sesión fotográfica de fotos de Marruecos. Dos semanas después tuve que visionar más diapositivas de Marruecos en otra velada postvacacional. Y reconocí muchos lugares, por lo que la gente se pensó que yo también había estado. "Pero no, yo nunca he estado en Marruecos, lo que pasa es que conozco sus fotos". Por aquel entonces gozaba de una memoria prodigiosa que me permitía además añadir detalles y decir "sí, está al lado de un bazar donde hay unas alfombras muy bonitas". Es decir, con todo ello lo que quiero decir no es que yo nunca estuve en Marruecos o que tenía buena memoria, lo que quiero decir es que la gente siempre hace más o menos las mismas fotos. O hacía. Se imponía como un modelo quien tomaba un buen ángulo, quien acertaba con un encuadre, y después todo el mundo hacía lo mismo. 
El posado de los figurantes en las postales folklóricas es también un territorio que me enternece. El posado que se hace ahora, aunque sea en situaciones dispares (cerveza en el bar, despedida de solteros, selfies, cambio de trabajo, etc.) también está sujeto a clichés. Creo que ya no se lleva la boca de pato y que ahora lo que se lleva es la apertura de pez o fish gape, con la boca entreabierta. También es usual usar las manos como los raperos y congelarse haciendo la uve con los dedos o gang signs, cosas así. Algo para lo que claramente ya no sirvo.
Postal folklórica de los años setenta


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